En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
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Sombras
CAPÍTULO 6
Sombras
Durante los días siguientes, Alex intentó convencerse de que todo estaba bajo control.
No era cierto.
Y una parte de él lo sabía.
Desde que había encontrado aquella noticia sobre los Laurent, su vida parecía haberse llenado de preguntas sin respuesta. Cuanto más investigaba, menos entendía. Los archivos desaparecían, las referencias estaban incompletas y cada nueva pista parecía conducir a algo más extraño que la anterior.
Sin embargo, eso no era lo que más le preocupaba.
Lo que realmente comenzaba a inquietarlo era aquella sensación constante.
La sensación de no estar solo.
Al principio pensó que era paranoia.
Después de todo, había pasado semanas investigando una historia relacionada con asesinatos, incendios y secretos ocultos. Era normal que su imaginación empezara a jugarle malas pasadas.
O al menos eso intentó creer.
Hasta que comenzaron a ocurrir pequeñas cosas.
Detalles.
Cosas absurdas.
Insignificantes.
Pero imposibles de ignorar.
Una mañana dejó una carpeta sobre el escritorio de su habitación en el orfanato y cuando regresó la encontró en una posición diferente.
No era mucho.
Apenas unos centímetros.
Pero estaba seguro de haberla dejado cerrada.
Ahora estaba ligeramente abierta.
Pensó que tal vez había sido la hermana Clara.
O algún niño curioso.
No le dio demasiada importancia.
Hasta que volvió a ocurrir.
Dos días después.
Esta vez con uno de sus cuadernos.
Y luego con un libro.
Siempre pequeñas diferencias.
Siempre algo tan insignificante que nadie más habría notado.
Pero Alex sí.
Porque estaba acostumbrado a vivir rodeado de pocas cosas.
Y cuando uno tiene pocas cosas, aprende a recordar exactamente dónde las deja.
Aquella noche permaneció sentado sobre la cama observando la habitación.
Intentando encontrar una explicación lógica.
No encontró ninguna.
—Me estoy volviendo loco —murmuró.
Pero ni siquiera él parecía convencido.
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Al día siguiente decidió salir a despejarse.
Valdoria estaba especialmente concurrida aquella tarde. Las calles del centro rebosaban de personas entrando y saliendo de tiendas, cafeterías y oficinas. Normalmente aquella clase de ambiente le ayudaba a relajarse.
Esta vez no.
Porque la sensación regresó.
Más fuerte.
Más clara.
Como una presión constante sobre la nuca.
Como si alguien estuviera observándolo.
Alex se detuvo frente al escaparate de una librería y fingió revisar algunos títulos.
Aprovechó el reflejo del cristal para observar detrás de él.
Nada.
Solo gente caminando.
Una mujer con bolsas.
Dos estudiantes.
Un anciano paseando a su perro.
Nadie sospechoso.
Nadie observándolo.
Y aun así...
La sensación permanecía.
Continuó caminando.
Intentando ignorarla.
Intentando convencerse de que estaba exagerando.
Pero cada pocos minutos terminaba mirando sobre su hombro.
Cada pocos minutos volvía a sentir aquellos ojos invisibles clavados en él.
Aquello empezaba a resultar agotador.
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Al otro lado de la calle, un hombre observaba discretamente.
No era el mismo que había estado vigilándolo días atrás.
Este era más joven.
Llevaba una chaqueta oscura y las manos enterradas en los bolsillos.
Su expresión era tranquila.
Casi aburrida.
Pero sus ojos no abandonaban a Alex ni un instante.
Lo siguió durante varias calles.
Sin acercarse demasiado.
Sin llamar la atención.
Simplemente observando.
Como si estuviera evaluándolo.
Como si intentara resolver una pregunta.
Cuando Alex entró en una cafetería, el hombre permaneció afuera.
Esperando.
Observando.
Y después de unos minutos desapareció entre la multitud.
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Esa misma noche, otro par de ojos seguían los movimientos de Alex desde mucho más lejos.
Desde el interior de un vehículo estacionado.
El hombre del asiento del conductor revisó varias fotografías.
Todas eran de Alex.
Algunas tomadas recientemente.
Otras parecían más antiguas.
Su teléfono vibró.
—¿Novedades?
—Nada todavía.
—Sigue observando.
—¿Por cuánto tiempo?
Hubo un breve silencio.
—Hasta que recibas nuevas órdenes.
La llamada terminó.
El hombre guardó el teléfono y volvió a mirar una fotografía.
Luego sonrió ligeramente.
Como alguien que acababa de encontrar una pieza importante de un rompecabezas.
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Alex regresó al orfanato cerca de las nueve de la noche.
Intentó distraerse leyendo.
No funcionó.
Intentó escuchar música.
Tampoco funcionó.
Su mente seguía regresando al mismo punto.
Aquella sensación.
Aquella incomodidad constante.
Finalmente decidió salir a tomar aire.
El patio trasero estaba vacío.
El viento nocturno movía suavemente las ramas de los árboles.
Por primera vez en todo el día sintió algo parecido a la tranquilidad.
Caminó lentamente por los senderos del jardín.
Pensando.
Intentando ordenar sus ideas.
Intentando decidir cuál sería el siguiente paso en su investigación.
Fue entonces cuando escuchó algo.
Un sonido.
Muy leve.
Como el roce de un zapato contra el suelo.
Alex se detuvo.
El sonido desapareció.
Permaneció inmóvil varios segundos.
Escuchando.
Nada.
Solo el viento.
Sacudió la cabeza.
Quizás estaba imaginando cosas.
Volvió a caminar.
Y entonces volvió a escucharlo.
Esta vez más cerca.
Se giró rápidamente.
No había nadie.
El jardín seguía vacío.
Pero algo dentro de él se tensó.
Instinto.
Miedo.
O quizás ambas cosas.
Porque por primera vez ya no parecía una simple sensación.
Parecía algo real.
Alex observó la oscuridad entre los árboles.
Y entonces la vio.
Una figura.
Apenas una sombra.
Moviéndose detrás de uno de los troncos.
Tan rápido que casi podría haber imaginado verla.
Casi.
Su corazón dio un vuelco.
—¿Hay alguien ahí?
Nadie respondió.
La sombra desapareció.
El silencio regresó.
Pero Alex ya no podía convencerse de que era paranoia.
Porque esta vez la había visto.
Y mientras permanecía inmóvil bajo la luz tenue del jardín, comprendió algo que le heló la sangre.
Alguien lo estaba observando.
Y ya no estaba seguro de cuánto tiempo llevaba ocurriendo.