**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
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capitulo 7
El murmullo de los abogados y las bendiciones temblorosas de mi padre se desvanecieron en el pasillo cuando las pesadas puertas dobles de roble se cerraron detrás de ellos, dejándome a solas con el Jeque Zayd Al-Maktoum. El sonido del pestillo al encajarse en la cerradura fue como el golpe de una guillotina.
La inmensa sala de juntas se sintió de pronto asfixiante, reducida al espacio que separaba mi cuerpo del suyo.
Zayd no se movió de la cabecera de la mesa inmediatamente. Se tomó su tiempo para desabrochar el botón central de su saco gris marengo y meter una mano en el bolsillo de su pantalón, adoptando una postura de absoluta suficiencia. Sus ojos ámbar, encendidos por la luz dorada que entraba por el ventanal de Manhattan, me escanearon sin prisa, disfrutando del evidente pánico que me paralizaba los músculos.
—Siéntate, Serena —ordenó. Su voz ya no tenía la modulación formal y diplomática de hace unos minutos; era el barítono rudo, profundo y rasposo que me había gobernado en la suite del hotel.
Mi instinto de supervivencia me gritó que mantuviera la distancia, pero mi orgullo, herido y pisoteado por mi propio error, me obligó a enderezar la espalda. No iba a arrastrarme. Si iba a caer en su trampa, lo haría de pie.
—Prefiero quedarme así, Jeque Al-Maktoum —respondí, forzando a mis cuerdas vocales a sonar tan frías y profesionales como las de una ejecutiva de Wall Street. Decidí jugar mi única carta: fingir demencia absoluta. Si simulaba que la noche anterior había sido una coincidencia sin importancia o que ni siquiera recordaba su rostro, tal vez podría salvar una parte de mi dignidad—. Creo que lo mejor es que pasemos directamente a la firma de las cláusulas privadas. Tengo otros compromisos esta tarde y me gustaría agilizar el trámite.
Zayd soltó una risa baja, un sonido gutural que me erizó los vellos de la nuca. Dio un paso hacia mí, rodeando la mesa de caoba con la elegancia felina de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
—¿Otros compromisos? —repitió, saboreando mis palabras con evidente burla—. ¿Como volver a entrar en el bar de un hotel de lujo a buscar a un extraño para jugar a la rebelde, quizás?
—No sé de qué me está hablando —mentí, sosteniéndole la mirada con una audacia que me sorprendió a mí misma, aunque por dentro mi corazón golpeaba mis costillas como un animal enjaulado—. No suelo frecuentar esos lugares. Si me confunde con otra persona, le sugiero que revise sus fuentes. Yo soy Serena Luna, la mujer que ha venido a firmar un acuerdo comercial para salvar las acciones de su familia. Nada más.
Zayd se detuvo a escasos dos metros de mí. La distancia era tan corta que su calor corporal parecía alterar la temperatura del aire. Se cruzó de brazos, ensanchando aún más su imponente silueta, y me miró fijamente, con los iris ámbar reducidos a dos rendijas de puro fuego calculado.
—¿Fingir demencia, nena? ¿Esa es tu gran estrategia? —preguntó, y su sonrisa se volvió letal—. Una táctica bastante infantil para alguien que anoche se movía bajo mi cuerpo con la destreza de una mujer salvaje. ¿Quieres que le recuerde a tu memoria adormecida los detalles? ¿Quieres que te recuerde cómo temblabas cuando mis dedos entraron en ti? ¿O el sonido de tus gemidos cuando te empujé contra las sábanas grises y descubrí que estabas completamente intacta?
El color regresó a mi rostro de golpe, una oleada de calor violento y abrasador que me quemó las mejillas. Mis pechos se elevaron con fuerza bajo la tela azul marino de mi saco. La crudeza de sus palabras desmanteló mi fachada en un segundo. Mi cuerpo reaccionó de inmediato a su evocación: sentí una pulsación eléctrica e implacable directamente en mi entrepierna, una humedad traicionera que delató mi debilidad ante su mera mención.
—¡Basta! —siseé, perdiendo la compostura por completo, mis ojos destellando rabia—. Eso... eso fue un error. Una coincidencia estúpida. Yo no sabía quién era usted, y usted no sabía quién era yo. Fue una noche de anonimato. Las reglas eran claras: sin nombres, sin pasado y sin mañana. Usted mismo aceptó el pacto.
—Acepté un pacto con una mujer libre en un bar de Nueva York —corrigió Zayd, dando otro paso que me obligó a retroceder hasta que la parte trasera de mis muslos chocó contra el borde del inmenso escritorio ejecutivo de caoba que presidía el fondo de la sala—. No con mi prometida por contrato. No con la mujer por la que voy a pagar trescientos millones de dólares para limpiar las estafas de su padre. Me ocultaste tu identidad, Serena. Huiste de mi cama antes del amanecer como una ladrona. Y yo no tolero que nadie juegue con mi tiempo, ni con mi orgullo.
Me quedé atrapada entre el mueble de madera y su imponente anatomía. Intenté mantener la voz firme, buscando una salida de negociación, apelando al único lenguaje que un hombre como él se suponía que entendía: los negocios.
—Escúcheme, Jeque —dije, apoyando las palmas de mis manos contra el escritorio a mis costados, tratando de no mirar la forma en que sus dos primeros botones de la camisa amenazaban con abrirse bajo la tensión de sus músculos—. El contrato ya está redactado. Mi padre cometió errores, sí, pero nuestra firma textil sigue teniendo un valor estratégico incalculable para sus rutas de distribución en Occidente. Esto es un negocio para ambos. Olvidemos lo que pasó anoche. Firme las cláusulas privadas, mantengamos las apariencias ante la corte y su familia, y yo le prometo que seré la esposa perfecta en público. No le daré problemas. Pero exijo que en privado mantengamos una distancia respetuosa. Usted tendrá sus libertades, y yo tendré las mías.
Zayd me miró como si acabara de decir la mayor estupidez del siglo. Su expresión de burla se transformó en una frialdad corporativa que me congeló la sangre.
—¿Exiges? ¿Distancia respetuosa? ¿Tus libertades? —su voz cayó a una octava tan baja y peligrosa que pareció vibrar en el mármol del suelo—. Creo que no has entendido la posición en la que te encuentras, Serena. Crees que tienes poder para negociar porque tu apellido una vez significó algo en este país. Permíteme sacarte de tu error.