Daniela perdió a su madre a la edad de 3 años, su padre se vuelve a casar y le da una perversa madrastra que la maltrata y encierra en el sótano, sótano que guarda grandes secretos.
Acompáñame en mi nueva historia, que sé que será de su agrado.
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UN CAMBIO RADICAL
El viaje hasta la academia militar fue el comienzo de una nueva vida, un capítulo donde Daniela dejaría de ser la niña encerrada para convertirse en la mujer más brillante y respetada de su generación. Ingresó bajo el nombre de Daniel Márquez, un joven estudiante de origen humilde pero con una inteligencia y una disciplina asombrosas, tal como lo habían preparado Laureano y sus abogados.
Apenas puso un pie en el recinto, se encontró con una cara que le resultaba familiar, una que nunca había olvidado: el mismo hombre de mediana edad que la había detenido aquella noche en la calle peligrosa. Él era el Mayor Gutiérrez, uno de los instructores más estrictos y respetados de la academia. Al ver entrar a aquel "joven" delgado pero de porte erguido y mirada profunda, el Mayor frunció el ceño, sintiendo algo extraño en él, algo que le recordaba a aquella doncella de modales antiguos que le había robado la atención meses atrás.
Durante los primeros días, el Mayor Gutiérrez observaba a Daniel con especial interés. Notaba que este alumno no era como los demás: tenía una fuerza interior, un conocimiento de táctica, estrategia y códigos militares que parecía haber mamado desde pequeño, tal como si llevara la guerra y el honor en la sangre. Una tarde, durante un entrenamiento duro y agotador, el Mayor se acercó a él, cuando los demás cadetes ya caían rendidos, y le dijo en voz baja:
—Hay algo en ti, Márquez… Tu forma de hablar, tu educación, tu manera de ver el mundo… Te he visto antes, ¿verdad?
Daniela lo miró a los ojos, manteniendo su papel con serenidad, y respondió con la misma elegancia de entonces:
—Quizás sea mi destino estar siempre en su camino, mi Mayor. Usted me enseñó esa noche que el Ejército es el lugar de los hombres de honor. Por eso estoy aquí.
El Mayor sonrió, comprendiendo al instante. No hizo más preguntas, pero desde ese día, se convirtió en su mentor y protector más grande. Vio en ella —aunque creía que era un joven— el espíritu de un gran soldado, igual al de aquellos héroes de antaño, y le enseñó todo lo que sabía, tratándolo como a un hijo, orgulloso de haber sido él quien, sin saberlo, le había mostrado el camino correcto.
Pero no solo el Mayor marcó su vida. Desde el primer día, tuvo a su lado a Javier Dorantes, un joven de su misma edad, fuerte, leal, de corazón noble y valiente. Javier fue el único que se acercó a ella cuando todos los demás la miraban con desconfianza por ser tan reservada e inteligente. Se hicieron inseparables. Entrenaban juntos, estudiaban juntos, se cubrían las espaldas en las maniobras y pasaban las noches hablando de sus sueños, de sus familias y de su futuro.
Javier admiraba profundamente a "Daniel". Veía en él una fortaleza, una sabiduría y una nobleza que no existían en nadie más. Con los años, esa admiración se transformó en algo más grande, algo que no entendía del todo, porque cada vez que estaba cerca de su amigo, su corazón latía más fuerte, sentía la necesidad de protegerlo, de cuidarlo, de que solo fuera suyo. No entendía por qué su amigo tenía rasgos tan finos, una voz tan suave y una belleza que parecía la de un ángel, pero le daba igual: lo amaba con toda su alma, sin importarle nada más.
Pasaron siete años. Siete años de esfuerzo, estudio, disciplina y crecimiento.
Daniela, o mejor dicho, el Teniente Coronel Daniel Márquez, se había convertido en la figura más destacada de la institución. A sus veinte años, era la oficial más joven en alcanzar tal rango en la historia del ejército, superando a todos por inteligencia, estrategia, valentía y mando. Su cuerpo, entrenado al límite según los manuales de su bisabuelo, era perfecto, fuerte y ágil; su mente, una biblioteca de leyes, historia y tácticas; su carácter, justo, severo pero lleno de honor. Solo el Mayor Gutiérrez sabía, por instinto y confianza, que había algo divino y especial en esa persona. Y Javier… Javier la amaba en silencio, siendo su sombra, su mano derecha, su escudo, el único que podía ver más allá de su uniforme y su rango.
Una noche, sentados como siempre en la terraza del cuartel, mirando las estrellas igual que ella hacía años en su refugio, Javier no pudo contenerse más. Tomó su mano con delicadeza, con miedo pero con amor, y le dijo con voz temblorosa y sincera:
—Daniel… No sé qué me pasa contigo. Dicen que somos amigos, hermanos de armas… pero yo te amo. Te amo con cada parte de mi ser. He esperado todos estos años, he caminado a tu lado, he dado mi vida por ti mil veces… porque no concibo un futuro sin ti. No sé qué eres, ni de dónde vienes, ni por qué eres tan maravilloso… pero sé que mi corazón te pertenece desde el primer día que te vi.
Daniela se quedó sin habla. Durante todos esos años, había mantenido su secreto, había ocultado su identidad, había vivido como un hombre para formarse. Pero en los ojos de Javier vio la lealtad más pura, el amor más sincero, el mismo amor que ella había leído en los libros antiguos y que creía que no existía. En ese momento, comprendió que ya no podía ni quería ocultarse de él.
Miró a su alrededor, se aseguró de que nadie los viera, y lentamente, con una sonrisa llena de lágrimas y verdad, se quitó la gorra que siempre llevaba, dejando caer su cabello oscuro, largo y brillante, que había mantenido recogido y oculto todo este tiempo. Luego, se quitó las insignias del pecho y se enderezó, mostrando por primera vez su verdadera figura, esbelta, femenina y hermosa, tal como era.
Javier abrió los ojos enormemente, sin poder creer lo que veía, sin poder respirar casi. La persona a la que había jurado lealtad, a la que había amado en silencio, a la que había seguido al infierno y vuelta… era una mujer. La mujer más hermosa, más fuerte y más extraordinaria que existía.
—Yo también te amo, Javier —le dijo ella con voz dulce y firme, recuperando su voz natural—. Te amé desde el día en que te pusiste delante de mí para protegerme en aquel entrenamiento brutal. Te amé porque eres leal, porque eres bueno, porque me ves a mí, más allá de lo que finjo ser. Soy Daniela… Daniela, la única heredera de Mariela. Y todo este tiempo, me formé aquí, esperando el momento de volver y hacer justicia.
Javier, lejos de sentirse engañado, se arrodilló ante ella, tomó sus manos y las besó con devoción, con una felicidad inmensa que le llenaba el alma.
—No importa quién seas, ni qué seas… Eres tú. Y ahora, más que nunca, te juro que estaré a tu lado hasta el final. Seré tu espada, tu escudo, tu marido y tu soldado. Juntos, iremos a reclamar lo que es tuyo.
Al día siguiente, el Mayor Gutiérrez fue llamado al despacho. Al entrar, encontró a Daniela ya sin disfraz, vestida con el uniforme de oficial, pero con su verdadera identidad al descubierto. El mayor se quedó parado, con la boca abierta, y luego soltó una carcajada fuerte y alegre, golpeándose la frente.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —exclamó con orgullo—. Aquella noche, aquella joven de modales de otro siglo… ¡era usted! Dios mío, niña, ha jugado la partida más magistral que he visto en mi vida. Su bisabuelo estaría llorando de orgullo. Cuente conmigo, con todos mis hombres y con todo mi honor. Lo que le hicieron a usted y a su madre, no quedará impune.
Todo estaba listo. Habían pasado siete años. Daniela ya no era una niña asustada encerrada en un sótano. Era la Teniente Coronel Daniela, heredera de Mariela, oficial del ejército, mujer de poder, inteligencia y belleza, acompañada por el amor fiel de Javier y el respaldo del Mayor Gutiérrez.
Recibió la última carta de su padrino Laureano: "Todo está preparado. Sofía sigue en su lugar, sana y salva. César y Renata creen que eres una sombra olvidada, y han despilfarrado tu fortuna creyéndose dueños de todo. Miriam es ahora una mujer arrogante y vacía. Ya es hora, hija mía. El imperio te espera, y la justicia también."
Daniela cerró la carta, se puso su capa militar, ajustó su espada al cinto y miró a Javier y al Mayor con determinación absoluta.
—Regresamos a casa —dijo—. Regresamos para recuperar lo que es mío, para devolver el dolor que me causaron, y para que sepan todos que la heredera del soldado ha vuelto, y esta vez… nadie podrá encerrarla jamás.
Ella misma les puso la trampa y tanto Alvaro como Mirian cayeron
Pobre Javier, todo lo que sufrió, por suerte volvió Daniela
Ojalá Alvaro también pague