Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.
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capitulo 16
La tormenta no cedía en el exterior, pero dentro de la suite de Santiago, el ruido de los truenos perimetrales se transformaba en un murmullo sordo al chocar contra las tres capas de cristal blindado. La habitación del niño, un espacio que Leonela se había encargado de blindar con los pocos objetos de su antigua realidad para evitar que la frialdad del estuco veneciano gris la devorara, estaba iluminada únicamente por la luz tenue y anaranjada de una lámpara con forma de satélite. El resplandor difuso proyectaba sombras alargadas sobre las paredes, donde el granito negro del suelo parecía absorber la escasa claridad, manteniendo la atmósfera en una penumbra mística y densa.
Santiago se había calmado, pero sus dedos pequeños seguían aferrados con una fijeza inquebrantable a la lona verde de su mochila de dinosaurios, que descansaba entre él y su madre en medio de la inmensa cama de hilos egipcios. Leonela permanecía recostada de lado, su cuerpo adoptando la rigidez defensiva de la leona que vela el sueño de su príncipe. Llevaba el camisón de seda color gris perla, cuyo tejido ligero se adhería a la curva de sus caderas y delineaba la firmeza de su pecho con una delicadeza trágica. El aire acondicionado, ajustado al rigor de la mansión, mantenía la estancia a una temperatura gélida que contrastaba con el calor violento que el pánico interno y la reciente discusión en el despacho habían instalado en sus venas. Su piel seguía erizada, una traición biológica elemental que tensaba sus pezones contra la seda fina, delatando el bombeo constante de adrenalina que compartía con el hombre que acababa de sentarse al borde del colchón.
Gael se vio forzado a entrar en ese perímetro de intimidad que siempre había evitado. Su estatura imponente de gigante corporativo rompía la escala del dormitorio infantil, convirtiéndolo en un guerrero que se adentraba en un santuario desconocido. Se había quitado el abrigo de sastre húmedo, quedando únicamente con la camisa de lino gris completamente desabrochada. El tejido abierto exponía la potencia masiva de su pecho firme, surcado por la estática de la noche y el rastro del sudor sutil que la confrontación previa le había provocado. Las mangas, remangadas de manera desordenada hasta los codos, revelaban los tendones tensos de sus antebrazos curtidos, las manos que pocas horas antes habían ejecutado una limpieza brutal y eficiente contra Julián en el jardín de invierno.
La tensión en el aire era palpable, una vibración psicológica que entorpecía el juicio de ambos adultos. El aroma a sándalo, cuero y tabaco caro que emanaba de la piel caliente de Gael invadió el espacio, chocando contra el jazmín dulce y el talco que rodeaban a Leonela y al niño. Era una combinación sensorial asfixiante, una mezcla de resguardo real y hostilidad contenida que hacía que cada exhalación compartida sonara como un desafío en la quietud de la madrugada.
—No se va a dormir si nota que tu pulso sigue desbocado, Leonela —dijo Gael. Su barítono profundo bajó a un siseo bajo, una franqueza cortante que resonó directo en las costillas de la mujer, rompiendo el silencio con la lentitud tortuosa que lo caracterizaba.
—Mi pulso responde al monstruo que descubrí en mi despacho, Vancini —replicó ella en un susurro afilado, sosteniéndole la fijeza de su mirada oscura sobre la almohada. Su mentón alzado demostraba que, incluso descalza y vulnerable en su camisón de seda, su voluntad no tenía dueño—. Descubrir que el hombre que duerme a unos pasillos de distancia tejió una trampa planeada de catorce meses no es algo que invite a la calma.
Gael no respondió de inmediato. Se inclinó hacia adelante, apoyando el peso de su torso sobre una mano larga asentada en el colchón, reduciendo la distancia física entre sus cuerpos hasta que la tela de su lino gris rozó el borde de la seda gris perla de ella. La proximidad encendió un magnetismo animal instantáneo; el calor abrasador que emanaba de su pecho desnudo cruzó el espacio húmedo, envolviendo a Leonela en una atmósfera de peligro absoluto y deseo absoluto que ambos intentaban camuflar bajo la lógica de la protección infantil. Los ojos grises del titán, fijos y fúnebres, descendieron por la línea de su cuello pálido, deteniéndose en la agitación rítmica de su respiración y en la fijeza gélida de sus pupilas.
Santiago experimentó un pequeño espasmo en medio del sueño, un hipo residual de la pesadilla que amenazó con despertarlo. Con un movimiento coordinado por la agudeza del instinto, las manos de ambos adultos se movieron hacia el pecho del niño.
Los dedos largos y curtidos de Gael se posaron sobre la lona de la mochila, mientras que la mano pálida de Leonela se asentó justo encima de la suya.
El contacto biológico fue directo, una descarga de estática pesada que les erizó la piel a ambos. La palma caliente y rugosa de Gael presionó el dorso de los dedos de Leonela con una suavidad posesiva que contrastaba con la resolución mortal de sus facciones de piedra de molino. Un estremecimiento profundo y líquido recorrió el vientre de la mujer, una pulsación que odiaba sentir porque la vinculaba al lobo gris en medio de su cautiverio de cristal, pero que fue incapaz de retirar. Sostuvieron el contacto físico durante minutos interminables, transmutando la descarga de adrenalina de la pelea en una tregua táctica de calor humano para estabilizar el búnker del pequeño león.
—Tu hijo tiene la agudeza de los que sobreviven en el puerto —susurró Gael, su rostro descendiendo hasta que su aliento con sabor a licor y tabaco rozó los labios oscuros de Leonela, permitiendo que la tensión sensorial alcanzara un suspenso insoportable—. Diagnosticó la falta de color de mi casa en un segundo y esta noche me usó como escudo contra sus propios demonios. Tiene más valor que la mitad de mis directores financieros.
—Tiene el valor de los que no han sido contaminados por tus balances navieros, Gael —respondió ella, su voz un hilo de seda humanizado que cortó la distancia entre sus bocas—. Busca el color porque no entiende que tu imperio se alimenta de las sombras. Me obligas a usar tus vestidos de satén burdeos y carmín para tu prensa, pero ante él, tu fuerza perimetral no vale nada si no eres capaz de sostenerle la mirada sin mentir.
Gael sonrió con esa cínica superioridad que solía exhibir en las reuniones de negocios del piso cincuenta y nueve, pero la mueca carecía de la frialdad habitual; había una devoción oscura en el brillo de sus pupilas grises, un reconocimiento silencioso del golpe psicológico que la verdad directa de Leonela seguía propinándole. Sus dedos se entrelazaron sutilmente con los de ella sobre la mochila de dinosaurios, una presión implacable que delataba sus celos posesivos y su necesidad de someter no solo el territorio del puerto, sino el orgullo inquebrantable de la leona.
—La verdad es un activo caro en esta torre, Leonela —siseó él, su barítono resonando bajo en la penumbra de la lámpara satelital—. Te vigilé catorce meses porque sabía que la legitimidad de mi apellido requería una estructura que no se quebrara al primer impacto de los jueces de comercio. Sabía lo de Julián, sí. Pero al meterte en mi jaula, descubrí que el orden de mi casa dependía de la furia que escondes bajo esa lencería fina. No te busqué para destruirte; te busqué porque eres la única pieza de esta ciudad que encaja en la simetría de mi fuerza.
—Me buscaste porque estabas solo tras tus muros de acero, lobo —sentenció ella, inclinando la cabeza apenas un milímetro, obligándolo a registrar la fijeza de su respiración entrecortada contra su piel morena—. Tu éxito se basa en el aislamiento, y encontraste en mi ruina la excusa perfecta para comprar una verdad que tus millones nunca habrían podido diseñar. Cumpliré el trato. Seré la esposa real que tu junta directiva necesita el martes. Pero no pretendas que este espacio íntimo disuelva la trampa planeada. Sé quién eres, Gael Vancini, y el monstruo que limpió el jardín de invierno no va a domesticar mis garras con un roce de dedos en la oscuridad.
El suspenso físico se mantuvo suspendido entre sus cuerpos como una promesa mortal. La pulsación líquida del deseo absoluto seguía latiendo en el vientre de Leonela, sincronizada con el latido desbocado que Gael sentía bajo la palma de su mano. La atracción trágica de su situación era un mercado negro donde las deudas familiares se pagaban con la moneda de una fascinación salvaje que amenazaba con consumir la estructura corporativa de la mansión.
Santiago respiró hondo, su pequeño cuerpo relajándose por completo bajo el peso combinado del frente unido que sus dos guardianes habían levantado a su alrededor. El peligro inmediato de la pesadilla había desaparecido, disuelto por el calor abrasador que el lobo y la leona generaban en su cohabitación forzosa.
Lentamente, con una lentitud tortuosa que dejó la piel de Leonela ardiendo en medio del gélido invierno artificial, Gael retiró la mano, rompiendo el contacto biológico. Se puso de pie con su zancada depredadora, recuperando su envergadura de titán frente a la penumbra de la suite. Se acomodó la camisa de lino gris, ocultando la musculatura de su pecho firme, y regresó a la máscara de granito con la que gobernaba el perímetro de la propiedad.
—El niño está a salvo —sentenció Gael, su voz recuperando la franqueza cortante y la rigidez corporativa de las horas diurnas—. El coche blindado y el equipo táctico estarán listos a las siete para el traslado a la torre. Asegúrate de usar el traje verde oliva que seleccionó la agencia; las fotos de la legitimidad no admiten el desorden de tu pasado textilero.
Leonela se acomodó sobre la almohada, manteniendo la fijeza gélida de sus ojos oscuros mientras la seda gris perla se acomodaba a su silueta.
—El martes verás el activo que compraste, Vancini —respondió ella, su voz un susurro afilado que resonó en el granito negro del suelo—. Pero hoy, recuerda que el guerrero tuvo que bajar a la arena de mi hijo para no morir congelado en su propia oficina.
la silueta de Gael cruzando el umbral de la puerta de hierro de la suite, perdiéndose en las sombras del pasillo del ala este sin mirar atrás. La tregua del espacio íntimo había concluido; la adrenalina de la tormenta dejaba paso a la claridad fría de las transacciones oficiales del amanecer, pero en medio de la cama de la mansión, el aroma mezclado de sándalo y jazmín permanecía flotando como la firma invisible de un pacto que ya no pertenecía únicamente al papel encriptado de sus abogados, sino al incendio irreversible que acababa de declararse en la piel erizada de sus protagonistas.