Camila y Luciano son grandes amigos desde pequeños, ambos se quieren como hermanos, pero las trampas y envidia de una mujer perversa hacen que dos amigos, unan sus vidas por el bienestar de una inocente.
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La Huida de Elena y Milagros
*****NARRADOR
Elena no había dormido en dos días, no había comido nada, desde que escuchó las palabras frías y calculadoras de Lourdes al teléfono, cada latido de su corazón era una alarma, no podía fallar, no podía bajar la guardia, en sus manos estaba lo más sagrado que le quedaba de Camila, la pequeña Milagros, así la había llamado Luciano, en honor al milagro que había sido su llegada al mundo, y también al dolor inmenso que había costado verla nacer.
—Es una niña que no debió existir.— Había dicho Lourdes con voz cortante, sin rastro de piedad.— Si desaparece, todo vuelve a su lugar. Luciano volverá a mí, nadie la reclamará, nadie la extrañará.
Elena apretó los puños hasta que las uñas se clavaron en la palma de sus manos. —No te lo permitiré.— Pensó con firmeza Elena.
— Camila era mi amiga, y esta niña es inocente, es parte de ella, esa desgraciada no se llevará la vida de esta bebe, como se llevó la vida de su madre. — Piensa Elena con determinación.
Se mantuvo alerta, escondida en la pequeña habitación donde habían dejado a la bebé, observando cada rincón, cada sombra, cada ruido. Sabía que vendrían. Lourdes no esperaría mucho.
Y llegaron al caer la tarde.
Elena escuchó el motor del coche que se detuvo frente a la casa, no era un auto cualquiera, era un vehículo oscuro, sin placas visibles, que parecía haber sido diseñado para pasar desapercibido.
Se acurrucó en el rincón más oscuro del pasillo, respirando despacio, intentando que su corazón no delatara su presencia, tres hombres bajaron, silenciosos, con paso firme y miradas frías, con ellos venía una mujer vestida con un traje gris, portando una credencial falsa que la identificaba como trabajadora social, su sonrisa era de plástico, sus ojos no brillaban.
—Vengo por la menor. —Dijo la mujer con voz seca, cuando la puerta se abrió.— Se ha tramitado su traslado a un centro de acogida, es lo mejor para ella.
Elena escuchó todo desde su escondite, con el cuerpo temblando, no de miedo, sino de determinación, esperó a que salieran, esperó a que la mujer cruzara el umbral con la pequeña Milagros envuelta en una manta, sin siquiera mirarla, como si llevara un objeto y no una vida humana, la bebé no lloraba; parecía dormida, aunque Elena sospechaba que le habían puesto algo para calmarla.
Sale de la casa sin hacer ruido, pegada a las paredes, como una sombra. Los hombres estaban distraídos, conversando entre ellos, sin prestar atención a los alrededores.
La mujer abrió la puerta trasera del coche y, con un descuido que heló la sangre de Elena, dejó a Milagros sobre el asiento trasero, como si fuera un paquete olvidado, y se apartó para hablar con los demás, nadie vigilaba, nadie se preocupaba, Para ellos la niña era solo un trámite más que cumplir.
Es mi oportunidad, pensó Elena, y supo que no podía dudar ni un segundo, se acercó al coche con pasos ligeros y rápidos, casi sin tocar el suelo, abre la puerta trasera con un movimiento suave y silencioso, extendió los brazos y recogió a Milagros contra su pecho en un solo instante, la bebé se movió levemente, pero no despertó, Elena la cubre bien con su propia chaqueta para protegerla del frío y para que no pudieran verla, y entonces corrió.
Corre tan rápido como sus piernas le permitieron, con el corazón golpeando en la garganta, escucha un grito detrás de ella, luego pasos, luego el rugido de un motor arrancando, no mira atrás, no se detuvo.
Solo pensaba en la niña que llevaba abrazada, en Camila, en la promesa que se había hecho a sí misma, salvarla y no dejar que la hagan daño, sus pulmones ardían, sus piernas pesaban, pero cada paso era una victoria contra Lourdes, contra el destino cruel que intentaba arrebatarle todo.
Se adentró en un callejón estrecho, luego dobló en otra calle, buscando lugares donde el coche no pudiera entrar, donde las sombras la protegieran. Corrió hasta que ya no pudo escuchar los motores ni los gritos, hasta que el silencio volvió a rodearla. Entonces se detuvo, apoyada contra una pared, respirando con dificultad, y bajó la mirada hacia la pequeña que llevaba en brazos.
Milagros abrió los ojos por un instante, unos ojos grandes y oscuros, idénticos a los de Camila, y soltó un pequeño suspiro tranquilo, como si supiera que estaba a salvo. Elena acarició su frente suavemente, con lágrimas corriendo por sus mejillas, y susurró con voz quebrada pero llena de fe:
—Estamos bien, pequeña, nadie te va a hacer daño. A partir de ahora, caminaremos juntas. Y Luciano, Luciano nos encontrará, lo sé.
Mientras tanto, en el coche abandonado, los hombres gritaban, la mujer temblaba de miedo ante la furia de Lourdes, y el plan perfecto se había roto en mil pedazos, Porque no contaban con algo que el dinero no podía comprar, el amor de una amiga leal, dispuesta a arriesgarlo todo por cumplir una promesa y en algún lugar, lejos de allí, Luciano sentía de pronto una punzada en el pecho, una certeza extraña,k su hija estaba viva, y alguien la estaba protegiendo, la búsqueda apenas comenzaba.