Julia Santos tenía la vida bajo control: una carrera de modelo en ascenso, amigos leales y un novio con el que soñaba casarse. Todo se derrumba en un solo día, cuando una traición la deja con el corazón roto… y un accidente frente a una escuela la pone en la mira del hombre más poderoso —y más arrogante— de la ciudad.
Rafael Valença no cree en el amor. Desde que su exmujer le destrozó la confianza, solo vive para su empresa y para su pequeña hija. Pero unos inversores exigen un presidente «de familia», y Rafael tiene la solución perfecta: un contrato. Dos años de matrimonio fingido, sin sentimientos, sin preguntas. Y Julia, acorralada, no está en posición de negarse.
Lo que ninguno de los dos calculó fue lo que pasaría al vivir bajo el mismo techo. Porque entre reglas frías y noches compartidas, entre la ternura de una niña que empieza a llamarla «mamá» y una atracción imposible de ignorar, ese papel firmado empieza a sentirse demasiado real.
Pero no todos quieren verlos felices. Una ex despechada, una hermana consumida por la envidia y secretos del pasado acechan para hacer estallar el frágil acuerdo… justo cuando Julia descubre que ya no está fingiendo.
¿Puede un amor que nació de un contrato convertirse en el más verdadero de todos?
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MAMÁ
Julia
Al día siguiente de la cena, todo el mundo hablaba de la acompañante misteriosa de Rafael Valença; estaba en todos los medios.
Enseguida aparecieron los primeros datos sobre mí. Fotos, comentarios sobre mi vida de modelo, un montón de especulaciones. Le pregunté a Rafael si no iba a hacer nada al respecto, pero parece que le gusta mucho la repercusión; por lo que entendí, esa era la intención: volverme conocida.
Yo siempre fui muy discreta; incluso saliendo con Romeu durante meses nunca quise andar publicando sobre nosotros en redes sociales. Al contrario, el que siempre publicaba era aquel canalla; debía de ser divertido para él salir con una modelo y estar con varias otras en las fiestas.
El domingo mi madre vino a almorzar con nosotros. Clara está eufórica.
—Julia, ¿será que le voy a caer bien a tu mamá?
—¿Cómo no vas a caerle bien, gatita?
Pero con las noticias llegaron las llamadas de Romeu. Ya cambié de chip, no sé cómo consigue encontrarme.
Me estoy irritando, no quiero molestar a Rafael con esto, me parece pronto; molestar a un tipo con el que ni siquiera sé qué clase de relación tengo no me parece buena idea.
Paula vino a avisarme que llegó mi madre.
—Gracias, querida, ya voy.
En la sala Clara ya está conversando mucho, riendo, súper cómoda.
—Julia, ¡llegó tu mamá, es genial!
—¡Qué bueno, princesa, que te gustó! Hola, mamá, ¿cómo está usted?
—Hola, hija, ¡estoy muy bien!
Rafael llegó y se los presento.
—Doña Iraci, qué bueno verla en nuestra casa, ¡bienvenida!
—Gracias, querido, ya me gustó, ¡sobre todo esta muchacha tan linda de aquí!
—Clarita es muy cariñosa, ha vuelto mis días mucho más dulces aquí.
El día fue estupendo. Mi madre almorzó y se quedó toda la tarde conmigo. Rafael conversó con ella, pero quiso darnos privacidad; Clara también estuvo casi todo el tiempo con nosotras, después Rafael la llamó para dar una vuelta.
—Vamos, hija, deja que Julia converse a gusto con su mamá.
—A ver, hija, ¿qué novedad es esta así de un momento a otro? ¿Conociste a este hombre que parece podrido en plata y ya están viviendo juntos?
—Rafael era fan de mi trabajo, y como yo estaba muy harta de Romeu, le di una oportunidad a vivir otra cosa, a intentar salir de aquella relación falsa con un hombre que no me respetaba.
—¿Y su familia, cómo son contigo?
—Todavía no conocí a nadie, viven en una ciudad aquí cerca; su padre y su hermano trabajan con él en la empresa de la familia.
—Cuidado, hija, tu hermana vio una foto de ustedes en internet, están diciendo cosas terribles de ti, que eres modelo y acompañante de lujo.
—Yo no vi nada de eso, pero por lo mucho que me quiere, seguro fue ella misma la que lo dijo.
—No hables así, Julia, ustedes pelean, pero ella ama a su hermana; hoy mismo quería verte.
—Menos mal que no la trajo, no quiero a Biah aquí, mamá.
—No me parece bien que dos hermanas peleen, mi sueño es ver a mis hijas volverse amigas.
—Quién sabe, un día decide ir a buscar lo suyo y deja de tenerme envidia, ¿no, mamá?
Sé que, como madre, le duelen las peleas entre las hermanas, solo que yo nunca busqué pelea. Biah es envidiosa porque es una falla de carácter suya; la misma educación que tuve yo la tuvo ella. Una mujer me invitó a ser modelo, pero yo doy la sangre por mi trabajo, me la juego, no quise hacer carrera internacional, pero me la juego por la publicidad, hago mis videos, me levanto a la hora que sea necesario, me quedo despierta hasta la hora que haga falta, dejo al novio, todo, fiestas, viajes de diversión. Así que nadie puede acusarme de haber tenido suerte; tuve ayuda, sí, pero solo funcionó por mis ganas de trabajar. Estudio, porque cuando los trabajos disminuyan quiero estar lista para mi propia empresa de publicidad; eso es lo que mi hermana no entiende, es más fácil acusarme, llamarme privilegiada.
Insisto en que se quede, pero al final de la tarde mi madre se va; Rafael le pide al chofer que la deje en casa.
El lunes vuelvo al trabajo. Por la mañana ayudo a Rafael a despertar a Clara, se volvió rutina, hace berrinche si no estoy con ellos.
—¿Estás lista, jovencita? ¿Vamos a la escuela?
—Julia, ¿vienes conmigo? ¡Quiero mostrarles a todos que eres una amiga especial, casi una mamá!
—Ay, princesa, yo voy en mi auto.
—Papá te lleva al trabajo y te recoge, vamos, ¿sí?
Me quedo sin saber qué decir; Rafael ve mi confusión y dice.
—Si te queda bien, te llevo, no quiero forzarte.
—¿No queda mal? ¿No te complica?
—No, todo bien, es todo de camino, dejo a Clara en la escuela y a ti en la agencia, después te recojo.
—No hace falta que me recojas, puedo venir en metro o en un auto de aplicación.
—¡Jamás! Estás yendo por mi hija, ¡es natural que te recoja!
Tomamos el café y salimos. En la escuela de Clara, ella se baja del auto y me jala.
—¡Ven, Julia! ¡Voy a mostrarte a mis amigas!
Me sostiene la mano a mí y a Rafael y nos lleva hasta la puerta de la escuela.
Nos presentó como pareja y arma toda una fiesta. Abrazo a esta niña y le doy un beso.
—Buena clase, pequeña, voy a trabajar un rato, te veo en casa.
—¿Vas a almorzar con nosotros?
—Si estoy libre, sí.
Al llegar a la agencia, él se baja, abre la puerta del auto; me quedo mirándolo y riéndome.
—¿Qué pasa? ¡Soy caballero! Buenos días, esposa, vengo a recogerte, si puedes ir a almorzar a casa, avísame.