Ayzel descubre que su novio le es infiel después de tres años de relación. Ella quiere destruirlo y para eso utilizará a su suegro, un CEO muy famoso y millonario.
Lo que Ayzel no sabe es que su suegro, desde hace mucho la desea y no le importaría que ella lo use mientras se quede a su lado.
¿Podrán Ayzel llegar a enamorarse perdidamente de su suegro o solo seguirá con el plan original?
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Capítulo 7: El precio de la verdad
Los días siguientes fueron un torbellino de emociones encontradas. Después del enfrentamiento en la oficina, Alexander había decidido tomarse unos días de descanso. La empresa podía funcionar sin él por un tiempo, y necesitaba espacio para procesar todo lo que había sucedido. Ayzel se mudó oficialmente al apartamento de Charlottenburg, aunque pasaba la mayoría de las noches en la mansión de Alexander.
La relación entre ellos se había vuelto más profunda, más auténtica. Sin las mentiras de por medio, ambos podían ser ellos mismos. Alexander descubrió que Ayzel no solo era hermosa e inteligente, sino también divertida, con un sentido del humor sarcástico que lo mantenía alerta. Ayzel, por su parte, descubrió que detrás del CEO implacable había un hombre sensible, atento, que recordaba cada pequeño detalle sobre ella.
Pero la sombra del pasado seguía acechando.
Una tarde, mientras Alexander estaba en una videollamada con su equipo de la oficina, Ayzel recibió un mensaje en su teléfono. Era del mismo número desconocido.
"Laura está planeando algo. Cuida tus espaldas."
Ayzel frunció el ceño. Laura. La amante de Axel. La rubia que había encontrado en su cama. Desde aquel día, no había vuelto a saber de ella, pero eso no significaba que hubiera desaparecido. De hecho, era extraño que no hubiera intentado contactar a Axel después de que él la dejara plantada.
Decidió investigar por su cuenta. Abrió el ordenador portátil que Alexander le había prestado y comenzó a buscar información sobre Laura Vilches. Redes sociales, registros públicos, cualquier cosa que pudiera darle una pista sobre lo que tramaba.
Lo que encontró la dejó helada.
Laura no era solo una amante oportunista. Tenía un historial. Había estado involucrada en varios casos de extorsión a hombres adinerados, utilizando el mismo modus operandi: seducirlos, obtener información comprometedora y luego chantajearlos. Había dos denuncias en su contra, pero ambas habían sido retiradas por las víctimas, probablemente por miedo al escándalo.
—¿Qué estás mirando?
Ayzel levantó la vista sobresaltada. Alexander estaba detrás de ella, mirando la pantalla.
—Estaba investigando a Laura. Creo que es más peligrosa de lo que pensamos.
Alexander se sentó a su lado, estudiando la información.
—Tiene un pasado turbio. Si intentó algo con Axel, probablemente ya tiene información sobre ti.
—¿Crees que pueda usarla en mi contra?
—Es posible. Pero no voy a permitir que nadie te haga daño. —Tomó su mano—. Vamos a contratar seguridad privada. Y si ella se acerca, la denunciaremos.
Ayzel asintió, pero en el fondo sabía que Laura no se rendiría tan fácilmente. Las mujeres como ella siempre tenían un as bajo la manga.
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Dos días después, Alexander tuvo que viajar a Hamburgo por una reunión de negocios. Era la primera vez que se separaban desde que comenzaron su relación, y Ayzel sintió un vacío extraño en su ausencia.
—Volveré mañana por la noche —le dijo él por teléfono, desde el hotel—. Te llamo antes de dormir.
—Te espero. Cuídate.
—Tú también. Y no salgas sola de noche, por favor.
—Sí, papá —bromeó ella, pero ambos sabían que la preocupación era real.
Colgó y se quedó mirando el techo del apartamento. La soledad la envolvía como una manta incómoda. Decidió salir a caminar, solo un poco, para despejar la mente.
Berlín de noche era hermoso. Las luces de la ciudad se reflejaban en los canales, y el aire frío limpiaba sus pulmones. Caminó sin rumbo, disfrutando del silencio, cuando una figura apareció frente a ella.
Laura.
Llevaba un abrigo largo y el cabello recogido. Su sonrisa era venenosa.
—Hola, Ayzel. ¿Te sorprende verme?
—No debería. Sabía que tarde o temprano aparecerías.
—Qué lista. —Laura se acercó, deteniéndose a unos pasos—. Quería verte. Tener una conversación de mujer a mujer.
—No tengo nada que hablar contigo.
—¿Ah, no? —Laura sacó su teléfono y mostró una foto—. ¿Reconoces esto?
Ayzel sintió que la sangre se le helaba. Era una foto de ella y Alexander, en la cama, tomada desde una perspectiva que solo podía significar que alguien había estado dentro de la habitación.
—¿Dónde conseguiste eso?
—Digamos que tengo contactos. Gente que sabe cómo colocar cámaras sin ser descubierta. —Laura guardó el teléfono—. Con esto, puedo arruinar la reputación de Alexander. La del CEO que se acuesta con la exnovia de su hijo. Será un escándalo jugoso.
—¿Qué quieres?
—Dinero. Cinco millones de euros. O la foto se hace pública.
Ayzel apretó los puños, conteniendo la rabia.
—No tengo esa cantidad.
—Pero Alexander sí. Y estoy segura de que pagará para proteger su nombre. Y el tuyo.
—No voy a dejar que me chantajees.
—Entonces prepárate para ver tu cara en todos los periódicos. —Laura dio media vuelta para irse, pero se detuvo—. Tienes 48 horas. Luego, la foto se publica.
Desapareció entre las sombras, dejando a Ayzel temblando de furia y miedo.
Regresó al apartamento corriendo. Llamó a Alexander, pero no contestó. Estaba en la reunión. Le dejó un mensaje de texto: "Tenemos un problema. Llámame en cuanto puedas."
Pasó la noche en vela, mirando el techo, preguntándose cómo había llegado a ese punto. Todo su plan de venganza se había vuelto en su contra. Y ahora, la mujer a la que había querido destruir tenía el poder de destruirla a ella.
A la mañana siguiente, Alexander llamó.
—¿Qué sucede? Estaba preocupado.
Ayzel le contó todo. El encuentro con Laura, la foto, el chantaje.
—No te preocupes —dijo él, con una calma que la sorprendió—. Tengo contactos en la policía. Podemos rastrear la foto, descubrir quién la tomó y presionar a Laura. No va a salirse con la suya.
—¿Y si lo hace? ¿Y si publica la foto?
—Entonces la enfrentaremos juntos. No me avergüenzo de lo nuestro, Ayzel. Y si el mundo tiene que saberlo, que lo sepa.
Sus palabras la tranquilizaron, pero el miedo persistía. Laura era una serpiente, y las serpientes siempre muerden cuando se sienten acorraladas.
Alexander regresó esa noche, como había prometido. La abrazó fuerte, sin soltarla durante varios minutos.
—No te preocupes —susurró—. Vamos a resolver esto.
Y aunque Ayzel quería creerle, en el fondo sabía que la tormenta apenas comenzaba.
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