Valeria, una exitosa empresaria, se aleja de todo para descansar y encuentra a un hombre herido sin memoria. Al cuidarlo, surge un amor profundo entre ellos. Pero cuando él recupera su identidad, regresa con su esposa e hijo y descubre una traición peligrosa: su esposa solo lo quiere por dinero y planeó matarlo. Ahora debe elegir entre su pasado o el amor verdadero.
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Ecos
La noche fue larga.
Valeria no durmió bien. Cada vez que cerraba los ojos, volvía al mismo instante: el beso, la cercanía, la forma en que todo se había salido de control sin que pudiera detenerlo.
Y eso era lo que más le molestaba.
No perder… sino no poder controlar.
Se levantó antes del amanecer, intentando adelantarse al día, como si eso le diera ventaja. Preparó café, organizó la cocina, abrió las ventanas.
Todo en silencio.
Todo medido.
Pero dentro de ella… nada estaba en orden.
Adrián tampoco había dormido.
Permaneció recostado, mirando el techo, sintiendo cómo su mente empezaba a llenarse de pequeñas grietas.
Fragmentos.
Sensaciones.
Nada claro… pero tampoco vacío.
Se incorporó lentamente, llevándose una mano a la cabeza.
Otra vez ese dolor.
Más leve… pero más constante.
Cerró los ojos.
Y entonces ocurrió.
Un sonido.
Una risa.
Un niño.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Su respiración se aceleró.
—¿Qué fue eso…?
Se levantó con dificultad, apoyándose en la pared. Su pulso estaba descontrolado. No era una imagen clara… pero era real.
Demasiado real.
Cuando salió de la habitación, Valeria ya estaba en la cocina.
—Buenos días —dijo ella, sin girarse.
—No lo son tanto…
El tono llamó su atención.
Se giró de inmediato.
—¿Qué pasó?
Adrián se apoyó en la mesa, respirando profundo.
—Creo que… recordé algo.
El corazón de Valeria se detuvo un segundo.
Ahí estaba.
El momento que había estado evitando.
—¿Qué viste? —preguntó, intentando sonar neutral.
—No lo sé bien… fue rápido —respondió él—. Escuché una risa… de un niño.
El silencio se volvió pesado.
Valeria lo observó con atención.
—¿Un niño?
Adrián asintió lentamente.
—Sí… y se sentía… cercano.
Esa palabra la golpeó más de lo esperado.
Cercano.
Valeria apartó la mirada, tomando la taza de café.
—Es normal —dijo—. Los recuerdos vuelven así, fragmentados.
—Pero esto no fue solo un recuerdo… —añadió él—. Fue una sensación.
Ella no respondió.
Porque sabía lo que eso podía significar.
Y no le gustaba.
El resto de la mañana fue distinto.
Más silencioso.
Más tenso.
Adrián estaba distraído, intentando forzar más recuerdos, mientras Valeria evitaba el tema cada vez que podía.
—No deberías presionarte —dijo ella en un momento.
—Necesito saber quién soy.
—Lo sabrás… pero no así.
Adrián la miró.
—¿Por qué siento que no quieres que recuerde?
La pregunta fue directa.
Incómoda.
Valeria lo sostuvo con la mirada.
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
Ella dudó.
Solo un segundo.
Pero él lo notó.
—Valeria…
—Es solo que… —respiró hondo— cuando recuerdes, todo esto va a cambiar.
Adrián frunció el ceño.
—¿Y si no quiero que cambie?
—No depende de ti.
—Entonces depende de lo que haya allá afuera.
Valeria no respondió.
Pero su silencio lo confirmó todo.
Esa tarde, el ambiente se volvió más denso.
No hubo discusiones… pero tampoco cercanía.
Adrián salió solo al bosque.
Necesitaba aire.
Necesitaba respuestas.
Caminó sin rumbo hasta llegar al mismo lugar donde Valeria lo había encontrado.
Se quedó quieto.
Observando.
Sintiendo.
Y entonces…
Otra imagen.
Más fuerte.
Un auto.
Luces.
Un impacto.
Y una voz.
—¡Daniel!
Abrió los ojos de golpe.
Su respiración se cortó.
Su cuerpo se tensó.
—Daniel… —repitió en voz baja.
Ese nombre…
No era ajeno.
Era suyo.
Lo supo en ese instante.
Cuando regresó a la cabaña, Valeria lo notó de inmediato.
Algo había cambiado.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Adrián la miró fijamente.
Y por primera vez…
No hubo duda en sus ojos.
—Creo que ya no soy Adrián.
El silencio fue absoluto.
—¿Entonces quién eres? —preguntó ella, casi en un susurro.
Él tardó unos segundos.
Como si decirlo lo hiciera real.
—Daniel.
Y en ese momento…
Todo empezó a desmoronarse.