Pensé que lo más difícil ya había pasado. Luego encontré la firma de Kael en el documento que cambió todo. Ahora tengo que decidir si el amor que construimos puede sobrevivir conocer exactamente qué clase de hombre era antes de que yo llegara.
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El nombre PARTE 1
La conversación sobre el nombre del bebé empezó, como muchas de las conversaciones importantes en el Ducado Prevail, sin que nadie la planificara.
Fue un miércoles por la mañana, durante el desayuno, cuando Kael dejó la taza de café sobre la mesa con ese movimiento de quien ha estado pensando algo durante suficiente tiempo y ha decidido que ya no tiene sentido seguir pensándolo en silencio.
—¿Cómo se llama? —dijo Kael.
Ren lo miró.
—¿Quién?
—El bebé —dijo Kael.
—No se llama nada todavía —dijo Ren—. Hablamos de esto la semana pasada. Decidimos esperar a verlo.
—Lo sé —dijo Kael—. Pero antes de verlo hay que haber pensado en opciones. Uno no llega al momento sin haber considerado las posibilidades previamente.
Ren lo miró durante un segundo.
«Está nervioso», pensó. «Kael Prevail, que coordinó un rescate en el palacio imperial sin perder la compostura, está nervioso por un nombre.»
—¿Tienes opciones? —dijo Ren.
Kael la miró.
—Algunas —dijo.
—¿Cuántas?
Una pausa.
—Dieciséis —dijo Kael.
Ren dejó la taza.
—¿Dieciséis nombres?
—Es un número razonable para una primera exploración —dijo Kael, con la dignidad de alguien que considera que dieciséis opciones es una cantidad completamente normal.
—Kael.
—¿Qué.
—¿Cuándo hiciste una lista de dieciséis nombres?
—Esta semana —dijo Kael—. Por las noches.
Ren lo miró.
Por las noches. Cuando supuestamente dormía las ocho horas que el Doctor Elias había ordenado.
—¿Dormiste las ocho horas?
—Siete —dijo Kael.
—El Doctor Elias—
—El Doctor Elias no sabe que necesitaba hacer una lista de nombres —dijo Kael, con una lógica que era completamente incorrecta y que de alguna forma tenía su propio tipo de coherencia interna.
Sophia entró al comedor en ese momento con la bandeja del desayuno completo, evaluó la escena en menos de un segundo con esa capacidad suya de leer el estado de una habitación antes de cruzar el umbral, y depositó la bandeja con la eficiencia de siempre.
—¿Necesitan algo más? —dijo Sophia.
—Sophia —dijo Ren—. Kael hizo una lista de dieciséis nombres para el bebé.
Sophia lo miró a él.
Kael la miró a ella.
—¿Dieciséis? —dijo Sophia.
—Es una primera exploración —dijo Kael.
Sophia asintió con esa seriedad absoluta que usaba cuando la situación requería que no dijera lo que pensaba.
—¿Puedo escucharlos? —dijo Sophia.
—No —dijo Kael.
—¿Por qué no?
—Porque están en proceso de revisión —dijo Kael—. Hay tres que ya descarté esta mañana.
«Revisó la lista esta mañana», pensó Ren con algo que era calidez y diversión en partes iguales. «Antes del desayuno. Los revisó.»
—Kael —dijo Ren.
—¿Qué.
—Muéstrame la lista.
Kael la miró durante un momento. Luego sacó del bolsillo interior de su chaqueta — el mismo bolsillo donde Ren guardaba los documentos más importantes, el detalle no se le escapó — un papel doblado con precisión.
Lo depositó sobre la mesa entre los dos.
Ren lo tomó.
Lo desdobló.
La lista estaba escrita con la letra exacta y controlada de Kael, en columnas, con notas al margen que incluían origen etimológico, significado, y en algunos casos una evaluación breve del tipo «demasiado común» o «históricamente asociado con el tercer Emperador, descartado» o, en un caso que hizo que Ren parara, «sonido correcto, pendiente de evaluación adicional.»
Sophia se acercó para leer por encima del hombro de Ren con una discreción que era completamente artificial.
—El número siete —dijo Sophia— tiene una nota que dice «demasiado suave para un heredero ducal.»
—Era una consideración preliminar —dijo Kael.
—El número doce dice «preguntarle a Ren.»
—Eso es un recordatorio de proceso.
—El número catorce está tachado tres veces —dijo Sophia.
—Está tachado porque lo descarté —dijo Kael, con la paciencia de alguien que explica algo que considera autoevidente.
—Lo tachaste tres veces —dijo Sophia—. Una habría sido suficiente para descartar.
Kael la miró.
Sophia sostuvo la mirada con la neutralidad olímpica de siempre.
Ren recorrió la lista completa.
Había nombres con raíces en el idioma antiguo del Imperio, nombres de familias Prevail de generaciones anteriores, nombres que sonaban a piedra y a permanencia, y en el número doce — el que tenía la nota «preguntarle a Ren» — un nombre que era diferente a todos los demás.
Más suave. Más de dos sílabas que caían con naturalidad.
—¿Por qué este? —dijo Ren, señalando el número doce.
Kael lo miró.
—El sonido —dijo finalmente—. Cómo termina. Abierto. No cerrado.
Ren lo miró.
«No cerrado», pensó. «Kael eligió un nombre porque termina de forma abierta.»
Para un hombre que había pasado veinte años construyendo muros, la observación tenía un peso que probablemente Kael no había calculado completamente cuando la escribió.
—¿Y los demás? —dijo Ren.
—Son opciones —dijo Kael—. No preferencias definitivas.
—¿Pero hay alguna preferencia entre las opciones?
Otra pausa.
—El doce —admitió Kael.
Ren miró el número doce.
El nombre que terminaba de forma abierta.
—Bien —dijo Ren—. El doce entra en consideración.
Kael asintió con la brevedad de alguien que acaba de recibir algo que esperaba sin atreverse a esperarlo.
—¿Tienes tú algún nombre? —dijo Kael.
Ren pensó en eso.
La verdad era que no había hecho una lista. No de forma deliberada. Pero había un nombre que había llegado solo, sin que lo invitara, en alguna de las noches recientes cuando el bebé se movía con fuerza suficiente para sacarla del sueño.
Un nombre de su vida anterior — no de alguien que conoció, sino de un libro que había leído de pequeña, antes de que leer se convirtiera en el único lujo que podía permitirse en los márgenes de los turnos dobles.
Un personaje que sobrevivía cosas imposibles con una terquedad que el libro describía como defecto de carácter y que Ren, a los nueve años sin padres, había leído como manual de instrucciones.
—Uno —dijo Ren.
—¿Cuál?
—Todavía no —dijo Ren—. Cuando llegue el momento lo digo.
Kael la miró.
—¿Por qué no ahora?
—Porque —dijo Ren— hay nombres que se dicen en voz alta solo cuando estás lista para que existan de verdad.
Kael procesó eso.
Y en su expresión — esa expresión que Ren conocía en todos sus bordes — había algo que no era impaciencia sino el reconocimiento de alguien que entiende, mejor que la mayoría, que hay cosas que requieren el momento exacto.
—Bien —dijo Kael.
Sophia recogió la bandeja del desayuno.
—¿Puedo hacer una sugerencia? —dijo Sophia, con el tono de quien ha estado esperando este momento.
—No —dijo Kael.
—El nombre del cerezo —dijo Sophia, completamente ignorando la respuesta—. En el idioma antiguo el cerezo tiene un nombre que—
—Sophia —dijo Kael.
—Lo digo por si acaso —dijo Sophia.
—Lo anotaremos —dijo Ren—. Como número diecisiete.
Sophia asintió con satisfacción.
Kael miró su lista.
Y Ren pensó que esta conversación — el desayuno, los dieciséis nombres con notas al margen, la lista doblada en el bolsillo de la chaqueta — era exactamente el tipo de cosa que nadie podría haberle descrito desde afuera y que desde adentro tenía un peso que las cosas grandes raramente tenían.