Isabella Dalmavere eligió una vida de fe, convencida de que su corazón había encontrado por fin un lugar al que pertenecer. Entre los muros de un antiguo convento, las oraciones y el silencio, creyó que podría mantenerse alejada de todas aquellas emociones que alguna vez despertaron su curiosidad por el mundo.
Hasta que conoció a Dorian Virelli.
Rico, elegante y acostumbrado a conseguir cuanto desea, Dorian nunca había encontrado una mujer capaz de despertar tanto su interés como aquella novicia de mirada dulce y voluntad inquebrantable. Isabella no se impresiona con su fortuna, no se deja seducir por sus palabras y, sobre todo, no está dispuesta a renunciar a sus convicciones por un hombre al que apenas conoce.
Pero Dorian no sabe aceptar una negativa.
Sus visitas se vuelven cada vez más frecuentes. Sus conversaciones, más personales. Y lo que comienza como una atracción inesperada se transforma en una obsesión que amenaza con derribar las barreras que Isabella ha construido alrededor de su corazón.
Él le pedirá una oportunidad una y otra vez. Ella se la negará, decidida a proteger la vida que ha elegido.
Hasta que Dorian tome una decisión que cambiará sus destinos para siempre: llevársela por la fuerza, arrancándola del único mundo que conoce y enfrentándola a una realidad que jamás imaginó.
Volumen 1 de la saga Virelli.
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Lo que el corazón no olvida
Las primeras semanas en la casa de acogida transcurrieron con una rapidez que Isabella no habría imaginado. Cada mañana comenzaba con el sonido de los niños corriendo por los pasillos, las voces de Teresa organizando las tareas y el aroma del pan recién hecho que llegaba desde la cocina. Poco a poco, Isabella fue encontrando su lugar entre ellos, hasta que dejó de sentirse una visitante y comenzó a formar parte de aquella pequeña familia.
Luca fue el primero en acostumbrarse a su presencia. Al principio la seguía a cierta distancia, fingiendo que solo necesitaba ayuda con sus juguetes o que casualmente quería sentarse a su lado durante las comidas. Sin embargo, con los días empezó a buscarla abiertamente. Una tarde, mientras Isabella ordenaba unos libros, el niño apareció con una hoja de papel entre las manos.
—Te hice algo —dijo, evitando mirarla directamente.
Isabella recibió el dibujo con una sonrisa. Era una casa con ventanas enormes, un jardín lleno de flores y varias figuras tomadas de la mano. En una esquina había dibujado a una mujer de cabello largo que, según explicó, era ella.
—Es precioso, Luca. ¿Puedo guardarlo?
El niño asintió, satisfecho.
—Para que no te vayas.
La sonrisa de Isabella se volvió más suave. Se agachó frente a él y le acomodó un mechón de cabello.
—Aunque algún día tenga que ir a otro lugar, eso no significa que lo que vivimos deje de importar.
Luca no pareció completamente convencido, pero la abrazó de todos modos. Isabella lo estrechó entre sus brazos, sintiendo una ternura que le llenó el pecho. Aquellos pequeños gestos le recordaban por qué había elegido dedicar parte de su vida a cuidar de los demás.
Por las noches, sin embargo, el silencio traía consigo pensamientos que durante el día conseguía mantener a distancia.
Dorian seguía apareciendo en su memoria de maneras inesperadas. A veces recordaba una frase que él había dicho durante la cena; otras, se sorprendía imaginando qué habría respondido ante alguna ocurrencia de los niños. Le molestaba descubrir que incluso los momentos más sencillos podían recordárselo.
No lo idealizaba. Sabía que había cruzado límites que jamás debió cruzar y que su insistencia no podía justificarse con sentimientos intensos. Pero tampoco podía negar que, detrás de su carácter dominante, había conocido a un hombre capaz de escucharla, de reír con ella y de compartir recuerdos que parecían importarle de verdad.
La dificultad estaba en separar esas facetas.
Una tarde, mientras ayudaba a Teresa a preparar unas actividades para los niños, la mujer notó que Isabella llevaba varios minutos mirando por la ventana.
—¿Extrañas tu antiguo hogar?
Isabella tardó en contestar.
—Extraño algunas cosas de mi vida anterior. Y hay otras que todavía no sé cómo sentir.
Teresa dejó sobre la mesa un montón de hojas de colores.
—A veces pensamos que, para tomar una decisión correcta, debemos dejar de sentir cualquier cosa que pueda confundirnos. Pero no funciona así. Puedes extrañar algo y reconocer que necesitabas alejarte.
Isabella la miró con atención.
—¿Y si algún día descubro que mis sentimientos son más profundos de lo que imaginaba?
—Entonces podrás decidir qué hacer con ellos cuando estés preparada. No tienes que adelantarte a una respuesta que todavía no tienes.
Aquella noche, Isabella se quedó pensando en sus palabras. No quería abandonar su vocación por una emoción pasajera, pero tampoco deseaba permanecer en ella por miedo a reconocer que sus aspiraciones podían cambiar. Su fe seguía siendo importante; lo que empezaba a cuestionarse era si el convento continuaba siendo el lugar donde quería desarrollar su vida.
Por el momento, decidió no apresurarse.
A cientos de kilómetros, Dorian descubría que la ausencia de Isabella había alterado incluso las cosas que antes disfrutaba.
Volvió a sus reuniones, atendió los asuntos de la empresa y recibió a personas que llevaban años intentando ganarse su atención. Sin embargo, nada conseguía mantenerlo concentrado demasiado tiempo. Se descubría mirando hacia la puerta cada vez que alguien entraba, como si una parte absurda de él esperara verla aparecer.
Matteo lo notó durante una reunión especialmente larga.
—Si sigues leyendo el mismo documento sin pasar de página, voy a empezar a cobrarte por hora de distracción.
Dorian levantó los ojos.
—¿Terminaste?
—No, pero tú claramente sí. ¿Quieres que continúe o prefieres seguir pensando en Isabella?
—No estoy pensando en ella.
Matteo arqueó una ceja.
—Por supuesto.
Dorian cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria.
—¿Has conseguido alguna noticia?
La expresión de Matteo se volvió seria.
—Nada que podamos confirmar. Hemos preguntado en los lugares razonables, pero no tenemos una dirección concreta.
Dorian se recostó en la silla, frustrado. Durante días había creído que encontrarla sería cuestión de insistencia. Ahora comprendía que el mundo era mucho más grande de lo que había imaginado cuando decidió llevársela.
—Debe de estar bien —murmuró, casi para sí mismo.
—Eso espero —contestó Matteo—. Y quizá lo mejor que puedes hacer por ella ahora es no convertir su búsqueda en otra forma de perseguirla.
Dorian no respondió. Le costaba aceptar que el silencio de Isabella fuera una decisión que debía respetar, pero comenzaba a entender que ninguna orden conseguiría devolverle la confianza que había destruido.
Aquella noche, antes de marcharse, se detuvo frente a una ventana de su despacho. Recordó la expresión de Isabella cuando hablaba de los niños, la forma en que sus ojos se iluminaban y la serenidad que parecía encontrar en las cosas más pequeñas.
Por primera vez, se preguntó dónde estaría y qué estaría haciendo, no para planear cómo recuperarla, sino para imaginar si habría encontrado un lugar donde sentirse libre.
Mientras tanto, Isabella terminó de arropar a los pequeños y regresó a su habitación. Sacó el rosario de su bolsa y lo sostuvo entre los dedos, como hacía desde que había llegado.
—No sé qué me espera —susurró—, pero quiero descubrirlo por mí misma.
Apagó la lámpara y se acostó con una tranquilidad todavía frágil.
No había olvidado a Dorian. Quizá tardaría mucho en hacerlo, si es que algún día lo conseguía. Pero empezaba a comprender que extrañarlo no significaba que debiera regresar a su lado.
Y esa diferencia, pequeña pero decisiva, sería el comienzo de una transformación que ninguno de los dos podía imaginar todavía.