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Desprecié al ciego que hoy es millonario

Desprecié al ciego que hoy es millonario

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Doctor / Maltrato Emocional / Malentendidos / Reencuentro / Enfermizo / Completas
Popularitas:37k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.

Seis años después, todo se invirtió.

Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.

—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.

Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.

Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.

Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?

Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: El antro y la trampa de la fiesta

No le marcó.

El pulgar se quedó sobre el nombre de Max hasta que la pantalla se apagó sola, y entonces Renata bajó el teléfono y lo dejó bocabajo sobre el piso de la cocina. No. Costara lo que costara, esa puerta seguía cerrada. Ya encontraría la manera, como siempre.

Pero no en ese departamento de paredes delgadas, no con la abuela durmiendo a tres metros y el pecho a punto de reventarle. Le pidió a la vecina del tres, una señora que rezaba el rosario a todas horas, que estuviera al pendiente por si la abuela despertaba. Y salió a respirar.

El Aurora era de esos antros con luces moradas y música demasiado fuerte para pensar, que era justo lo que ella necesitaba. Renata se sentó en la barra y pidió un mezcal. Después otro. La mejilla todavía le latía donde su padre la había golpeado, y el alcohol le adormecía el dolor sin quitárselo del todo.

—¿Tan solita, preciosa? —Un tipo se dejó caer en el banco de al lado, con el aliento agrio y la mano demasiado suelta—. Yo te invito la que sigue.

—No, gracias.

—No seas grosera. —La mano le cayó en el muslo—. Te estoy haciendo un favor.

Renata se la quitó de encima, pero el hombre insistió, sujetándole la muñeca, y por un segundo de puro cansancio pensó que no tenía fuerzas para otra pelea esa noche.

No le hizo falta.

Una mano apareció de la nada y cerró sobre la del tipo, apretando hasta que el hombre soltó un quejido.

—La dama dijo que no. —La voz de Max era de hielo—. ¿Necesitas que te lo explique afuera?

El borracho miró hacia arriba, calculó el traje, calculó los hombros, calculó la mirada, y se largó murmurando disculpas. Max no le dio una segunda mirada. Se giró hacia Renata, y ahí, bajo las luces moradas, la sonrisa se le borró.

Le tomó la barbilla con dos dedos y le ladeó la cara hacia la luz. La marca. Roja, hinchada, con la forma inconfundible de una mano.

—¿Quién te hizo esto?

—Me pegué con una puerta.

—Rena.

—Déjalo, Max. —Se zafó—. ¿Tú qué haces aquí?

Él apretó la mandíbula, guardándose la pregunta, igual que se guardaba todo.

—Vine por Emilio. Está en el otro privado, más borracho que tú, festejando vaya uno a saber qué. —La miró de arriba abajo, midiendo cuántos mezcales llevaba encima—. Y tú no estás en condiciones de irte sola.

—Estoy perfectamente.

—Te tiembla la mano que sostiene el vaso. —Lo dijo sin crueldad, casi suave, y eso fue peor—. ¿Fue Bracamonte? ¿Él te pegó?

—No.

—¿Entonces quién?

Renata apretó los labios. No iba a decirle que había sido su propio padre; no iba a darle esa última pieza del rompecabezas que él tanto quería armar. Pero el silencio fue una respuesta en sí mismo, y vio a Max guardarse el dato, en algún archivo frío de su cabeza, para usarlo después.

—Voy a averiguarlo —dijo él—. Tú sabes que lo voy a averiguar.

Renata no recordaría con claridad cómo llegó a la habitación del hotel. Recordaría, en cambio, retazos: el brazo de Max sosteniéndola en el elevador, su propia risa floja, el modo en que se le colgó del cuello cuando él la sentó en la cama.

—Te extrañé —oyó decirse a sí misma, con la lengua pesada, la verdad escapándosele por las grietas que el mezcal abría—. Todos estos años. No sabes cuánto.

Sintió que Max se quedaba muy quieto.

—Estás borracha.

—Y tú hueles bien. —Le buscó la boca—. Antes olías a jabón corriente. Me gustaba más. Aquel sí era mi Max.

Él se quedó congelado a un centímetro de sus labios. Algo le cruzó la cara, una grieta honda, como si esa frase le hubiera dolido más que cualquier desprecio.

—Tu Max —repitió, ronco.

—El que me cargaba los pies cuando hacía frío. —Renata sonrió, perdida en el mezcal y en el recuerdo, sin medir lo que confesaba—. Ese nunca me hizo daño. Yo se lo hice a él. Yo… —Se le cerraron los ojos—. Yo tuve que hacerle daño, Max. No tienes idea.

Él la detuvo con una mano firme en el hombro. Y aunque la respiración se le había vuelto irregular, aunque por un instante la deseó con una fuerza que le asustó, la apartó.

—Así no.

La acostó. Le quitó los zapatos. Le puso un vaso de agua y un analgésico en el buró. Y se metió al baño, y Renata, antes de hundirse en el sueño, alcanzó a oír el chorro de la regadera corriendo largo rato, agua fría, mucho rato, como si del otro lado de esa puerta un hombre estuviera librando una batalla consigo mismo.

Despertó con la boca seca y un papel doblado sobre la almohada del lado vacío.

"El cuarto está pagado. Desayuna algo antes de irte. No vuelvas a tomar sola con la cara así. —M."

Renata lo leyó tres veces. La letra era la misma de hacía seis años, apretada, inclinada, la de alguien que había aprendido a escribir tarde, ya recuperada la vista. "No vuelvas a tomar sola con la cara así." Como si todavía le importara cómo amanecía. Como si los seis años no hubieran pasado.

Se obligó a no sentir nada. No podía permitirse sentir nada. Dobló el papel con cuidado y se lo guardó en la bolsa, junto a un par de pantuflas talla 36 que no había podido dejar y que ya empezaba a odiar por lo bien que le quedaban.

Apenas había salido del hotel cuando le entró la llamada.

—Buenos días, exesposa. —La voz de Rodrigo, otra vez en el país, demasiado cómoda—. Tengo una propuesta de negocios para ti. Hay una cena de empresarios el viernes. Quiero que me acompañes. Del brazo, sonriente, como la dama que finges ser.

—No.

—Te perdono diez mil de la deuda de este mes. —Pausa—. ¿Sigues diciendo que no?

Renata cerró los ojos. Diez mil pesos. Diez mil pesos eran el depósito de un cuarto para la abuela, eran medicinas, eran no tener que pedirle a nadie. Se odió a sí misma por hacer el cálculo, pero lo hizo: cuánto valía una hora de su dignidad, cuántas pastillas compraba esa hora. Era una matemática que conocía de memoria.

—Veinte mil —dijo—. Y voy una hora. Ni un minuto más.

Rodrigo se rio, encantado de que entrara al juego.

—Quince. Y te quedas hasta que yo cierre el trato. Necesito impresionar al inversionista. Es un pez gordo, vas a ver. El dueño del Grupo Montenegro en persona.

El teléfono casi se le resbaló de la mano.

—¿Qué dijiste?

—Maximiliano Montenegro, corazón. ¿Lo conoces? Dicen que es de hielo. —Rodrigo bajó la voz, saboreándose—. El viernes me firma el contrato de mi vida. Y tú me vas a ayudar a conseguirlo.

La llamada se cortó. Renata se quedó parada en la banqueta, con el sol pegándole en la cara y un nudo helado bajándole por la espalda.

El viernes. Su exmarido. El hombre del que había renunciado a todo por mantener lejos del apellido Bracamonte.

En la misma mesa.

Y ella, en medio.

1
Graciela Mauchiere
la verdad media novela tirada al tacho....ahora de nuevo ja
Zoila
This!!! Tan real
Zoila
Mujer ya, me desesperas 🥹
Zoila
Pinche Gabriel venenoso, Renata no le hagas caso.
Blanca Ordaz
ya trilla en lo mismo y la protagonista no tiene el valor de decirle la verdad se repite lo mismo y el que no puede soltarla
Blanca Ordaz
creo que la escritora secuatrapio toda porque se supone que ya veía. cuando se volvieron a ver no entiendo está trama
Cliente anónimo
Inmadura.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭
Cliente anónimo
No entiendo ! Ya no veía pues ! Cuando la vio con el ex esposo ! Luego en su casa ! Después cuando Pelio con los 7 hombres ! No sé cómo sale ahora que la ve después de 6 años ciego !!
matyy
omggg
Graciela Saiz
pero si el ya veía! no es que estuvo seis años años , si verla , o peleo con siete hombres estando ciego 🤔
Graciela Saiz
Ay no ! que estrés! se les viene el cielo abajo?😭
Graciela Saiz
Ay no autora 🥺los vas a separar 😭
Graciela Saiz
no me digas que está enferma 🥺
Graciela Saiz
interesante 😉
Xochitl Rayas
Excelente
Carmen Malpica
Espectacular
MaReyanaga Maldonado
disculpen como se llamó la primera historia por favor me dicen 05 / 06/26
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