Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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Té a medianoche
La mansión estaba en silencio.
Los relojes marcaban pasada la medianoche.
La mayoría de los empleados dormían.
Los guardias permanecían en sus puestos.
Y Atenea no podía conciliar el sueño.
La discusión con su padre seguía dando vueltas en su cabeza.
Se sentía culpable.
Pero también enojada.
Porque lo amaba.
Y precisamente por eso dolía tanto sentirse atrapada.
Con un suspiro, salió de su habitación.
Tal vez caminar un poco la ayudaría.
La cocina estaba iluminada por una única lámpara.
Y no estaba vacía.
—Oh.
Atenea se detuvo.
Elena Rossi levantó la vista de su taza de té.
—Parece que no soy la única que no puede dormir.
Atenea sonrió ligeramente.
—Lo siento. No quería interrumpir.
—No interrumpes nada.
Elena señaló la silla frente a ella.
—Ven.
Atenea dudó unos segundos.
Luego se sentó.
La mujer sirvió otra taza.
—Té.
—Gracias.
Durante unos minutos permanecieron en silencio.
Un silencio cómodo.
Extrañamente cómodo.
—¿Discutiste con tu padre?
Atenea casi se atragantó.
—¿Tan obvio fue?
—Un poco.
—Genial.
—También conozco a Alessandro.
Eso hizo sonreír a Atenea.
—¿Tan terco es?
—Más.
—Entonces estamos perdidas.
—Completamente.
Las dos soltaron una pequeña risa.
Elena tomó un sorbo de té.
—Tu padre te quiere mucho.
—Lo sé.
—Más de lo que probablemente debería.
—También lo sé.
La sonrisa de Elena se suavizó.
—Cuando habla de ti parece olvidarse de todo lo demás.
Atenea bajó la mirada.
—A veces siento que todavía me ve como una niña.
—Porque una parte de él sigue viendo a la niña que perdió a su madre.
Aquellas palabras golpearon directo al corazón.
Porque eran ciertas.
Muy ciertas.
—Yo también la extraño.
La confesión salió sin que pudiera evitarlo.
Elena asintió.
—Lo imagino.
—A veces me preocupa olvidarla.
—Eso no ocurrirá.
—¿Cómo lo sabes?
La mujer sonrió.
—Porque hablas de ella igual que alguien que sigue llevándola consigo.
Atenea sintió un nudo en la garganta.
—¿Sabes qué me daba miedo?
La pregunta sorprendió a Atenea.
—¿Qué cosa?
—Conocerlas.
—¿A Bianca y a mí?
Elena asintió.
—Mucho.
—¿Por qué?
—Porque no quería ser una intrusa.
Atenea la observó.
La sinceridad en su voz era imposible de fingir.
—No vine para reemplazar a nadie.
Ni a su madre.
Ni los recuerdos que tienen de ella.
Ni el lugar que ocupa en esta casa.
Elena apoyó suavemente la taza sobre la mesa.
—Eso sería imposible.
El silencio llenó la cocina.
Y por primera vez desde que conoció a la mujer, Atenea sintió que entendía algo.
Elena no estaba intentando ocupar el lugar de su madre.
Nunca lo había hecho.
Solo estaba intentando construir el suyo propio.
—Gracias.
Elena arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—Por querer a mi padre.
La mujer pareció sorprendida.
Realmente sorprendida.
—Atenea…
—Hace años que no lo veía sonreír así.
Los ojos de Elena se suavizaron.
—Él también me hace feliz.
Atenea sonrió.
Y lo decía en serio.
Cuando finalmente se levantó para regresar a su habitación, ya se sentía más tranquila.
Mucho más.
—Buenas noches, querida.
Atenea se detuvo.
Aquella palabra.
Querida.
No sonó falsa.
Ni forzada.
Ni incómoda.
Simplemente cálida.
—Buenas noches, Elena.
Y se marchó.
Sin embargo, al doblar un pasillo, casi chocó contra alguien.
—¡Ay!
Dos manos la sujetaron antes de que cayera.
Firmes.
Seguras.
Atenea levantó la vista.
Y se encontró con Adrián.
—Lo siento.
—No, fue mi culpa.
Durante un instante ninguno se movió.
Porque él seguía sosteniéndola.
Y ella seguía demasiado cerca.
Mucho más cerca de lo normal.
—¿No podías dormir? —preguntó él.
—¿Tú tampoco?
—No.
Finalmente se separaron.
Aunque el momento quedó suspendido entre ambos.
Incómodo.
Extraño.
Diferente.
—Buenas noches, Atenea.
—Buenas noches, Adrián.
Ella continuó caminando.
Pero cuando llegó a su habitación descubrió algo molesto.
Su corazón estaba latiendo demasiado rápido.
Y no sabía si era por el susto.
O por los ojos grises que acababa de dejar atrás.