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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:292
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

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El calor de la tierra

Fray Tomás permaneció al borde de la fosa hasta que la vela casi se consumió. El montículo de ceniza en el fondo seguía desprendiendo un calor sordo que le llegaba a la cara incluso desde arriba. No había ataúd. No había cuerpo. Solo esa pila negra y fina que parecía respirar con un movimiento casi imperceptible, como si algo debajo se hinchara y se deshinchara muy despacio.

Regresó al pueblo arrastrando los pies. El Hermano Mateo lo esperaba en la puerta de la iglesia, envuelto en su hábito hasta la nariz. Al ver al dominico bajó el paño. La comisura de los labios estaba manchada de negro y un hilo fino le bajaba hasta la barbilla.

—Padre… oí la pala. Intenté salir, pero las piernas no me respondían. Sentía el mismo calor en la planta de los pies, como si el suelo de la iglesia estuviera encima de brasas.

Fray Tomás no contestó. Entró, cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella. El interior olía más fuerte que nunca. La ceniza parecía haberse adherido a las paredes, a los bancos, al propio aire.

—Mañana no se abre ninguna fosa más

dijo al fin.

—Y nadie se acerca al cementerio sin mi orden. Si alguien pregunta, diréis que el cuerpo fue trasladado por disposición del Santo Oficio.

Mateo asintió, pero sus ojos estaban fijos en el suelo, donde una fina capa de polvo gris se había acumulado junto a la pila del agua bendita. Al amanecer el pueblo ya no estaba del todo silencioso. Había grupos pequeños en las esquinas, hablando en voz baja. Cuando Fray Tomás cruzó la plaza, las conversaciones cesaron. Las miradas lo seguían con una mezcla de miedo y de algo parecido al rencor. Una mujer mayor escupió al suelo después de que él pasara. El escupitajo era oscuro.

Don Rodrigo lo interceptó cerca de la casa del antiguo cura. El caballero tenía la cara más demacrada y la mano derecha envuelta en un trapo sucio.

—La quemadura se ha extendido

dijo sin preámbulos.

—Anoche se me abrió. No sangra. Solo sale polvo. Y el sueño… el sueño ya no es sueño. Estoy despierto y los veo igual. Mis peones. Ella. Ahora también veo a la niña de Isabel. Todos juntos junto al pozo. Me llaman por mi nombre de pila, el que solo usaba mi madre.

Fray Tomás lo miró con frialdad.

—Id a vuestra casa y no salgáis. Si volvéis a acercaros al cementerio os haré encerrar.

Don Rodrigo soltó una risa corta, sin humor.

—¿Encerrarme? Padre, ya estamos todos encerrados. Solo que algunos todavía no lo saben.

Se alejó cojeando. Fray Tomás entró en la sala de interrogatorios. Mandó traer a la Vieja. Cuando la sentaron frente a él, la mujer parecía haber envejecido otros diez años en una sola noche. La piel de las manos estaba cubierta de un polvillo fino que no se quitaba aunque se las frotara.

—Ya visteis la fosa

dijo ella antes de que él abriera la boca.

—El cuerpo se fue. No hacia arriba. Hacia abajo. La tierra se lo tragó porque ya no le pertenecía a los vivos. Eso pasa cuando el círculo se cierra demasiado rápido.

—¿Qué círculo?

La Vieja levantó una mano huesuda y trazó en el aire una forma redonda imperfecta.

—El que siempre ha estado aquí. Unos lo llaman el lugar donde la tierra habla. Otros, el sitio donde los nombres se quedan atrapados. Yo solo sé que cuando alguien muere de esa manera, su nombre se suma al círculo. Y el círculo crece. Ahora mismo está debajo de casi todas las casas. Por eso el calor. Por eso la ceniza sale por las bocas.

Fray Tomás apoyó ambas manos en la mesa. Las yemas de los dedos le hormigueaban. La mancha negra del índice se había extendido hasta la primera falange.

—Vos sabéis más de lo que decís. Habéis estado alimentando esto.

—He estado escuchando. Eso es todo. Si queréis que deje de escuchar, quemadme. Pero el círculo no se rompe con fuego. Solo se hace más grande. El humo lleva los nombres más lejos.

El interrogatorio terminó sin confesión útil. Fray Tomás ordenó que la devolvieran a la habitación oscura. Después se quedó solo, mirando sus propias manos. El hormigueo subía por los dedos. Cuando presionó la mancha negra, sintió un calor leve, como el de la losa de la fosa. Por la tarde hizo llamar a Isabel. Ella entró con el mismo rostro vacío de siempre. Fray Tomás le puso delante el peine y la camisa de la niña.

—Estos objetos están impregnados. Los quemaremos esta noche. Vos estaréis presente.

Isabel miró los restos de su hija sin pestañear.

—Quemadlos. Quemadme a mí también si hace falta. Ya no queda nada dentro que pueda doler más.

—No os estoy acusando todavía. Solo os ordeno que no os acerquéis al arroyo ni al cementerio. Y que si oís la tos de vuestra hija por la noche, no respondáis.

Isabel levantó la vista. Por primera vez desde que se conocieron hubo algo parecido a una emoción en sus ojos: un cansancio tan profundo que rozaba la indiferencia.

—Ya no respondo. Hace días que dejé de hacerlo. Pero ella sigue tosiendo. Todas las noches. Desde el mismo sitio.

Cuando se fue, Fray Tomás mandó preparar un brasero grande en el centro de la plaza. Al anochecer reunió a los pocos hombres que aún obedecían órdenes. Quemaron la camisa, el peine y el trozo de pan. El humo que salió no era el de la ropa vieja. Era más denso, más negro, y se elevó en línea recta hacia el cielo gris sin dispersarse. Varias personas se santiguaron. Una mujer se tapó la boca y corrió hacia su casa. El olor que dejó el fuego fue exactamente el mismo que ya impregnaba todo el valle. Esa noche Fray Tomás no pudo rezar. Se sentó en la sala de interrogatorios con una vela y el cuaderno de actas abierto. Intentó escribir el informe de lo ocurrido en la fosa, pero la pluma se le resbalaba. Cada cierto tiempo levantaba la mano izquierda y miraba la mancha. Ahora se había extendido hasta la mitad del dedo y empezaba a subir por el dorso, como una raíz fina y oscura.

Cerca de la medianoche oyó pasos en el corredor. No eran los de Mateo. Eran más ligeros, arrastrados. Se detuvieron frente a la puerta. Después vino el sonido que ya conocía: la tos seca, infantil, seguida del roce de algo fino cayendo sobre la piedra. Fray Tomás se levantó. Abrió la puerta de golpe. El corredor estaba vacío. Pero en el suelo, donde la noche anterior había estado el círculo con la huella, ahora había dos huellas. Una al lado de la otra. Del mismo tamaño. Ambas marcadas en ceniza caliente.

Cerró la puerta. Se apoyó contra la pared. El corazón le golpeaba las costillas con fuerza irregular. Entonces sintió el sabor. Por primera vez. Un gusto a hierro quemado y a tierra de cementerio que le subió desde la garganta hasta la lengua. Tragó. El sabor no se fue. En la iglesia, el Hermano Mateo dejó de toser. Durante un rato solo se oyó el viento. Después, muy bajo, casi un susurro, la voz del novicio repitió un nombre. No era el suyo. No era el de nadie que Fray Tomás hubiera oído en el pueblo. Era un nombre largo, con sonidos rotos, el mismo que Isabel había dicho que pronunció su hija antes de morir.

Fray Tomás se tapó los oídos con las manos manchadas. Pero el nombre seguía dentro de la cabeza, como si lo hubiera aprendido de memoria sin querer. Y debajo de la lengua, exactamente en el mismo sitio donde Mateo tenía el grano duro, empezó a sentir un calor pequeño y constante, como el de una brasa que alguien hubiera colocado allí y se negara a apagarse.

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GENESIS YEPES
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