Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
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Capítulo 7
Las manecillas del reloj de pared habían rebasado las doce de la noche. Afuera del departamento de renta reinaba un silencio gélido, pero dentro de la sala, la mente de Fernanda era un torbellino desatado. Estaba sentada, inmóvil, sobre una silla de madera, con la mirada perdida en el piso. El rostro de Tristán y los destellos de aquel pasado sombrío no dejaban de girar en su cabeza, expulsando a la fuerza cualquier rastro de sueño. El hombre que había destruido su vida estaba de vuelta, y para colmo de la ironía, como su jefe directo en la empresa donde trabajaba, y era el padre biológico de Elián.
Doña Mila, que acababa de salir del baño, se sorprendió al ver la luz de la sala todavía encendida. Sus pasos cansados se detuvieron al encontrar a su única hija sentada a solas en aquel rincón.
—Mija, ¿por qué no te has dormido? —preguntó doña Mila con suavidad, mientras se acercaba despacio y se sentaba junto a su hija.
Fernanda se sobresaltó ligeramente y volteó con desgano. —No me da sueño, mamá...
—Qué raro en ti. Ah, y oye, ¿cómo te fue hoy en el trabajo? ¿La gente de la oficina te trata bien? Y... ¿qué tal tu jefe? —disparó doña Mila pregunta tras pregunta, dejando salir la curiosidad y la preocupación propias de una madre.
Al escuchar aquello, Fernanda soltó un suspiro áspero. Sentía el pecho terriblemente oprimido. —Justamente eso es lo que no me deja dormir, mamá.
Doña Mila se quedó muda. Un presentimiento oscuro le cruzó el cuerpo de pronto. —¿Hay algún problema, mija? ¿Tu jefe no te trata bien?
—No es que no me trate bien, mamá, sino que... —La lengua de Fernanda pareció trabarse de golpe. La garganta se le cerró; le pesaba horrores pronunciar el nombre que era la raíz de su trauma.
Al notar cómo cambiaba el semblante de su hija, doña Mila tomó entre las suyas las manos heladas de Fernanda. —Cuéntamelo todo, mija. A lo mejor si lo sacas, se te alivia un poco lo que cargas aquí adentro.
Fernanda apretó los ojos con fuerza, dejando que una lágrima resbalara por su mejilla. —Mamá... hoy en la oficina... me lo volví a encontrar. Al hombre que me violó hace seis años.
—¿Qué? —Doña Mila se quedó atónita, con los ojos desorbitados de incredulidad. Su cuerpo se tensó al instante—. ¿Te refieres a... Tristán, mija?
—Sí, mamá. Tristán Bracamonte. Él es el CEO de la empresa donde trabajo ahora —dijo Fernanda con la voz quebrada, conteniendo la rabia.
—Y entonces... ¿él te reconoció, mija? —preguntó doña Mila con la voz teñida ya de pánico.
Fernanda negó lentamente con la cabeza. Una sonrisa amarga se le dibujó en los labios. —No, mamá. No me reconoció en lo absoluto. Mi apariencia cambió mucho. Ya no soy "el patito feo" al que podía pisotear a su antojo. —Lo dijo hasta que todo su cuerpo tembló violentamente por el torrente de emociones.
Doña Mila rodeó de inmediato los hombros temblorosos de su hija y la atrajo hacia su pecho. Las lágrimas que Fernanda había estado conteniendo se desbordaron por fin, empapando el regazo de su madre.
—Ten paciencia, mija. Quizá esto ya estaba escrito en los designios de Dios. Al final te reencontraste con ese hombre... el padre de Elián —murmuró doña Mila en voz baja, llorando también—. Aunque... la verdad es que a mí muchas veces me remuerde la conciencia porque le seguimos mintiendo a Eli, diciéndole que su papá se fue para siempre.
Fernanda levantó la cabeza y se secó las lágrimas con rapidez. —Aunque Rafael ya no esté con nosotras, él hizo muchísimo por nosotras, mamá. Se casó conmigo cuando mi embarazo ya iba en el séptimo mes. Rafa, a quien yo quería como a un hermano, aceptó que lo marginaran y hasta que su propia familia lo humillara, con tal de protegerme y darle un apellido a mi hijo.
—Pero lamentablemente Rafa no tuvo una vida larga, mija —respondió doña Mila con un tono cargado de profundo pesar—. Si aquel accidente terrible no hubiera ocurrido, seguramente hasta el día de hoy seguiría a tu lado, acompañándote y cuidando a Eli.
—Pero yo nunca lo amé, mamá. Solo admiraba su bondad y lo quería como a un hermano de sangre —confesó Fernanda con honestidad.
Doña Mila clavó la mirada en los ojos de su hija y exhaló un largo suspiro. —Lo sé, mija. Porque en lo más profundo de tu corazón... tú todavía guardas algo por ese hombre, el padre biológico de Eli.
¡Tum!
Fernanda se quedó en silencio de golpe. El corazón le latió con fuerza, sacudido por las palabras de su propia madre. ¿Sentimientos por Tristán? Fernanda apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Si alguna vez aquel amor existió en el pasado, ahora estaba muerto. Ese sentimiento llevaba mucho tiempo enterrado bajo tierra, reemplazado por un odio que le corría por las venas. Ver a Tristán en la oficina esa tarde no le provocó nostalgia, sino que encendió una llama de venganza que le ardía por dentro. Se lo juró: esta vez no iba a huir. Iba a hacer que Tristán pagara por cada lágrima y por cada sufrimiento que ella había soportado.
*
*
A la mañana siguiente, tras haber vaciado toda la carga que llevaba en el pecho ante su madre, Fernanda sintió que su energía se había restaurado por completo. El miedo se había evaporado, sustituido por una confianza en sí misma que le encendía el ánimo. Desde muy temprano ya estaba ocupada con los preparativos de la junta mensual del Grupo Bracamonte. Con agilidad, clasificó documentos y se aseguró de que cada división entregara sus mejores informes. Kevin, el asistente personal, colaboraba a su lado para que aquel evento importante saliera sin contratiempos.
Mientras tanto, en su lujoso departamento, Tristán acababa de terminar de arreglarse. Se acomodó el cuello de la camisa frente al espejo, luciendo un traje impecable, elegante y que irradiaba una autoridad absoluta. Su apariencia actual no tenía nada que ver con la de antes: desordenado, temerario y arrogante. Tristán se había transformado en un hombre maduro y centrado, aunque con una fortaleza hecha de frialdad y rigidez como escudo, sobre todo frente al sexo opuesto.
En cuanto el auto de Tristán llegó al vestíbulo del edificio corporativo, los empleados inclinaron la cabeza de inmediato en señal de respeto. Kevin, que llevaba rato esperando, se adelantó enseguida para recibir a su jefe.
—¿Cómo van los preparativos de la junta, Kevin? —preguntó Tristán sin rodeos, sin aminorar el paso ni un instante rumbo al elevador VIP.
—Quédese tranquilo, señor. La secretaria Fernanda y yo ya dejamos todo listo y sincronizado. Usted nada más siéntese cómodamente en la sala de juntas —respondió Kevin con el rostro animado y lleno de seguridad.
Al escuchar la respuesta de Kevin, un amago de sonrisa casi imperceptible se asomó en los labios de Tristán. Se sentía satisfecho, sobre todo porque su nueva secretaria empezaba a demostrar una ética de trabajo y una capacidad reales, confirmando que su arranque de valentía del día anterior no había sido pura palabrería.
En cuanto las puertas del elevador se abrieron en el décimo piso, Tristán salió y se topó de frente con Fernanda. Ella estaba de pie junto a su cubículo, completamente concentrada en organizar una pila de documentos importantes que acababa de verificar. Tristán detuvo sus pasos justo delante de Fernanda.
Fernanda levantó la mirada y se sobresaltó levemente. No podía negarlo: la gallardía y el aura de autoridad que emanaban de Tristán, erguido ante ella en ese momento, eran abrumadoras. Pero se apresuró a dominar su expresión, volviéndola lo más neutra posible.
—¿Cómo van los documentos? ¿Ya los revisaste todos, los de cada división de la empresa? —preguntó Tristán con su voz de barítono, firme y tajante.
Fernanda se irguió y le sostuvo la mirada. —Sí, señor. Todos los informes están limpios de errores. Puede verificar los resultados en la sala de juntas.
—Bien. Ahora acompáñame a la sala de juntas —ordenó Tristán con contundencia, y dio media vuelta para abrir el camino.
Fernanda fue enseguida tras los pasos largos de Tristán, cargando en una mano una pila considerable de documentos importantes y en la otra su laptop de trabajo. Al ver que la secretaria iba un poco apurada, Kevin, que caminaba a su lado, se ofreció a echarle una mano.
—Ven, Nanda, yo te cargo algunos de esos documentos...
—¡Kevin! No la ayudes, ese es su trabajo —lo atajó Tristán de pronto, sin detenerse, aunque giró la cabeza un instante para lanzar una mirada gélida y penetrante en dirección a Kevin y Fernanda.
Al escuchar aquel regaño sin razón alguna, Fernanda resopló con brusquedad por la nariz. La irritación le brotó al instante. Retiró los documentos que Kevin estaba a punto de tomar.
—No hace falta que me ayude, señor Kevin. Gracias. Yo puedo con todo esto sola —dijo Fernanda alzando deliberadamente la voz, y luego le lanzó una mirada afilada a la espalda de Tristán—. No soy una mujer débil que se queja nada más porque le toca cargar un poco de peso.
Aquella frase iba claramente dirigida como un dardo para pinchar la arrogancia del CEO. Tristán, al escuchar la réplica mordaz de su secretaria, aflojó el paso de inmediato. La mandíbula se le endureció y un surco de fastidio se le marcó con claridad en el rostro. En verdad, esa mujer siempre encontraba la manera de provocarlo y de hacer tambalear su altivez. La junta mensual estaba a punto de comenzar, pero la fricción entre ambos ya se sentía al rojo vivo.
Continuará...