NovelToon NovelToon
EL IMPERIO DE HIERRO

EL IMPERIO DE HIERRO

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Mafia / Reencuentro / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: Fiebre y acero

El ascensor privado subió en un susurro neumático que duró una eternidad.

En cuanto las puertas de bronce cepillado se cerraron, Damian perdió la última pizca de control consciente sobre sus músculos. Su peso cayó casi por completo contra Valeria, arrastrándola hacia la pared alfombrada de la cabina. Ella clavó los talones en el suelo, pasó el brazo con fuerza alrededor de su cintura y apretó los dientes, sintiendo el calor abrasador que emanaba del cuerpo del magnate a través de las capas de paño y seda.

—No te desmayes ahora, Valmont —le advirtió ella con un siseo áspero junto a su oreja—. Peso sesenta kilos y tengo tacones de aguja. Si te caes al suelo, te vas a quedar ahí hasta mañana.

Damian apoyó la frente en el hueco del cuello de ella. Su respiración era entrecortada, una ráfaga caliente que quemaba la piel expuesta de Valeria y enviaba sacudidas eléctricas directo a su espina dorsal. A pesar de la agonía que contraía los músculos de su mandíbula, una risa seca y rota vibró en su pecho.

—Nunca... desaprovechas una oportunidad... para insultarme —masculló él. Las palabras le costaban un esfuerzo titánico; la toxina estaba entumeciéndole la garganta y los párpados.

El ascensor se detuvo en la última planta con un timbre discreto. Las puertas se abrieron directamente al vestíbulo de la suite presidencial: un espacio inmenso de techos altos, chimenea de mármol negro y ventanales que dominaban las luces dispersas de Zúrich bajo la nieve.

Valeria lo arrastró hacia el interior. No intentó llevarlo al dormitorio; el enorme sofá de cuero envejecido frente a la chimenea estaba a diez pasos y cada segundo contaba. Con un último empujón coordinado, logró sentarlo en el borde. Damian se reclinó hacia atrás, dejando caer la cabeza contra el respaldo de cuero, con los ojos entrecerrados y las pupilas dilatadas hasta casi devorar el iris ámbar.

—El médico privado de la familia... —farfulló Damian, intentando llevarse la mano izquierda al bolsillo interior—. En Ginebra... código rojo...

—Tu médico tardará dos horas en fletar un vuelo privado —le espetó Valeria, arrojando su bolso de mano sobre una mesa baja y quitándose los tacones de un puntapié para ganar estabilidad—. Para cuando aterrice en Zúrich, tu corazón habrá entrado en fibrilación ventricular. Cállate y no te muevas.

Valeria se agachó frente a él. La elegancia gélida de la directora de operaciones había desaparecido por completo; en su lugar estaba la frialdad metódica de alguien acostumbrada a remendar hombres baleados en sótanos clandestinos de South Boston.

Le arrancó la pajarita de un tirón seco, soltó los gemelos de platino y comenzó a desabotonar la camisa de pechera. Damian intentó apartarle la muñeca por puro reflejo defensivo, pero ella le golpeó el antebrazo con un golpe seco de nudillos, bloqueando el movimiento.

—Déjate ayudar si no quieres que te saque en una bolsa negra —ordenó con una autoridad tan letal que el hombre, en medio de su delirio, dejó caer el brazo.

Abrió la camisa de Damian de par en par.

Valeria contuvo el aliento durante una fracción de segundo, no por pudor, sino por la confirmación brutal de sus sospechas.

El torso de Damian Valmont no era el de un ejecutivo que pasaba los fines de semana en un club de golf. Su pecho y abdomen eran pura fibra dura, ancha y marcada, surcada por un mapa de violencia antigua: una línea blanca y dentada sobre las costillas izquierdas, recuerdo indiscutible de una puñalada militar; y una cicatriz redonda y hundida cerca del hombro derecho, la marca de entrada de un proyectil de nueve milímetros curado sin cirugía estética.

No era un hombre de oficina. Era un soldado que había aprendido a vestirse con trajes italianos.

Valeria apartó la mirada de las cicatrices y se concentró en la mano derecha de Damian. La piel alrededor de la pequeña herida en la base del pulgar estaba amoratada y caliente, con líneas finas y oscuras comenzando a trepar hacia la muñeca. La toxina no era sintética; era un extracto vegetal concentrado, probablemente curare mezclado con veneno de serpiente para acelerar la necrosis tisular y el colapso respiratorio.

—La navaja... —murmuró ella para sí misma.

Se levantó la falda del vestido negro hasta medio muslo con total naturalidad. Damian, con la vista nublada por la fiebre, abrió los ojos apenas lo suficiente para ver la curva pálida y firme de su pierna iluminada por el fuego de la chimenea, y la funda táctica de cuero negro sujeta a la liga elástica.

Valeria extrajo la navaja de titanio, hizo correr el filo con un chasquido metálico y corrió hacia el minibar. Regresó con una botella de vodka ruso de alta graduación y un puñado de toallas de lino blanco del baño principal.

—Esto va a doler —le advirtió, arrodillándose entre las piernas de Damian y empapando la toalla en el alcohol—. Si gritas, te cobro horas extras.

Damian la miró desde arriba, con la mandíbula apretada y una gota de sudor bajándole por el cuello desnudo hasta el esternón.

—Hazlo... —gruñó él, y en el fondo de sus ojos vidriosos aún brillaba una arrogancia salvaje—. No soy... de los que gritan.

Valeria no dudó. Con la precisión de un cirujano de campaña, hundió la punta de titanio en el corte original, haciendo una incisión en cruz sobre la base del pulgar. La sangre que brotó era densa, negruzca y desprendía un olor metálico nauseabundo. Damian soltó un bufido sordo entre los dientes, sus músculos abdominales se tensaron como cables de acero y su mano izquierda se disparó hacia adelante, cerrándose como un grillete de hierro alrededor de la muñeca de Valeria.

La fuerza del agarre fue descomunal, suficiente para partirle los huesos si él hubiera querido. Pero no apretó para quebrar; apretó con la desesperación de un náufrago aferrándose al único mástil en mitad de la tormenta.

Valeria no intentó soltarse. Usó la otra mano para presionar la base del dedo con fuerza implacable, obligando al veneno a salir junto con la sangre viciada hacia la toalla empapada en vodka.

—Fuerza, Valmont. Sigue respirando —le exigió ella, sin apartar los ojos de la herida—. Si te desconectas ahora, te dejo morir desangrado sobre esta alfombra de diez mil francos.

—Quién... eres... —susurró Damian. Su rostro estaba a escasos palmos del de ella; el calor de su aliento envolvía las mejillas de Valeria, cargado de una intimidad violenta e involuntaria—. Ninguna auditora... sabe cortar... un envenenamiento... con una hoja de combate...

—Una auditora que tiene que arreglar los desastres de su jefe —mintió ella entre dientes, limpiando el exceso de sangre hasta que el flujo comenzó a tornarse de un rojo carmesí limpio y brillante—. El veneno principal ya salió. Pero lo que entró en tu torrente sanguíneo te va a dar una noche de perros.

Vertió el resto del vodka directamente sobre la herida abierta. Damian dio una sacudida involuntaria, clavando los dedos aún más hondo en la muñeca de Valeria, pero no apartó la mano. Sus ojos ámbar, encendidos por la fiebre y una intensidad feroz, se clavaron en los de ella con un hambre que el veneno no había logrado apagar.

—Valeria... —su voz fue un roce ronco, casi una súplica ahogada—. No te vayas.

Ella levantó la vista para encararlo. Estaba tan cerca que podía contar las pestañas oscuras que enmarcaban su mirada, ver el temblor involuntario en sus labios carnosos y sentir el latido desbocado de su pulso contra la palma de su mano. Había una fragilidad en él que la aterraba mucho más que sus amenazas corporativas. El hombre temido por media Europa, el intocable Damian Valmont, estaba a su merced, completamente desarmado, con el torso desnudo cubierto de sudor y cicatrices, mirándola como si ella fuera lo único real en un mundo de sombras.

Valeria sintió una punzada en la boca del estómago, una mezcla peligrosa de adrenalina, lástima y una atracción abrasadora que amenazaba con devorar todas sus barreras de protección.

—No me voy a ir, idiota —dijo ella en voz baja, y por primera vez en un año entero, el filo de su sarcasmo se suavizó en algo parecido a la ternura—. Pero me estás rompiendo la muñeca. Suéltame.

Damian aflojó los dedos con lentitud agónica, pero en lugar de apartar la mano, deslizó las yemas calientes y ásperas por la piel del antebrazo de ella hasta rozar el borde de su hombro desnudo. El contacto fue lento, eléctrico, una caricia temblorosa que le cortó la respiración a Valeria.

—Te debo... la vida —murmuró él, cerrando los párpados mientras el agotamiento y la caída de la presión arterial comenzaban a arrastrarlo hacia la inconsciencia.

—Me debes mucho más que eso —respondió ella, envolviéndole la mano con una venda limpia de lino—. Me debes la verdad sobre lo que transportas en esos barcos. Pero eso lo vamos a discutir cuando dejes de temblar como una hoja.

Damian no respondió. Su respiración se volvió pesada y regular, cayendo en el sueño profundo y febril del cuerpo que lucha por expulsar las últimas toxinas.

Valeria se quedó arrodillada en el suelo durante varios minutos, escuchando únicamente el chisporroteo de la leña en la chimenea y el viento helado golpeando los ventanales de la suite. Sus manos, las mismas que no habían temblado mientras abrían la piel de Damian con una hoja de titanio, comenzaron a sacudirse levemente por el retroceso de la adrenalina.

Miró al hombre dormido en el sofá. Su rostro relajado parecía más joven, casi pacífico, despojado de esa máscara de arrogancia cruel que solía llevar puesta en Ginebra.

—¿En qué demonios me metí? —susurró Valeria al silencio de la habitación, pasándose una mano ensangrentada por la frente antes de levantarse a buscar una manta para cubrirlo.

En la puerta principal sonaron tres golpes secos y rítmicos: la contraseña de seguridad de Kassian.

1
Ada Zulma Lopez
El no la va á dejar salir ni comprar pan😅ella es una estratega EXELENTE invaluable para sus negocios 💛
Ada Zulma Lopez
🙊 Va ser una guerra sin cuartel, van a pelear a capa y espadas, balas 😂si queda alguien vivo a festejar bebé a bordo más casamiento jajaja 😂
Ada Zulma Lopez
Creó que para seguir leyendo necesito una graan dossis de mafia camorra jajaja 😂 🙊 😅
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play