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La Debilidad Del Mafioso

La Debilidad Del Mafioso

Status: En proceso
Genre:Madre soltera / Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Dane Benitez

Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige

Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"

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CAPITULO 23

AZRAEL

Me relamo los labios cuando cierro la puerta detrás de mí. Sus besos son una jodida maravilla por la cual iría una y mil veces al infierno...

Subo a la camioneta y la pongo en marcha fuera de la zona residencial. Vladimir aborda el vehículo cuando llego a la salida; la seguridad se alinea detrás de nosotros.

—Haz que desaparezca el ramo de flores que le han enviado —ordeno sin más. Este me mira con ojos entornados y el entrecejo arrugado—. Al igual que todo lo que le llegue que no sea de mi parte.

—Pero, señor...

—Puedes o no hacerlo, solo avísame para mandarte a la mierda y buscar a alguien que no reniegue de mis órdenes.

—Sí, señor. Yo me encargo.

Sigo conduciendo hasta llegar a mi edificio. Nos avisan que la zona está libre y subo ansiando meterme de una vez en la ducha de agua fría; Dasha me ha dejado como una maldita piedra...

Me quito la camisa en cuanto cruzo la puerta principal y me dirijo a la habitación. Quedo quieto cuando veo a la mujer que está sobre mi cama, tendida con un juego de lencería.

—¿Quién mierdas eres y qué coño haces aquí? —pregunto a la vez que saco el arma con la que le apunto.

—Un regalo para el lobo de Rusia —suelta poniéndose de rodillas en la cama.

—¿Quién te mandó? —pregunto acercándome hasta agarrarla del cuello.

—El señor Brown —dice, amargándome el rato...

Clavo el arma en su frente y enseguida pone mirada aterrorizada.

—Él... él quiere que sepa que está muy al pendiente de usted, y que también lo está de ellos... al igual que usted de ella.

Dice, y todas las alarmas se encienden en mi cabeza rogando, por su suerte, que no sea lo que estoy pensando.

—¿De qué diablos estás hablando?

—Ella... la chica de cabello rojizo; ella, a quien usted acecha como una bestia hambrienta. Y que, al igual que usted con él, él desea masticar los huesos de esas crías...

No termina de hablar cuando vacío el cargador de mi arma en su cabeza, volviendo todo una mierda sobre las sábanas claras de mi cama.

No tarda ni un minuto en tener a más de diez de mis hombres armados en la habitación. Vladimir aparece a mi lado y repara en mis manos llenas de sangre y en el cuerpo sin vida, con la cabeza destrozada, sobre mi cama.

—Deshazte de esta porquería y los quiero a todos en veinte minutos abajo. Ese maldito necesita saber que conmigo no se juega...

Entrego el arma para que la limpien y me encamino al cuarto de baño. Dejo que el agua fría me cubra, sacando la sangre que me salpicó el rostro. Tardo quince minutos en estar listo; al salir del baño, la cama ya está como nueva, ni una gota de sangre.

Me cambio rápido y me apresuro a salir. Los guardias están en el salón alineados; todos saben que no les dejaré pasar el que se hayan descuidado un solo segundo. Sin embargo, lo que tengo que hacer ahora es más importante que eso.

—No quiero errores esta noche. Si a alguno se le ocurre flaquear en cualquier segundo, juro que le sacaré los ojos con las manos...

No dicen nada, solo se mueven a sus sitios para irnos.

—Triplica la seguridad de ellos —le digo a Vladimir cuando quedamos solos—. Si alguien sin identificar intenta acercarse a menos de cien metros, vuélale la cabeza. ¿Quedó claro?

—Sí, señor.

Antes de subirme al auto, tomo el móvil y reviso dónde están. La imagen salta en la pantalla: los tres están en su habitación viendo películas, los otros espacios están vacíos.

Una vez termine con lo que haré esta noche, me aseguraré de potenciar absolutamente todo.

Pongo el auto en marcha fuera de la zona residencial y me adentro en el tráfico de la ciudad. Las camionetas van detrás de mí mientras otras ya están en distintos puntos de control.

—Esto es peligroso, señor —suelta Vladimir en el asiento de al lado—. La familia no se toca, no debe olvidar las reglas.

—Él empezó —hablo sin apartar la vista de la carretera.

—Señor, ella... y esos niños no... no...

—Son míos —lo corto en seco cuando sopeso lo que dirá—. Ella y ellos son míos, le guste a quien le guste y le pese a quien le pese. Así que ahórrate tus mariqueras o te arranco la lengua a ti.

—Está bien, señor...

Es lo único que dice.

Llegamos al sitio donde está la familia de esa rata asquerosa. Doy órdenes a través de la radio y, cuando todos confirman sus posiciones, reviso una vez más el móvil.

—Quiero coordenadas exactas —pido a Vladimir.

—Brown sigue en el club; aquí solo están su mujer y su hijo —habla—. Están en la habitación de juegos ahora mismo.

Me pongo el pasamontañas y cargo el arma mientras él hace lo mismo. La propiedad aparece ante nosotros y enseguida salen los guardias que vigilan la casa.

—Entraremos por el lado este —digo a Vladimir y al otro que va conmigo—. Los demás, maten a todos los guardias.

La lluvia de balas no tarda en aparecer cuando Vladimir tumba el sistema de comunicaciones que evita que salga nada de esta propiedad hacia el exterior, por lo cual Brown no sabrá ni una mierda hasta que haga lo que vine a hacer.

Me cubro con las vigas cuando las balas son soltadas en mi dirección. Vladimir me cubre mientras corro hasta la puerta, que cae en pedazos cuando el guardia me abre paso. Los tres llegamos al interior y Vladimir comienza a guiarme hasta el sitio. La servidumbre aparece y una a una van cayendo como fichas de dominó.

La sangre comienza a regarse y los gritos de las mujeres que salen desde las otras habitaciones no se hacen esperar. Del piso de arriba se desprende una lluvia de balas en defensa; saco la granada que tengo en el bolsillo y la arrojo al sitio. Me cubro los oídos cuando estalla volviendo todo añicos.

—Camino despejado hasta la habitación; es la del final del pasillo —me informan a través del intercomunicador.

Me apresuro a entrar al sitio. Tumbo de una patada la puerta de la habitación que alberga a la mujer que está con el niño entre los brazos.

—¿Quiénes son? Por favor, no nos hagan nada —lloriquea.

—Dame al mocoso —le digo, y esta se niega—. Dámelo o lo mato aquí mismo —le hago presión, pero no hace nada; sin embargo, Vladimir se va sobre ella y se lo quita pasándomelo. Tomo al niño y esta empieza a gritar pidiéndome que se lo devuelva. Bajo mi vista a su vientre abultado cuando se pone de pie.

Sonrío para mis adentros: premio doble.

—Dame el colgante —le hablo a Vladimir, quien me entrega la pequeña caja dorada.

Le doy el niño al otro guardia y le pongo el collar a la mujer.

—Dile a tu marido que este es de mi parte —cierro el broche.

Ordeno que saquen al mocoso que empieza a lloriquear y al cual la mujer intenta tomar.

—También dile que se mantenga al margen de ellos, porque si no, la próxima vez que vea a su hijo será en una caja —suelto antes de darme la vuelta y salir por donde vine.

—Tiene diez minutos para desaparecer de aquí, señor —me informa Vladimir—. Brown se ha enterado de que está usted en su casa.

Diez minutos... más que suficientes.

Corremos por la misma dirección por donde salimos. Doy órdenes de a dónde llevar al niño y me apresuro a subirme a la camioneta. Una vez que esta se pone fuera de la zona de Brown, vuelvo a sacar el móvil y mirarlos: todo sigue bajo control.

Vamos por medio de la autopista cuando siento las balas caer contra los cristales de la camioneta.

—Nos atacan, señor. Están esperando en la salida de la autopista y tampoco podemos dar la vuelta —grita Vladimir a mi lado—. Pide al niño para darnos paso.

—Que siga soñando —hablo hundiendo más el acelerador.

—Señor, pero...

—Ponlo en pantalla —ordeno.

—Señor...

—¡Que lo pongas en pantalla, jode...!

Hace lo que pido, y siento su odio salirle por los poros cuando aparece en la pantalla de la tablet.

—¡Dame a mi hijo, maldito ruso! —espera—. O juro que...

—Saca a tu gente de aquí —hablo sin más—. Líbra el paso a mis hombres.

—¡Dame a mi hijo! —insiste haciéndome reír.

—Te doy dos opciones, Brown —hablo sin apartar la vista de la carretera, donde mis guardias atacan contra los vehículos que se acercan—. O sacas a tus hombres del medio por las buenas o lo harás por las malas; o despídete de tu descendencia: de este y de la cucaracha que hay en el vientre de tu mujer.

La mirada se le enturbia.

—Te doy dos minutos, Brown. O los retiras o tu mujer se va al infierno hoy mismo —muestro el detonador de la bomba que le he puesto en el cuello.

—¡Eres un hijo de perra! —espeta furioso.

—Igual que tú. Con la única diferencia de que yo no amenazo: yo actúo —corto la comunicación, y no tardan ni dos minutos en cesar las balas de los suyos.

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María Gabriela
yo creo que Sienna es la hija perdida de del viejo
Nayeli Zt
Me encanta esta novela, no puedo dejar de leer🥰
ShaLop
Se que algunas escritoras no se dedican sólo a esto. Pero demoras mucho en actualizar. Ya ni me acordaba del juicio 🤭
ana rosa cobos torres
que hermoso espécimen
Nayeli Chab Rodriguez
Su hija a de ser Sienna
Vidash: Te invito a que no te pierdas de ningún capítulo 🥰🤭🤭
total 1 replies
ShaLop
Hermoso el protagonista 🤭🤭
Ana VR
yo siempre me pregunto, de donde salen estos dioses griegos 😍😍
alegra: loo mismo me preguntó yo🤔🥰
total 2 replies
Tere Jimenez
muy guapo gracias por compartir tu novela
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