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LA MUJER QUE NUNCA SE ARRODILLÓ

LA MUJER QUE NUNCA SE ARRODILLÓ

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Amor-odio / Romance / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: Demasiado tarde para entender

Dicen que uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde.

Pero esa frase no era del todo cierta.

La verdad era mucho más dura.

Muchas personas sí saben lo que tienen.

Simplemente creen que nunca lo van a perder.

Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Adrián.

Durante semanas pensó que Valeria solo necesitaba tiempo para calmarse.

Después creyó que estaba esperando que él diera el primer paso.

Más tarde imaginó que el orgullo de ambos era el único obstáculo.

Jamás pasó por su mente que ella realmente hubiera cerrado la puerta para siempre.

Porque nunca conoció a una mujer como Valeria.

Una mujer que lloraba en silencio...

Pero jamás retrocedía en una decisión tomada por amor propio.

Habían pasado casi tres meses desde la ruptura.

Una mañana, Adrián despertó con la necesidad de verla.

No para discutir.

No para convencerla.

Solo quería escuchar su voz.

Marcó su número.

La llamada sonó.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Después se desvió al buzón de voz.

No estaba bloqueado.

Simplemente ella había decidido no contestar.

Volvió a llamar horas después.

El resultado fue el mismo.

Por primera vez sintió miedo.

No el miedo a perder una discusión.

Sino el miedo a perder definitivamente a la mujer que más había amado.

Esa tarde decidió ir a la empresa.

Esperó frente al edificio durante casi una hora.

Cuando Valeria salió, vestía un traje gris y llevaba una carpeta bajo el brazo.

Seguía caminando con la misma elegancia de siempre.

No parecía derrotada.

No parecía resentida.

Parecía una mujer que había encontrado nuevamente el equilibrio.

Adrián bajó del automóvil.

—Valeria...

Ella levantó la mirada.

Lo reconoció de inmediato.

No sonrió.

Pero tampoco mostró enojo.

Solo dijo:

—Hola, Adrián.

Aquella serenidad lo desarmó.

—¿Podemos hablar?

Ella miró su reloj.

—Tengo diez minutos.

Él recordó cuando antes podían pasar horas conversando.

Ahora solo tenía diez minutos.

Y comprendió que el tiempo también podía convertirse en una forma de distancia.

Caminaron hasta una pequeña cafetería cercana.

Ninguno habló durante los primeros segundos.

Finalmente, Adrián rompió el silencio.

—¿Cómo has estado?

Valeria respondió con honestidad.

—Bien.

¿Y tú?

Él sonrió con amargura.

—He estado aprendiendo.

Ella levantó la vista.

—¿Aprendiendo qué?

—Que el silencio pesa más que cualquier discusión.

Valeria no respondió.

Él continuó.

—Te extraño.

Mucho.

Ella bajó la mirada hacia la taza de café.

No porque aquellas palabras no le movieran el corazón.

Sino porque sabía que extrañar a alguien no siempre significa haber cambiado.

—Quiero pedirte perdón —dijo Adrián.

Valeria permaneció en silencio.

—No solo por aquella noche.

Por todas las veces que hice comentarios que te incomodaban.

Por competir contigo.

Por no celebrar tus logros como debía.

Por hacerte sentir que tenías que justificar tu éxito.

Ella respiró lentamente.

Era la primera vez que escuchaba una disculpa tan clara.

Sin excusas.

Sin justificar sus actos.

Sin decir que todo había sido una broma.

Adrián continuó.

—Ahora entiendo que el problema nunca fue tu éxito.

Fui yo.

Mi inseguridad.

Mi ego.

Mi necesidad de sentirme superior.

Pensé que si lograba bajarte un poco...

Yo me sentiría más alto.

Pero solo conseguí perderte.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

Durante meses había esperado que algún día él comprendiera lo ocurrido.

Y finalmente lo estaba haciendo.

Pero había algo que Adrián todavía no entendía.

Comprender no siempre basta.

—Gracias por decirme todo eso —respondió ella con calma.

Él sintió una pequeña esperanza.

—Entonces...

¿Podemos empezar de nuevo?

Valeria cerró los ojos unos segundos.

Recordó el día en que él la acompañó a conocer el mar.

La primera vez que cocinaron juntos.

Las noches viendo películas.

Las promesas.

Los abrazos.

Recordó también las bromas.

Las humillaciones.

Las conversaciones donde ella explicó cómo se sentía.

Y cómo él respondió una y otra vez:

"Estás exagerando."

Abrió los ojos.

—No.

Aquella única palabra cayó sobre Adrián como una sentencia.

—¿Por qué?

Si ya entendí mi error...

Ella respondió con una serenidad que dolía más que cualquier grito.

—Porque tuve que irme para que lo entendieras.

Él bajó la mirada.

—Pero ahora soy diferente.

Valeria negó lentamente.

—Tal vez.

Y espero de verdad que así sea.

Pero el cambio que llega después de perderlo todo...

Ya no puede devolver lo que rompió.

Adrián sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Ya no me amas?

Valeria tardó varios segundos en responder.

—Eso ya no importa.

Él la observó sorprendido.

Ella continuó.

—Hay personas a las que sigues queriendo...

Pero eliges no tener en tu vida.

Porque aprendiste que quererlas tiene un costo demasiado alto.

Adrián sintió los ojos llenarse de lágrimas.

Era la primera vez que comprendía el verdadero significado del amor propio.

No era dejar de amar.

Era dejar de aceptar aquello que destruía tu paz.

El mesero dejó la cuenta sobre la mesa.

Valeria la tomó.

Adrián intentó impedirlo.

—Déjame pagar.

Ella sonrió levemente.

—Siempre he podido pagar mi café.

Y ambos recordaron la primera cita.

Cuando él insistió en invitarla.

Y ella respondió exactamente lo mismo.

Por un instante sonrieron.

No como pareja.

Sino como dos personas que compartían un recuerdo hermoso.

Un recuerdo que ya pertenecía al pasado.

Antes de levantarse, Adrián hizo un último intento.

—¿Existe alguna posibilidad?

Valeria guardó silencio.

Después respondió con absoluta sinceridad.

—No.

Porque si volviera contigo...

Estaría traicionando a la mujer que fui capaz de ser el día que me marché.

Y esa mujer me costó demasiado construirla.

No pienso perderla por nadie.

Ni siquiera por el hombre que más amé.

Aquellas palabras terminaron de romper algo dentro de Adrián.

Por primera vez comprendió que el amor no siempre vence.

A veces vence la dignidad.

Y está bien que así sea.

Valeria se puso de pie.

Tomó su bolso.

Antes de irse, miró a Adrián por última vez.

Ya no había enojo.

Ni rencor.

Solo gratitud por lo vivido y serenidad por la decisión tomada.

—Te deseo una buena vida, Adrián.

Espero que algún día seas tan amable contigo mismo como para no necesitar apagar la luz de nadie para sentir que brillas.

Se dio la vuelta.

Cruzó la calle.

Y desapareció entre la gente.

Adrián permaneció sentado.

Observando el lugar vacío donde segundos antes estaba la mujer que había cambiado su vida.

Por primera vez no lloró porque ella se hubiera ido.

Lloró porque comprendió que nunca volvería.

Y entendió la lección más dolorosa de todas.

Hay perdones que llegan.

Hay arrepentimientos sinceros.

Pero existen decisiones que nacen del amor propio y que, precisamente por eso, nunca se deshacen.

Esa tarde, mientras veía cómo el sol comenzaba a ocultarse, Adrián dejó de esperar una segunda oportunidad.

Porque entendió que algunas mujeres no se marchan para que las persigan.

Se marchan porque finalmente comprendieron que merecen algo mejor.

Y cuando una mujer aprende esa lección...

Ya no hay regreso.

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Mariana Posternak
hermosa historia, cuenta la realidad que pasa miles de mujeres ,que callan y algunas ni llegan a contar la historia , ♥♥
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