Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 9
La salida con los compañeros de la ANBA empezó a las ocho en un restaurante de la Condesa que servía mezcal artesanal y tacos de cochinita. Eran seis: Emilia, dos chicas del taller de cerámica, un fotógrafo que siempre olía a fijador, y Patricio, que había llegado ya con dos copas encima y la corbata floja.
Emilia bebió una michelada. Solo una. Pero Patricio pidió la tercera ronda de mezcal cuando nadie la había pedido, y para las diez de la noche estaba recargado en el hombro de Emilia con el peso muerto de alguien que ha olvidado cómo funciona su columna vertebral.
—Emi… Emi, eres buena onda —dijo, con la voz pastosa y el aliento agrio—. De verdad. Buena onda.
—Patricio, ya. Siéntate bien.
—No, es que eres muy buena onda. Y muy bonita. ¿Te lo han dicho?
Las dos chicas del taller de cerámica intercambiaron una mirada. El fotógrafo se concentró en su teléfono como si la escena no existiera. Emilia sostuvo a Patricio con un brazo, incómoda pero sin saber cómo quitárselo sin hacer una escena — no era agresivo, solo era un desastre de persona que no sabía medir su alcohol.
—Ya, Patricio. Voy a pedirte un Uber.
—No, no. Quédate. Pide otro mezcal.
La mano de Patricio le cayó sobre el hombro con la torpeza de un muñeco de trapo. Emilia le retiró la mano con suavidad. Él la volvió a poner. Ella suspiró.
La puerta del restaurante se abrió.
Sebastián entró con el mismo paso con el que entraba a todas partes — sin prisa, sin anuncio, como si el espacio le perteneciera y simplemente estuviera verificando el inventario. Traía el traje del trabajo, la corbata aflojada un centímetro, los ojos recorriendo el lugar hasta encontrarla.
La encontró. Con un hombre borracho colgado del hombro.
Su expresión no cambió. No necesitaba cambiar — la ausencia de expresión era la expresión. La mandíbula fija. Los ojos quietos, como la superficie de un lago antes de congelarse.
Cruzó el restaurante en cuatro pasos. Tomó a Patricio del brazo con una firmeza que no admitía negociación y lo separó de Emilia como quien retira una rama de un camino. Patricio levantó la cabeza, parpadeó, intentó enfocar al hombre que le sostenía el brazo.
—¿Quién—?
—Sergio —dijo Sebastián sin mirar a Patricio. Sergio apareció en la puerta como si hubiera estado esperando la orden desde el estacionamiento—. Que lo lleven a su casa.
Sergio asintió, tomó a Patricio del otro brazo y lo sacó del restaurante con la eficiencia de alguien que hacía esto regularmente. Las dos chicas del taller miraron la escena con los ojos muy abiertos. El fotógrafo seguía concentrado en su teléfono.
Sebastián miró a Emilia. Una sola palabra:
—Vámonos.
No era una pregunta. No era una sugerencia. Era la clase de frase que no necesitaba volumen para ser absoluta.
Emilia agarró su bolsa y lo siguió. No se despidió de nadie. Una de las chicas del taller le mandó un mensaje que ella no leería hasta la mañana siguiente: "¿ESE era tu prometido? Dios mío, Emilia."
En el auto, el silencio tenía temperatura. Hacía frío. Sebastián conducía — él, no Ramón, no Sergio — con las manos en el volante y la vista fija en la carretera. No la miró. No habló. El olor a alcohol ajeno que Emilia llevaba en la ropa llenaba el interior del auto como un tercer pasajero que nadie había invitado.
—No estaba pasando nada —dijo Emilia, después de tres cuadras.
Silencio.
—Patricio estaba borracho. Solo lo estaba sosteniendo.
Silencio.
—Sebastián.
—Hueles a mezcal —dijo él, sin girar la cabeza. La mandíbula seguía tensa, los nudillos pálidos contra el volante.
—Fue una michelada. Una sola.
—Hueles a mezcal.
No discutió si era cierto o no — presentó el hecho como un veredicto. Emilia se cruzó de brazos y miró por la ventana. La Condesa pasaba al otro lado del cristal, con sus árboles iluminados y sus parejas caminando de la mano, ajena a la guerra silenciosa que ocurría dentro de un auto negro con vidrios polarizados.
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Al llegar al departamento, Emilia bajó del auto demasiado rápido. El tacón derecho se enganchó en el borde de la banqueta y trastabilló hacia adelante — no lo suficiente para caer, pero sí lo suficiente para que Sebastián, que ya estaba a su lado, la atrapara por la cintura.
—Estoy bien —dijo, intentando soltarse.
Él no la soltó. La levantó. Un brazo bajo las rodillas, otro en la espalda, y de repente Emilia estaba en el aire, contra su pecho, con el olor a cedro frío llenándole los pulmones.
—¡Puedo caminar!
—Evidentemente no.
La llevó al elevador, al departamento, al sillón de la sala. La depositó con un cuidado que contradecía la sequedad de su voz. Emilia rebotó en los cojines con la dignidad herida y el corazón latiendo en un lugar que no tenía nada que ver con la indignación.
Se agachó frente a ella. Le quitó los tacones, uno y luego el otro, con los mismos dedos que le ataban los tenis cada mañana. Fue al baño, volvió con una toalla húmeda y se la pasó por la frente, por las mejillas, por el cuello. El contacto era clínico y tierno al mismo tiempo — la precisión de un médico con la paciencia de alguien que no tiene prisa por estar en otro lugar.
Emilia lo miró con los ojos pesados. La michelada, el cansancio, el calor de sus manos, la luz baja de la sala — todo se mezclaba en una bruma que le aflojaba las defensas.
—Hueles bien —murmuró, con una sonrisa torcida que no habría permitido si estuviera completamente sobria.
Sebastián se detuvo. La toalla quedó suspendida a un centímetro de su cuello. Sus ojos la buscaron — oscuros, intensos, con algo que se parecía peligrosamente a una advertencia.
Emilia cerró los ojos. El sueño la jaló hacia abajo como una corriente.
Sebastián la recostó contra los cojines. Le acomodó el cabello detrás de las orejas — ambas orejas, esta vez, con la meticulosidad de alguien que ordena algo valioso. Le puso la cobija encima.
Y entonces, cuando ella ya estaba más dormida que despierta, le dio una nalgada. Una sola. A través de la falda. Suave, breve, más instinto que decisión — como si la mano se hubiera movido antes de que él pudiera pensarlo.
—No vuelvas a beber así.
La voz le llegó desde lejos, grave y ronca, como algo que escuchara debajo del agua.
—Mandón… —murmuró Emilia, con la mejilla aplastada contra el cojín y una sonrisa que no le habría perdonado a su cara si hubiera estado despierta.
Se hundió en el sueño.
Sebastián se quedó sentado frente a ella. Las piernas cruzadas, los codos en las rodillas, la barbilla apoyada en los nudillos. La miró dormir con la misma atención con la que ella tallaba sus piezas — detalle por detalle, sin parpadear, como si memorizara algo que temía olvidar.
Afuera, la ciudad dormía al otro lado del ventanal. El departamento olía a mezcal ajeno y a cedro frío. Y Sebastián Mendoza, que no toleraba el desorden en ningún aspecto de su vida, se quedó hasta las tres de la mañana velando el sueño desordenado de la única persona que tenía permiso de desordenarlo todo.