El destino trajo de vuelta a quien el corazón nunca había dejado de esperar.
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Capítulo 6 Un secreto entre nosotras
Llegó la mañana en que debía ir por primera vez al jardín infantil.
Desperté temprano, preparé su vestido claro que le gustaba, peiné su cabello con mucho cuidado y le puse el lazo que combinaba con los tonos que siempre elegí.
Pero cuando todo estuvo listo y la llamé para salir, se detuvo en medio del pasillo, bajó la mirada y apretó fuerte mi mano entre las suyas.
—¿Qué pasa, mi vida?
—le pregunté arrodillándose a su altura.
Ella levantó los ojos llenos de tristeza y me dijo muy bajito, como si contara algo que nadie más debía oír.
—No quiero ir al colegio
. Por favor Valeria, no me lleves.
Me sentó en el primer escalón y la abracé despacio.
—Cuéntame por qué, princesa.
No te regañaré.
Solo quiero saber qué sientes.
Mientras tanto Nicolás salía de su habitación, listo para irse a su oficina.
Al verlos allí sentados se acercó preocupado.
—¿Sucede algo?
¿Por qué no avanzan?
—Dice que no quiere ir —le expliqué suavemente—.
Déjame hablar un ratito con ella primero.
Él asintió y se quedó cerca, sin interrumpir.
La niña se escondió un poco contra mi hombro y al fin se atrevió a decir.
—Allí preguntan mucho por mi mamá.
Dicen que es raro que no venga nunca a buscarme, que solo estoy con papá o con los abuelos.
Y a veces se ríen.
Y yo me quedo callada porque no sé explicar dónde está…
y me duele mucho el pecho.
Sentí que se me partía el alma.
La tomé de la barbilla para que me mirara.
—Tu mamá te ama más que a nada en este mundo.
Eres muy valiente al llevar esto tú solita.
Nicolás suspiró con los ojos brillantes.
—Ya veo…
Pensé que eran caprichos.
Nunca imaginé que pasara esto.
No sé cómo ayudarla.
—Déjame intentarlo a mí —le pedí.
Volví hacia ella y le dije despacio.
—Mira, tu mamá y yo nos entendemos muy bien.
Ella te dice que no tengas miedo.
Que cuando te pregunten, puedes decir.
“Mi mamá está en un viaje muy largo, pero me quiere y volverá”.
Nadie podrá decirte nada malo después de eso.
Y cada vez que te sientas sola, aprieta tu manita fuerte y piensa que ella te está apretando igual.
¿Lo intentamos?
Me miró dudosa un instante, luego asintió muy despacio.
Nicolás nos miraba sorprendido.
—Nadie logra calmarla así de rápido.
Ni yo mismo sé qué decirle…
—Es que a veces solo necesitan saber que lo que sienten es válido —respondí sin darle más importancia.
La acompañé hasta la puerta del jardín, le hice la seña secreta que solo ella y yo entendimos ese día, y se fue caminando segura de la mano de su padre.
Cuando volvió a mediodía, entró corriendo y me abrazó antes de decir nada más:
—¡Lo hice! Lo dije tal cual me enseñaste y nadie preguntó nada más.
¡Funcionó!
Nicolás entró detrás, sonriendo aliviado:
—No puedo creerlo.
Llegaba temiendo que saliera llorando…
Y viene feliz.
Valeria, tienes un don especial con ella.
—Solo la escucho —dije sencillamente—.
Ella tiene mucho que decir.
Pasamos la tarde tranquilos. Mientras la niña jugaba, él me dijo bajito.
—Hace mucho que no veo esa tranquilidad en ella.
Desde que ocurrió todo, se encierra, no cuenta estas cosas…
Y contigo lo hizo sin miedo.
Es como si supiera que la comprendes de verdad.
—Quizás porque yo también sé lo que es extrañar mucho a alguien —respondí sintiendo que la voz se me quebraba un poco.
Él puso una mano suave sobre mi hombro:
—Eres un regalo que no sé bien cómo agradecer.
No te pregunto más de dónde vienes ni por qué sabes tantas cosas que parecen imposibles.
Me basta ver que mi hija sonríe otra vez, que habla sin miedo, que duerme en paz. Eso es todo lo que he pedido durante estos tres años.
Se alegró de poder ir más tranquilo al trabajo al día siguiente.
No buscó razones ocultas, no sospechó quién era la mujer que le hablaba, solo agradeció que por fin hubiera alguien que supiera acunar el dolor de su pequeña igual que yo sabía hacer.
Y esa noche, al acostarla, la niña me susurró al oído antes de cerrar los ojos.
—Tú sabes muchas cosas de mi mamá.
¿Crees que ella estaría contenta conmigo?
—Muy contenta —le respondí besando su frente—.
Orgullosa de ti cada segundo.
Salí de su cuarto llevando esa certeza en el pecho: aún debía esperar, aún debía ocultarme un tiempo más, pero cada palabra dicha, cada abrazo dado, era un paso más para volver a ser suya.