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Susurros Del Más Allá.

Susurros Del Más Allá.

Status: En proceso
Genre:Sirena / Terror / Pacto con el demonio / Maldición
Popularitas:582
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.

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Capítulo 3: La leyenda prohibida.

La noche cayó sobre Mar Azul como un manto pesado y húmedo. El viento no cesaba de soplar, trayendo consigo el rugido constante del mar, un sonido que ya empezaba a parecerle a Lyssa no solo ruido de agua, sino un lamento largo y profundo. Después de lo que encontró en la caleta, su mente no paraba de dar vueltas: las marcas en la roca, el broche de su madre, las huellas extrañas que se adentraban en el agua… necesitaba respuestas, y Christhian, con sus advertencias enigmáticas, no se las había dado.

Recordó entonces a la anciana que había encontrado al llegar, la que le había hablado con tanto miedo. Si todo el pueblo vivía aterrado, debía haber alguien que conociera la historia completa, aunque se la guardara bajo llave por temor. Preguntando en voz baja, con cuidado de no levantar sospechas, le indicaron una casa pequeña, apartada del centro, construida casi pegada al acantilado, con las paredes cubiertas de musgo y las ventanas siempre cerradas. Allí vivía don Elías, el habitante más viejo del pueblo, el único que aún recordaba los relatos que sus abuelos le contaban en susurros, esas historias que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta.

Lyssa dudó un momento antes de golpear la puerta de madera desgastada. Cuando finalmente lo hizo, pasaron varios minutos antes de que se abriera una pequeña rendija. Unos ojos pequeños, brillantes y rodeados de mil arrugas la observaron con desconfianza.

—¿Qué quieres? —preguntó una voz temblorosa pero firme—. Aquí no hay nada que vender, ni nada que ver. Vete.

—Don Elías… por favor —dijo Lyssa, bajando la voz—. Solo quiero saber la verdad. Sé que algo extraño pasa en este pueblo. Sé que hay una leyenda… una historia sobre el mar, sobre algo que vive en él. Mi madre vino aquí hace meses y desapareció. Creo que ella también buscaba lo mismo que yo.

El anciano se quedó inmóvil, mirándola fijamente, como si buscara algo en su rostro. Luego, miró hacia los lados, asegurándose de que nadie los viera ni los oyera, y abrió la puerta lo suficiente para dejarla pasar, haciendo un gesto rápido para que entrara y se escondiera.

El interior era oscuro, iluminado solo por una vela que ardía sobre una mesa de madera llena de manchas. El aire olía a humo, a hierbas secas y a encierro. Don Elías caminó con dificultad hasta una silla y se sentó, señalando a Lyssa que hiciera lo mismo frente a él. Sus manos, llenas de venas salientes, temblaban ligeramente.

—Eres igual a ella… —murmuró el anciano, sacudiendo la cabeza con tristeza—. Tenía que ser. Solo alguien de tu sangre puede oír lo que el mar susurra. Solo alguien de tu linaje puede ver lo que está oculto. Escúchame bien, niña, y graba cada palabra en tu memoria, porque lo que te voy a contar nunca se dice en voz alta. Es la leyenda prohibida de Mar Azul.

Hizo una pausa, mirando hacia la ventana cerrada, como si esperara que algo escuchara desde fuera, y luego continuó en un susurro apenas audible:

—Hace siglos, cuando este pueblo era joven y próspero, vivía aquí una mujer llamada Serena. Era hermosa, de una belleza que parecía hechizar a todo el que la miraba, pero también era orgullosa y de corazón duro. Se enamoró de un marinero, un hombre que prometió amarla siempre, que juró que nunca la dejaría por nada ni por nadie. Pero los hombres mienten, niña, y los que navegan por este mar mienten el doble. Él se marchó en un viaje largo y prometió volver… pero regresó trayendo consigo a otra mujer, una forastera con la que se había casado en tierras lejanas.

Don Elías apretó los puños sobre la mesa, y la luz de la vela bailó, proyectando sombras largas sobre las paredes.

—Serena sintió que el mundo se le venía encima. El dolor se convirtió en rabia, y la rabia en algo oscuro y retorcido. Juró que, si no podía tener el amor de él, nadie más lo tendría. Fue a buscar ayuda a las antiguas fuerzas que habitan estas costas, fuerzas antiguas y crueles que se alimentan del odio y la tristeza. Le pidió poder para atar a su amado a ella, para que nunca pudiera alejarse, para que perteneciera solo a ella. Pero esos poderes no regalan nada; todo tiene un precio.

El anciano señaló hacia la oscuridad, como si señalara el mar al otro lado de la pared.

—La transformaron. Su belleza humana se volvió algo distorsionada, hipnótica pero aterradora. Sus piernas se fundieron en una cola de escamas duras y afiladas, oscuras como la noche. Su voz, que antes era dulce, se volvió capaz de atraer a cualquier ser vivo hacia el agua, una voz que promete amor eterno y felicidad, pero que solo trae muerte y condena. Ya no era Serena… se convirtió en la sirena demoníaca de Mar Azul.

Lyssa sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La imagen que había visto entre las olas, la figura hermosa, pero de mirada cruel, encajaba perfectamente con la descripción.

—¿Y la maldición? —preguntó ella en voz baja—. ¿Por qué dice todo el mundo que pesa sobre el pueblo?

—Porque su odio no se quedó solo con el marinero —continuó don Elías, con los ojos muy abiertos por el miedo—. Ella no quería estar sola en su condena. Desde entonces, cada luna llena, ella sale de las profundidades. Busca lo que desea, lo que le pertenece. Es posesiva, niña… terriblemente posesiva. Cualquier cosa, cualquier persona que le llame la atención, la reclama como suya. Quienes caen bajo su encanto, ya no son libres. Se convierten en sus prisioneros, atados a ella por siempre, viviendo una existencia entre la vida y la muerte, obligados a obedecerla, a amarla y a sufrir con ella. Y lo peor… —se detuvo, tragando saliva con dificultad— lo peor es que ella nunca muere. Y la maldición no se rompe con el tiempo. Se hereda. Se pasa de generación en generación. Hay familias aquí, y la tuya es una de ellas, que lleva esta marca en la sangre. Tu familia fue la que ayudó a Serena en su momento… y ahora, cada uno de vosotros paga esa deuda.

Lyssa se llevó una mano al pecho, donde llevaba guardado el broche de su madre. Todo empezaba a tener sentido: por qué su madre vino, por qué se fue acercando cada vez más al mar, por qué desapareció sin dejar rastro.

—¿Y Christhian? —se le escapó preguntar—. Él sabe cosas… me advirtió.

El anciano se echó hacia atrás, como si hubiera dicho un nombre prohibido.

—¡Cállate! —siseó, aterrado—. No digas su nombre en vano. Christhian… él es el ejemplo vivo de lo que te he contado. Hace años, cuando era apenas un niño, ella lo vio desde el agua. Le gustó. Lo reclamó. Desde entonces, él le pertenece. Puede caminar por aquí, puede hablar, puede parecer libre… pero no lo es. Ella lo siente, ella lo vigila. No puede alejarse de este lugar, no puede amar a nadie que no sea ella, porque ella destruye todo lo que toca lo que considera suyo. Tu madre se acercó a él, ¿verdad? Y tú también lo haces… ¡Ella ya lo sabe! Y ahora te considera una rival. Por eso tu madre desapareció, y por eso tú estás en peligro mortal.

De repente, un golpe fuerte resonó en la puerta, seguido de un sonido agudo, como un canto que venía desde muy lejos, pero que se colaba por las rendijas de la casa. Don Elías se cubrió los oídos, llorando de miedo.

—¡Ya viene! ¡Sabe que te he hablado! ¡Vete, niña, vete ahora mismo! ¡Corre y no mires atrás! ¡La sirena escucha todo lo que se dice sobre ella, y no perdona a quien revela su verdad!

Lyssa se levantó de golpe, el corazón a mil por hora. El canto se hacía más claro, más dulce y aterrador, llenando todo el aire. Se acercó a la puerta, pero antes de salir, el anciano le agarró la muñeca con fuerza, sus ojos llenos de lágrimas y advertencia.

—Recuerda esto, Lyssa: ella no solo busca cuerpos… busca almas. Se alimenta del amor y del odio. Cuanto más sientes, más fuerte se vuelve. Y si alguna vez te mira a los ojos y te dice que te ama… huye, porque ese es el momento en que te condena para siempre.

Lyssa salió corriendo hacia la oscuridad de la calle, mientras detrás de ella, dentro de la casa, los sollozos del anciano se mezclaban con aquel canto lejano y mortal. Ahora lo sabía todo. La leyenda no era un cuento para asustar a los niños. Era la cruda y terrible realidad de Mar Azul. Y ella, sin saberlo, había entrado directamente en la trampa de la criatura que habitaba en las profundidades.

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