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La Doncella Y El Alfa

La Doncella Y El Alfa

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Romance / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Luna Azul

En desarrollo
Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.

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CAPÍTULO 22

​La densa niebla que caracterizaba las tardes de invierno en las tierras altas descendía sobre el valle de Oakhaven como un manto fúnebre, asfixiando las calles empedradas y borrando las siluetas de las casas de madera y adobe. El ambiente en el asentamiento humano era de un terror latente y contenido; los aldeanos se encerraban en sus hogares mucho antes de que el sol terminara de ocultarse tras las cumbres heladas, atrancando las puertas con pesados maderos y manteniendo los fuegos de las chimeneas encendidos a medias, temerosos de que cualquier destello de luz atrajera la atención de las bestias que gobernaban las alturas. Sin embargo, el verdadero peligro esa noche no acechaba desde las copas de los pinos nevados, sino que se gestaba en el corazón mismo del poder civil del valle.

​En el gran salón de la casa consistorial, el aire era espeso, saturado con el olor a cera quemada, vino barato y el aroma rancio del sudor frío provocado por el pánico. El alcalde de Oakhaven caminaba de un lado a otro sobre la gastada alfombra roja, con las manos entrelazadas a la espalda y los dedos moviéndose con un tic nervioso e incontrolable. Su rostro, habitualmente rozagante debido a los excesos y al abuso de su autoridad, lucía demacrado, con ojeras profundas que daban testimonio de las noches en vela que había pasado desde la desastrosa derrota de su vanguardia en el Paso del Susurro.

​—¡Es una aberración mística, les digo! —exclamó el alcalde, deteniéndose bruscamente frente a la inmensa mesa de roble donde descansaban los mapas de la frontera—. ¡Esos monstruos no pelean como animales comunes! Las defensas de la garganta debieron haber sido impenetrables para ellos, pero atacaron con el viento y la nieve a su favor. ¡Como si la misma montaña respondiera a sus aullidos! Las tres ciudades del este no van a enviarnos más suministros si seguimos perdiendo carromatos de armas de plata de esta manera. ¡Estamos acorralados!

​Sentado en la penumbra, cerca de una de las ventanas cuyos cristales estaban cubiertos de escarcha, se encontraba Silas, el capitán de la guardia local. Silas era un hombre de pocas palabras, con facciones esculpidas por la crueldad y una mirada fría, carente de cualquier rastro de empatía. A diferencia del alcalde, que se dejaba dominar por la cobardía, Silas operaba con una lógica militar implacable y despiadada. Limpiaba con parsimonia una fina daga de caza, cuyo reflejo blanquecino delataba que estaba forjada en plata pura.

​—El problema, alcalde, es que usted sigue pensando que estamos luchando solo contra Caleb y sus guerreros —dijo Silas con una voz monótona y rasposa que cortó el aire tenso del salón—. Los lobos son fuertes, sí, y su regeneración es una molestia. Pero lo que ocurrió en el Paso del Susurro no fue solo fuerza bruta. Los exploradores que lograron huir juraron ver a una mujer en lo alto de los riscos. Una mujer rubia, vestida con las ropas de la manada, cuyos ojos brillaban con la luz de la tormenta.

​El alcalde se quedó helado, abriendo los ojos con una mezcla de sorpresa y un rencor venenoso que distorsionó sus facciones.

​—Alondra... —escupitajo el viejo, golpeando la mesa con el puño—. La hija del leñador. Esa pequeña rata que debió haber muerto congelada en el altar del sacrificio. ¿Me estás diciendo que una simple muchacha humana está guiando a los señores de la montaña?

​—Le estoy diciendo que el vínculo místico del que hablan las leyendas es real —replicó Silas, poniéndose de pie con una lentitud amenazante, guardando la daga en su funda de cuero—. Caleb la ha marcado como su Luna. Ella ya no es humana, alcalde; es la fuente de energía que unifica a la manada. Cada vez que sus guerreros flaquean, el poder de la muchacha los sostiene. Si queremos destruir a la Manada Roja, no podemos seguir chocando de frente contra sus escudos en los senderos altos. Debemos cortar la cabeza de la serpiente, o mejor dicho... debemos arrancar el corazón del Alfa.

​El alcalde se acercó a Silas, buscando desesperadamente una solución que salvara su prestigio y su posición de poder frente a los comerciantes del este.

​—¿Y cómo sugieres que hagamos eso, Silas? —preguntó en un susurro conspirativo—. Caleb la mantiene encerrada en esa fortaleza de piedra negra. Entrar allí con un ejército es una misión suicida; las murallas son demasiado altas y los lobos huelen el miedo a kilómetros de distancia.

​Una sonrisa macabra y carente de humor se dibujó en los labios del capitán de la guardia. Se inclinó sobre el mapa de la montaña, clavando la punta de un estilete de hierro directamente sobre un sector descolorido y olvidado en las faldas del norte.

​—Los lobos gobiernan la superficie, pero los humanos excavamos esta montaña durante generaciones antes de que ellos establecieran su fortaleza —explicó Silas, trazando una línea imaginaria con el dedo—. Estas son las antiguas galerías de las minas de carbón abandonadas. Hace cincuenta años, los mineros sellaron los accesos debido a los derrumbes, pero uno de los conductos secundarios pasa exactamente por debajo de los almacenes de alimentos y los niveles inferiores de la fortaleza de piedra negra. Los conductos de ventilación siguen abiertos; es por donde respiran los niveles subterráneos de la manada.

​El alcalde asintió lentamente, asimilando la información mientras el brillo de la codicia y la venganza regresaba a sus ojos inyectados en sangre.

​—Un grupo pequeño —dedujo el viejo, frotándose las manos—. Infiltración silenciosa.

​—Exactamente —confirmó Silas, y su mirada se volvió aún más sombría—. No llevaremos armaduras pesadas que hagan ruido, ni antorchas que delaten nuestra posición. Usaremos linternas sordas y cargaremos con barriles de azufre, resina y raíces secas de acónito negro. Si logramos llegar a los niveles inferiores sin ser detectados, bloquearemos las salidas de emergencia y prenderemos fuego a las reservas. El humo del acónito es un veneno corrosivo para los cambiapieles; penetrará por los conductos de ventilación hacia los aposentos superiores, asfixiando a los cachorros y debilitando a los guerreros en mitad de la noche. En mitad del caos y el pánico, cuando Caleb esté desesperado por salvar a su preciosa Luna, la fortaleza se convertirá en una pira funeraria.

​—¿Y qué pasa con los mercenarios del este? —preguntó el alcalde—. Necesitamos que actúen en el momento preciso.

​—Los carromatos principales con las ballestas de manivela y el ejército de las ciudades del este llegarán a la base de la montaña mañana por la tarde —declaró el capitán—. Mientras ellos simulan un asedio masivo por la puerta principal, atrayendo la atención de Caleb y su guardia de élite, mi grupo de infiltración activará el sabotaje en las minas. Para cuando el Alfa se dé cuenta de que el verdadero peligro está bajo sus pies, ya no tendrá un reino que defender.

​El alcalde soltó una carcajada baja y temblorosa, una muestra de la locura que empezaba a apoderarse de su mente debido al miedo a la destitución. Caminó hacia la ventana, mirando a través del cristal escarchado hacia las cumbres oscuras que se recortaban contra el cielo nocturno. En su mente, ya veía la fortaleza de piedra negra reducida a cenizas y a la joven Alondra arrastrada de regreso por las calles del pueblo, encadenada y humillada, como una lección para cualquiera que osara desafiar el orden de los hombres del valle.

​—Hazlo, Silas. Reúne a los hombres más despiadados de la guardia y a los cazadores que queden rezagados —ordenó el alcalde con una frialdad absoluta—. No quiero sobrevivientes. No quiero que quede un solo lobo que pueda reclamar estas tierras. Y si la muchacha intenta usar su magia... córtale las manos. Quiero que sufra el mismo destino que preparé para ella desde el principio.

​Silas hizo una breve inclinación de cabeza, un gesto militar carente de respeto real por el viejo burócrata, y dio la vuelta, saliendo del salón con pasos silenciosos que se perdieron en la oscuridad de los pasillos de la casa consistorial. La traición se había consolidado en las sombras del valle; una red invisible y venenosa que comenzaba a extender sus hilos hacia las alturas de la montaña, aprovechando la noche para preparar un golpe que pretendía destruir la paz que Caleb y Alondra habían sellado con la marca del vínculo.

​Mientras tanto, en las afueras de Oakhaven, ocultos entre la densa niebla y el bosque de pinos, los primeros carromatos pesados de las ciudades del este terminaban de asentarse en un campamento fortificado improvisado. Las luces de sus fogatas brillaban como ojos de demonios en mitad de la penumbra invernal, y el sonido del metal siendo afilado resonaba como un presagio oscuro que el viento de la montaña transportaba hacia las almenas de la fortaleza, donde los señores del bosque continuaban descansando, ajenos al veneno que se arrastraba por las entrañas de la tierra.

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Maribeth Minotta
ya me atrapo🥰🥰
Manu
Me ha gustado mucho los 20 capítulos qué he leído. Es algo diferente a lo que escribes pero sinceramente me ha gustado.
Jessica
almenos la va a cuidar
Jessica
hola muy interesante tu historia
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