Romance en Playa Varadero ( Cuba)
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La playa secreta.
A las tres en punto de la tarde, Álix llegó al centro de conservación con una bolsa de lona al hombro que contenía una botella de ron blanco que había comprado en la tienda del hotel, un frasco de lima y un manojo de hierbabuena fresca que el jardinero le había regalado al verlo tan perdido. No sabía preparar mojitos, pero había pasado la mañana viendo tutoriales en YouTube y practicando con los ingredientes que había conseguido. El resultado había sido... aceptable. Al menos, lo suficientemente bueno para no envenenar a nadie.
Marina ya lo esperaba, sentada en el borde del muelle con los pies descalzos balanceándose sobre el agua. Se había cambiado el uniforme de trabajo por un vestido blanco de algodón ligero que dejaba al descubierto sus hombros bronceados, y llevaba el cabello suelto, una cascada castaña con reflejos cobrizos que caía sobre su espalda como un manto de seda. Cuando vio llegar a Álix, sus ojos turquesa se iluminaron con una chispa de alegría que hizo que a él se le olvidara hasta su propio nombre.
—Puntual. Eso es buena señal —dijo ella, poniéndose de pie y sacudiéndose la arena de las manos.
—He traído provisiones —anunció Álix, mostrando la bolsa con un gesto triunfal.
Marina echó un vistazo al contenido y soltó una carcajada.
—¿Hierbabuena del jardín? ¿En serio? ¡Eso es robar!
—Pedir prestado. Y pienso devolverla en forma de mojitos.
—Eso habrá que verlo, francés.
Salieron del hotel por un sendero de tierra que se internaba entre la vegetación, alejándose de la zona turística. A medida que avanzaban, el ruido de la música y las risas de los huéspedes se fue desvaneciendo, sustituido por el canto de los sinsontes y el susurro del viento entre las palmas reales. Marina caminaba descalza, con las sandalias colgando de una mano, y Álix notó que sus pies se hundían en la arena con la familiaridad de quien ha recorrido ese camino mil veces.
—Esta playa era el escondite secreto de mi infancia —explicó Marina, apartando una rama que bloqueaba el sendero—. Mi abuelo me traía aquí los domingos, cuando el hotel aún no existía y toda esta zona era monte virgen. Me enseñó a bucear, a pescar cangrejos, a leer las estrellas. Decía que esta playa estaba bendecida por Yemayá, la diosa del mar.
—¿Y tú crees en eso? ¿En dioses y diosas?
Marina se detuvo un momento y se giró hacia él. El sol de la tarde dibujaba halos dorados alrededor de su silueta, y por un instante, a Álix le pareció que estaba viendo a una aparición.
—Creo que el mar tiene alma —respondió ella, con una convicción tranquila—. Y creo que hay cosas que la ciencia no puede explicar. Como por qué ciertas personas se encuentran en ciertos momentos. Como por qué un francés que nunca había estado en Cuba aparece de repente en mi playa, con su cámara y sus ojos color caramelo.
—¿Caramelo? —Álix sonrió, halagado.
—No te hagas el modesto. Sabes que tienes unos ojos bonitos.
—No tanto como los tuyos. Los tuyos son... —hizo una pausa, buscando la palabra exacta—. Inolvidables.
El silencio que siguió fue denso y dulce, como la miel. Marina bajó la mirada, ruborizándose ligeramente, y reanudó la marcha.
La playa apareció de repente, como un regalo inesperado. Era una ensenada pequeña y perfecta, enmarcada por dos acantilados de roca caliza que la protegían del mundo exterior. La arena era tan blanca y fina que parecía azúcar glas, y el agua... el agua era de un azul turquesa tan intenso que dolía mirarla. No había hamacas, ni sombrillas, ni chiringuitos. Solo el mar, el cielo y una soledad absoluta que los envolvía como un capullo.
—Es el lugar más hermoso que he visto en mi vida —susurró Álix, con la voz quebrada por la emoción.
—Te dije que merecía la pena.
Marina extendió una toalla grande sobre la arena y se sentó con las piernas cruzadas, invitando a Álix a hacer lo mismo. Él obedeció, colocándose a su lado, lo suficientemente cerca para sentir el calor de su piel pero sin atreverse a invadir su espacio. Sacó el ron, las limas, la hierbabuena y dos vasos de plástico que había cogido del bar de la piscina.
—Muy bien, francés. Impresióname —dijo Marina, apoyándose sobre los codos en actitud expectante.
Álix empezó a preparar los mojitos con la concentración de un cirujano. Machacó la hierbabuena con el azúcar, exprimió las limas con mano temblorosa, añadió el ron y el hielo, y lo mezcló todo con una cuchara improvisada. El resultado era un líquido verdoso que olía sospechosamente bien.
Marina dio un sorbo y enarcó las cejas, sorprendida.
—Está... bueno. De verdad que está bueno.
—¿Lo dices en serio o solo por cortesía?
—Lo digo en serio. Aunque has puesto demasiada hierbabuena. Para la próxima, un poco menos.
—¿Habrá una próxima? —preguntó Álix, y la pregunta llevaba mucho más peso del que las palabras aparentaban.
Marina lo miró por encima del borde del vaso, y en sus ojos turquesa había una mezcla de deseo y de miedo. Deseo de dejarse llevar, miedo de lo que pudiera pasar después.
—Eso depende de ti, francés.
Se bebieron los mojitos mientras el sol comenzaba su lento descenso hacia el horizonte. Hablaron de todo y de nada. Marina le contó historias de su infancia en un pequeño pueblo pesquero cerca de Trinidad, de cómo su abuelo le había enseñado a respetar el mar, de su decisión de estudiar biología marina en La Habana a pesar de las dificultades económicas. Álix le habló de París, de su carrera como fotógrafo y escritor, de las docenas de países que había visitado y de la soledad que se escondía detrás de cada pasaporte sellado.
—Viajar es una forma de huir —confesó él, con la mirada perdida en el horizonte—. Durante años, creí que estaba buscando algo. Ahora me doy cuenta de que solo estaba escapando.
—¿Escapando de qué?
—De mí mismo. De una vida que nunca me ha terminado de encajar. De una familia que nunca me entendió. De un matrimonio que fracasó antes de empezar.
—¿Estuviste casado?
—Estuve a punto. Ella se llamaba Camille. Era pianista, o eso decía. Nos conocimos en una galería de arte en Montmartre. Todo fue muy rápido, muy intenso. Pero cuando llegó el momento de comprometernos de verdad, me di cuenta de que no la amaba. No como se debe amar a alguien con quien vas a compartir la vida. Así que me fui. Como siempre hago. Como un cobarde.
Marina guardó silencio durante un largo momento. Luego, con un gesto suave, apoyó su mano sobre la de Álix.
—No creo que seas un cobarde. Creo que eres un hombre que aún no ha encontrado su lugar en el mundo. Y eso no es un defecto, Álix. Es una búsqueda.
Él giró la mano para entrelazar sus dedos con los de ella. El contacto, simple y profundo a la vez, les aceleró el pulso a ambos.
—¿Y tú? —preguntó Álix—. ¿Has encontrado tu lugar?
—Creía que sí. Este arrecife, este hotel, mi trabajo... es todo lo que siempre quise. Pero a veces, cuando veo a los turistas llegar y marcharse, cuando veo parejas enamoradas paseando por la playa al atardecer, me pregunto si no me estará faltando algo. Algo más.
—Como un francés con ojos color caramelo que aparece de repente en tu playa.
Marina se rió, pero la risa se le quedó atrapada en la garganta cuando Álix se inclinó hacia ella. Estaban tan cerca que sus frentes casi se tocaban. Él podía contar cada una de sus pestañas, ver las motas doradas que salpicaban sus iris turquesa, sentir su aliento cálido mezclándose con el suyo.
—Marina... —susurró él, y su voz era una caricia.
—No digas nada —respondió ella, con los ojos brillantes—. No quiero pensar. No quiero analizar. Solo quiero sentir.
Y entonces, sin que ninguno de los dos supiera quién dio el primer paso, sus labios se encontraron.
Fue un beso suave al principio, casi tímido, como si ambos estuvieran saboreando la posibilidad antes de entregarse por completo. Los labios de Marina sabían a ron, a lima y a algo más profundo, algo que Álix solo pudo identificar como mar. Un sabor salado y dulce a la vez, el sabor de las olas rompiendo contra las rocas, el sabor de los sueños que se hacen realidad.
Ella profundizó el beso, llevando sus manos al cuello de Álix y atrayéndolo hacia sí. Él la rodeó con sus brazos, sintiendo la curva de su cintura, la suavidad de su piel, el latido acelerado de su corazón contra su pecho. El mundo desapareció. Solo existían ellos dos, tumbados en la arena blanca, envueltos en el resplandor dorado del atardecer, besándose como si el tiempo se hubiera detenido.
Cuando finalmente se separaron, jadeantes y sonrientes, el sol ya se estaba poniendo en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas, rosas y violetas.
—Eso... —dijo Marina, todavía sin aliento—. Eso no estaba en el plan.
—La vida no sigue planes —respondió Álix, acariciando su mejilla con el dorso de la mano—. Y menos cuando se trata de ti.