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El Corazón Que No Se Apura

El Corazón Que No Se Apura

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Romance / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:181
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Lucía tiene 8 años, pero su corazón y su mente crecen despacio, muy despacio. En un mundo que todo lo apura, ella vive a su propio ritmo, con la inocencia de una niña que ve flores en cada rincón y amor en cada sonrisa. Su vida cambia cuando conoce a Julián, un chico que aprenderá a ver el mundo con sus ojos. Juntos, descubrirán que lo más importante no es llegar primero, sino disfrutar del camino… y que el amor, por muy lento que sea, siempre llega.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6 La abuela se cansa

La mañana amaneció gris, con un viento frío que traía olor a lluvia y a tierra mojada, y desde muy temprano se notó que algo no andaba bien.

Lucía se despertó sola en su cama, con Mota acurrucado a sus pies y Chispa —todavía con la venda azul en la pata— dormido sobre su almohada. Se estiró despacio, se frotó los ojos con los puños y esperó. Esperó el sonido de la abuela moviéndose en la cocina, el olor a café con leche, su voz suave llamándola para desayunar. Pero no pasó nada. La casa estaba en silencio. Demasiado silencio.

Se sentó en el borde de la cama, un poco confundida. Se puso su vestido de flores y sus zapatos de tela, y salió caminando despacio por el pasillo. La puerta de la habitación de la abuela estaba entreabierta. Se asomó con cuidado.

La abuela Rosa seguía acostada. Tenía las mejillas más rojas de lo normal, el pelo desordenado sobre la almohada, y respiraba con dificultad, como si cada entrada de aire le costara un esfuerzo enorme. Cuando vio a Lucía en la puerta, intentó sonreír, pero la sonrisa se le quedó a medias, y tuvo que taparse la boca con un puño para contener una tos fuerte, seca, que le sacudía todo el cuerpo.

Lucía se quedó quieta en el marco de la puerta.

No entendió qué pasaba. No conocía la palabra “enfermedad”. No sabía qué era la fiebre ni el dolor en el pecho. Solo notó cosas que no eran normales: la abuela no se levantaba, no le preparaba el desayuno, su mano temblaba cuando la extendió hacia ella, y su voz sonaba ronca, débil, como si le hubieran quitado toda la fuerza.

—Mi vida —susurró la abuela, cuando la tos pasó—. Ven, cielo. No te acerques mucho, por si te contagio.

Lucía no entendió “contagio”. Solo entendió que la abuela la llamaba. Entró despacio, se acercó a la cama y se paró junto a ella, mirándola con los ojos muy abiertos, muy serios.

—¿Por qué… no te levantas? —preguntó, despacio, buscando cada palabra como siempre.

La abuela intentó reír, pero le salió otro golpe de tos. Pasó una mano por el pelo rizado de Lucía, con mucho cuidado.

—Estoy un poquito cansada, mi amor. Solo necesito descansar un ratito, nada más. Anda, ve a la cocina, en un rato te preparo…

No terminó la frase. Se volvió a tapar la boca, tosiendo más fuerte que antes, y Lucía dio un pasito atrás, asustada por primera vez en mucho tiempo. Su corazón pequeño dio un vuelco en el pecho. No sabía qué era ese miedo frío que se le metía en la tripa, solo sabía que no le gustaba nada.

Justo en ese momento se oyó el golpe suave de la puerta principal, y la voz de Julián desde la entrada:

—¿Están? Traje pan caliente de la panadería. Doña Clotilde me dijo que ayer lo hacía muy bueno.

Julián entró en la cocina con una bolsa de papel en la mano, la chaqueta de cuero echada al hombro, todavía con el frío de la calle en las mejillas. Venía todos los días temprano desde casa de su tío, antes de ir al taller, para desayunar con ellas y ver cómo estaban. Cuando no oyó respuesta, frunció el ceño. Dejó el pan sobre la mesa y caminó hacia el pasillo.

Al ver la escena —la abuela acostada, roja, tosiendo, y Lucía parada al lado con la cara llena de mudo susto— se acercó de inmediato, dejando a un lado toda su lentitud habitual.

—¿Qué pasó? —preguntó, agachándose junto a la cama, la voz tranquila pero firme.

—Nada, muchacho —dijo la abuela, cuando pudo respirar de nuevo—. Solo un resfriado tonto. Me he quedado dormida de más.

—No parece un resfriado tonto —dijo Julián, y le puso el dorso de la mano sobre la frente. Se quemó un poco—. Tiene mucha fiebre. Voy a llamar al médico ahora mismo. No se mueva.

Salió de la habitación rápido, pero sin correr. Lucía lo oyó hablar por teléfono en la cocina, con voz baja, seria, diciendo cosas que ella no entendió: “fiebre alta”, “tos seca”, “no puede respirar bien”. Volvió a los cinco minutos, se subió las mangas de la camisa y se puso a trabajar sin que nadie se lo pidiera.

Primero mojó un paño en agua fría, lo dobló con cuidado y se lo puso a la abuela en la frente para bajarle la fiebre. Luego fue a la cocina, encendió el fuego despacito y preparó una infusión de hierbabuena con miel, tal como había visto hacer a ella mil veces. Limpió el polvo de la sala, sacudió las alfombras, dio de comer a Mota y Chispa, cambió el agua de sus recipientes, todo en silencio, con una eficiencia que nadie sabía que tenía.

Cuando llegó el médico —un señor mayor de gafas redondas y maleta de cuero— Julián lo hizo pasar, le explicó todo lo que había visto, y luego salió de la habitación para dejarlos solos. Se quedó en el pasillo, apoyado en la pared, esperando. Lucía se sentó en el suelo a sus pies, con la cabeza apoyada en su rodilla, sin decir nada. Él le pasó una mano por el pelo suavemente, sin hablar tampoco.

Diez minutos después, el médico salió. Se secó las manos en un pañuelo, miró a Julián con seriedad y habló en voz baja, para que Lucía no oyera:

—Es un bronquitis fuerte, acompañada de fiebre muy alta. Tiene que guardar cama mínimo dos semanas, tomar la medicina cada seis horas, beber mucho líquido. Pero… —hizo una pausa, bajó la voz aún más—, su corazón está débil, muchacho. Ya no es joven. Cualquier resfriado fuerte le puede pegar muy mal. Tienen que tener muchísimo cuidado. Si mañana la fiebre no baja, la llevamos al hospital.

Julián asintió, con la garganta apretada.

—Entendido. Yo me encargo de todo.

—Bien —dijo el médico, dándole un sobre con pastillas y un frasco de jarabe—. Aquí está lo que debe tomar. Anota las horas. Y cuídala mucho. De verdad.

Cuando se fue, Julián se quedó un rato solo en la cocina, mirando las medicinas sobre la mesa. Sintió un nudo frío en el estómago. Hasta ese día, la abuela había sido el pilar de todo: la que cocinaba, la que cuidaba, la que mantenía la casa en pie. Ahora, de repente, ese pilar se había tambaleado. Y si algún día se caía del todo… ¿qué pasaría con Lucía? ¿Quién la cuidaría? ¿Quién aprendería a esperarla, a no apurarla, a amarla como ella merecía?

Sabía la respuesta. Él. Solo él.

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