En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
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Capítulo 3.
...
En Blackthorn, los secretos no se guardaban bajo llave. Se colgaban de las paredes y se esperaba que nadie reconociera los rostros....
Leo despertó a las seis y diecisiete de la mañana.
No porque hubiera dormido lo suficiente, sino porque alguien estaba tocando su puerta.
Tres golpes.
Pausa.
Otros tres.
Se incorporó en la cama, todavía aturdido. La habitación estaba helada a pesar de que las brasas de la chimenea seguían encendidas. Afuera, la nieve cubría los jardines y las ramas desnudas de los árboles arañaban los cristales con el viento.
—¿Quién es?
—El señor Vane solicita su presencia en la galería norte.
La voz pertenecía a un hombre mayor, probablemente uno de los empleados de la casa.
Leo se frotó los ojos.
—¿Ahora?
—El señor Vane ha indicado que sea ahora.
Naturalmente.
Leo se vistió con unos pantalones oscuros y un jersey gris, se lavó la cara con agua helada y salió al pasillo.
La galería norte se encontraba en el extremo más antiguo de la mansión. El corredor parecía interminable, iluminado por lámparas de pared que proyectaban sombras sobre los retratos de los antepasados Vane.
A medida que avanzaba, Leo comenzó a notar algo extraño.
Los cuadros no estaban organizados cronológicamente.
Un retrato del siglo XVIII mostraba a una mujer con el mismo rostro que otra pintada casi cien años después. En ambos lienzos aparecía un pequeño anillo de plata con una piedra negra.
Leo se detuvo frente a una pintura de un joven de cabello oscuro.
El parecido con Julian era extraordinario.
No una semejanza familiar común, sino la misma estructura del rostro, los mismos ojos y la misma expresión de impaciencia.
Debajo del cuadro había una placa de latón.
JULIAN VANE. 1816.
Leo frunció el ceño.
Julian había dicho que tenía doscientos veinte años.
Si el retrato databa de 1816, la fecha encajaba aproximadamente con su edad aparente, pero no con la precisión de aquella pintura. Había algo demasiado moderno en el rostro del hombre representado, como si el artista hubiera pintado a alguien que acababa de salir de una habitación cercana.
—Llegas tarde.
Leo se volvió.
Julian estaba junto a una ventana, vestido con pantalones negros y una camisa blanca cuyo cuello permanecía abierto. Sostenía una taza de café que parecía completamente intacta.
—Son las seis y media —respondió Leo—. Ni siquiera he desayunado.
—Qué tragedia.
—Me alegra que te preocupe mi bienestar.
—Me preocupa que te desmayes sobre una obra del siglo XVII. Mi padre podría considerarlo una ofensa personal.
Leo señaló el retrato.
—¿Ese eres tú?
Julian miró la pintura.
Su expresión cambió apenas un instante, pero Leo lo notó.
—Sí.
—¿En 1816?
—Tienes una capacidad extraordinaria para leer fechas.
—¿Cuántos cuadros tuyos hay en esta casa?
—Demasiados.
—¿Y por qué pareces exactamente igual?
Julian dejó la taza sobre una mesa.
—Porque los Vane tenemos una excelente genética.
Leo soltó una risa.
—Esa es la excusa más absurda que he escuchado en mi vida.
—Y, sin embargo, acabas de escucharla.
Julian comenzó a caminar hacia el extremo de la galería.
—Ven. Quiero enseñarte algo.
Leo lo siguió, aunque no dejó de pensar en el retrato.
Había algo profundamente inquietante en la idea de que Julian hubiera permanecido idéntico durante dos siglos.
Y, de manera todavía más inquietante, Leo quería descubrir por qué.