Laura ya nos entregó su alma y el eco de sus suspiros, pero Él seguía siendo un enigma. Envuelto en un silencio peligroso, Adrián guardaba deseos y secretos que nadie logró desvendar... hasta hoy.
Ha llegado el momento de cruzar la línea. En esta entrega, nos sumergiremos en sus abismos más profundos para entender la intensidad de sus impulsos y la verdad tras su frialdad. Tres años después, la piel no ha olvidado y el destino los obliga a colisionar de nuevo.
¿Fue lo suyo una pasión inquebrantable o solo un placer oscuro que se consumió hasta hacerse cenizas? El fuego está a punto de reavivarse.
Déjate seducir por su verdad. Las invito a leerla de inmediato.
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Capítulo 7: El Sabor de la Resistencia.
El amanecer en París fue una bofetada de realidad que no vi venir. Su caligrafía era clara, sin el temblor de la mujer que yo creía haber doblegado en el club. "Ha terminado de escribir", decía.
Sentí una punzada de admiración mezclada con una furia negra que hizo que mis dedos apretaran el papel hasta hacerlo jirones. Nadie me deja... Nadie me escribe el final.
El viaje de regreso a Nueva York fue un descenso a mi propio infierno privado. El lujo del avión me resultaba estéril e insultante.
Me serví un whisky tras otro, mirando las nubes a diez mil metros de altura, imaginándola a ella en algún vuelo comercial, mezclada con la mediocridad que yo tanto me había esforzado en arrancarle.
Mi furia no era ruidosa; era una tormenta eléctrica contenida en el pecho. Moví a mis abogados desde el aire, ordené la transferencia, activé las cláusulas de su contrato. Si quería escapar, tendría que hacerlo bajo mi lluvia de fuego legal.
Cuando finalmente regresé al piso cincuenta y cuatro en Manhattan, el aire de la oficina me supo a ceniza.
Pasé la noche mirando la ciudad, esperando el momento en que sus Zapatos baratos volvieran a pisar mi mármol. Sabía que vendría, ya que la dependencia que yo había forjado era una cadena de seda, pero cadena al fin.
Pasé veinticuatro horas en un infierno de hielo. Moví a mis abogados, activé las transferencias y cuando la puerta de mi despacho en el piso cincuenta y cuatro se abrió sin aviso, no necesité girarme.
El aroma de su desafío llenó la habitación, cortando el humo de mi habano. Estaba allí, vestida con esos vaqueros vulgares y esos zapatos gastados, intentando reclamar una identidad que yo ya había incinerado.
—Has tardado diez minutos más de lo que calculé, Laura —dije, manteniendo la voz como una cuchilla.
Se veía magnífica en su rebelión. Sus ojos, antes suplicantes, ahora ardían con una luz peligrosa.
Me llamó vacío... Me llamó miserable... Me escupió la verdad a la cara con una valentía que me puso los pantalones tan tensos que el dolor era casi insoportable. Quise romperla, pero más que eso, quise devorarla.
Me moví con la velocidad de un depredador que ya no puede contenerse. La acorralé contra la madera noble de la puerta. El impacto hizo que sus ojos se dilataran, y por un segundo, vi la sombra de la Laura que temblaba en París... Pero solo por un segundo.
—¿Me llamas vacío? —rugí. Mi cuerpo la aplastaba, sintiendo la firmeza de sus muslos contra los míos y el calor que emanaba de su piel a pesar de las capas de ropa barata.
La besé con la violencia de quien intenta recuperar un territorio perdido.
No hubo estrategia, solo una carnicería de lenguas y dientes. Saboreé el hierro de su sangre cuando le mordí el labio, y para mi sorpresa y mi absoluta perdición, ella me devolvió el castigo. Sus manos se clavaron en mi pelo, tirando con una fuerza que me hizo gruñir de puro placer animal. Sus uñas se hundieron en mi nuca, reclamando su parte de dolor.
Bajé mis labios a su cuello, marcándola, dejando incendios en su piel que gritarían mi nombre cada vez que se mirara al espejo. Mis manos bajaron por su espalda, buscando la curva de sus nalgas bajo esos vaqueros, apretando con una urgencia que nunca le había mostrado a ninguna mujer. Ni siquiera a Isabela. Esto no era un negocio; era una guerra de exterminio erótico.
—No te vas a ir —jadeé, con mi aliento quemándole el oído mientras mis manos intentaban buscar el camino bajo su jersey. Quería poseerla allí mismo, sobre el suelo de mi imperio, demostrarle que su libertad era una ilusión que terminaba donde empezaba mi tacto.
Pero ella me empujó...
Se limpió la boca con un gesto de asco que me excitó más que cualquier sumisión. Me amenazó con la prensa, con el escándalo, con destruir el rascacielos que yo había construido sobre mis propias cenizas.
Se mantuvo firme, con la barbilla alta y el labial borgoña corrido sobre su rostro, transformándola en algo feroz, en algo que yo mismo había creado pero que ya no podía contener.
Firmé su renuncia con un trazo que casi desgarra la madera del escritorio. Verla caminar hacia la salida, ver el movimiento de sus caderas alejándose de mi control, fue la derrota más dulce de mi vida.
La vi desaparecer tras la puerta de roble y me quedé allí, en el silencio sepulcral de mi despacho, con el sabor de su sangre todavía en mi lengua y su marca en mi cuello. Me senté en mi silla de cuero, mirando mis manos temblorosas.
—Ella cree que ha ganado. Cree que esos zapatos baratos la llevarán lejos de mí —. me dije a mi mismo, sonriendo.
Tomé mi teléfono y le envié el mensaje. "Nos volveremos a ver". Escribí.
Me recliné, aspirando el aroma a sándalo y a ella que todavía flotaba en el aire. Laura ya no es una hoja en blanco; es una cicatriz en mi alma. Y las cicatrices, a diferencia de la tinta, nunca desaparecen.
Ella puede intentar escribir su propio libro, pero yo siempre seré el fantasma entre sus líneas, el fuego en su vientre y el hombre que la convirtió en el arma que hoy ha usado contra mí.
Esto no es el final. Es solo el prólogo de su verdadera caída.
💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
ahora debe ver como salir de ahí ileso y sin que le quiten a su hijo