Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más
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CAPÍTULO 18: El nombre escrito en tinta prohibida
El silencio después de la pregunta de Celina no fue un vacío.
Fue una presión.
Como si la habitación se hubiera cerrado un poco más alrededor de ella.
—¿Qué hicieron conmigo? —repitió, esta vez más bajo, más rota.
El hombre frente a ella no respondió de inmediato.
Solo la observó.
Como si estuviera decidiendo cuánto podía soportar todavía.
Finalmente, señaló el documento abierto sobre la mesa.
—No es tan simple como “qué te hicieron” —dijo—. Es qué te hicieron ser parte de algo.
Celina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—No entiendo.
El hombre se inclinó hacia los papeles.
—Lee.
Pero esta vez Celina no obedeció de inmediato.
Sus manos temblaban.
El nombre de Don Augusto Montenegro seguía allí, firme, repetido en varias páginas.
Como una firma que no dejaba lugar a dudas.
Respiró hondo.
Y leyó.
Las primeras líneas eran técnicas.
Fechas.
Registros.
Movimientos legales.
Pero la tercera página cambió todo.
“Menor asociada a núcleo de protección Montenegro. Registro no público. Identidad restringida.”
Celina sintió que el aire se le escapaba.
—¿Menor…? —susurró.
Pasó la página.
Otra anotación.
“Reasignación temporal de custodia bajo supervisión familiar directa.”
Celina levantó la vista de golpe.
—Esto no tiene sentido…
El hombre no apartó la mirada.
—Sí tiene.
Ella negó lentamente.
—Yo tengo padre.
—Sí.
Pausa.
—Uno que aceptó lo que le dijeron que aceptara.
El golpe fue silencioso pero brutal.
Celina apretó los documentos.
—Eso no es verdad.
El hombre la observó con una calma incómoda.
—¿Lo has llamado?
Celina dudó.
Recordó la llamada.
El silencio.
El corte abrupto.
Su garganta se cerró.
—No… —susurró.
El hombre asintió.
—Porque sabe más de lo que te dice.
Celina sintió rabia mezclada con miedo.
—¡Todos saben algo menos yo!
Su voz rebotó en las paredes.
Y por primera vez, el hombre no la corrigió.
Solo la miró.
—Eso es lo importante.
El silencio volvió.
Más pesado.
Más real.
Mauricio aceleraba sin preocuparse por nada más.
La ciudad pasaba como un borrón de luces.
Inés iba a su lado, revisando el teléfono constantemente.
—Valentina no da señales directas —dijo ella.
—¿Y eso qué significa?
—Que está moviendo todo desde terceros.
Mauricio apretó el volante.
—¿Y Celina?
Inés lo miró.
—Si Valentina la tiene… no la va a lastimar todavía.
Mauricio giró la cabeza de golpe.
—¿“Todavía”?
Inés sostuvo su mirada.
—Necesita que ella entienda algo primero.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Inés bajó la voz.
—Que no es solo víctima.
El coche se quedó en silencio.
Mauricio golpeó el volante con frustración.
—¡Basta! ¡Deja de hablar en códigos!
Inés lo observó con firmeza.
—No estoy hablando en códigos. Estoy hablando de patrones.
Mauricio frenó en un semáforo.
El mundo exterior parecía ajeno.
—¿Qué patrones?
Inés respiró hondo.
—Cada persona en esta historia tiene un rol. Lucía abrió el caso. Don Augusto lo cerró. Valentina lo fragmentó.
Pausa.
—Y Celina…
Mauricio la miró.
—¿Qué?
Inés no respondió de inmediato.
—Celina lo reescribe.
El semáforo cambió.
Pero Mauricio no avanzó.
Celina fue llevada a otra habitación.
Esta vez no había mesa.
Solo una silla.
Y una pantalla apagada frente a ella.
El hombre cerró la puerta detrás de ellos.
—Siéntate.
Celina dudó.
—No voy a seguir órdenes.
El hombre la miró.
—Ya lo estás haciendo.
Eso la hizo callar.
Se sentó.
El hombre encendió la pantalla.
Una imagen apareció.
Una fotografía.
Celina sintió que el corazón se le detenía.
Era ella.
Pero más pequeña.
Mucho más pequeña.
—¿Qué es esto? —susurró.
El hombre señaló la imagen.
—Reconocimiento interno.
Celina sintió un vacío.
—Eso no puede ser yo…
El hombre no respondió.
Pasó a otra imagen.
Celina con su madre.
Lucía.
Pero no era una foto familiar común.
Había marcas.
Códigos.
Fechas.
—No… —Celina se levantó de golpe—. ¡No!
El hombre no la detuvo.
Solo dijo:
—Tu madre no solo estaba en el centro del caso Montenegro.
Pausa.
—Ella lo estaba investigando desde dentro.
Celina sintió que todo giraba.
—¿Dentro de qué?
El hombre la miró directamente.
—De un sistema familiar que nunca debió existir.
El aire se volvió insoportable.
Celina retrocedió.
—Están mintiendo.
El hombre negó.
—Si estuviéramos mintiendo, no te dolería tanto.
Silencio.
Y esa frase la atravesó más que todo lo anterior.
Mauricio llegó a una intersección fuera de la ciudad.
Inés señaló un punto en el mapa.
—Aquí.
Una propiedad aislada.
Vieja.
Sin registro reciente.
Mauricio apagó el motor.
—¿Estás segura?
Inés lo miró.
—No hay nada seguro en esto.
Mauricio abrió la puerta del coche.
El aire frío lo golpeó.
—Entonces vamos.
Inés lo detuvo un segundo.
—Si entramos ahí…
Mauricio la miró.
—Ya no hay vuelta atrás.
Ella asintió lentamente.
Y por primera vez, no discutió.
Celina observó la pantalla una última vez.
Otra imagen apareció.
Un documento firmado.
Y una línea resaltada.
“Proyecto Montenegro – Continuidad genética y social.”
Celina sintió náuseas.
—¿Genética…? —susurró.
El hombre la observó.
—No eres solo hija de Lucía.
Pausa.
—Eres parte de algo que alguien decidió preservar.
Celina levantó la mirada con horror.
—¿Qué están diciendo?
El hombre cerró la pantalla.
—Que tu existencia no fue casual.
Silencio.
Celina sintió que algo dentro de ella se rompía.
—Eso no es posible…
El hombre se acercó.
—Y sin embargo estás aquí.
La puerta detrás de él se abrió de golpe.
Una tercera voz apareció.
—Ya es suficiente.
El hombre se giró.
Celina también.
Y allí estaba ella.
Valentina Ríos.
Viva.
Real.
Fría.
Mirándola directamente.
Celina sintió que el mundo se detenía otra vez.
Valentina la observó como si la hubiera estado esperando toda su vida.
—Por fin —dijo.
Celina no pudo hablar.
Valentina dio un paso adelante.
—Ahora sí podemos empezar la parte verdadera de la historia.