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Bajo La Piel Del Látigo

Bajo La Piel Del Látigo

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.

​La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?

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capitulo 5

​La abstinencia tecnológica golpeaba a Máximo con la fuerza de una resaca física. Llevaba tres días en "Las Cruces" y su teléfono no era más que un costoso trozo de vidrio y metal. Necesitaba hablar con su abogado, con su abuelo, con alguien que le recordara que el mundo no se limitaba a corrales de cabras y el olor a bosta seca. Había escuchado a los peones mencionar que la única señal estable de la zona emanaba de una torre repetidora instalada en "El Renacer", la fortaleza de Catrina.

​El orgullo de Máximo estaba herido, pero su necesidad de conexión era mayor. Caminó por el lindero de la finca, evitando los caminos principales, hasta encontrar una sección de la cerca donde el alambre de espino cedía un poco. Con movimientos torpes que le costaron un desgarrón en su última camisa limpia, saltó hacia la propiedad prohibida.

​—Solo son unos minutos. Busco señal, hago la llamada y me largo —se susurró a sí mismo, con el corazón martilleando contra sus costillas.

​El terreno de Catrina era diferente al resto. La hierba estaba cortada con precisión militar y los potreros brillaban bajo el sol de la tarde. Máximo avanzó hacia una colina donde la estructura metálica de la antena se alzaba como un tótem de modernidad. Miraba la pantalla de su móvil con desesperación, viendo cómo las barras de señal subían lentamente.

​—¡Sí! Vamos, vamos... —murmuró, deteniéndose a la sombra de un gran algarrobo.

​Pero el silencio del campo fue roto por un sonido que le heló la sangre: un gruñido profundo, vibrante, que parecía nacer del mismo suelo. Máximo levantó la vista. A menos de diez metros, tres rottweilers de un negro azabache, con pechos anchos como barriles, lo rodeaban en un semicírculo perfecto. No ladraban. Solo mostraban unos colmillos blancos y afilados, con la saliva goteando y los ojos fijos en su garganta.

​Máximo se quedó petrificado. Sus dedos, que momentos antes buscaban frenéticamente un contacto en la agenda, se cerraron con fuerza sobre el teléfono. El sudor frío le resbaló por la nuca. Intentó dar un paso atrás, pero el perro que estaba a su izquierda soltó un chasquido de mandíbulas que lo obligó a detenerse.

​—Quietos... buenos chicos... —su voz salió como un hilo quebradizo.

​El sonido de unos cascos se aproximó con una lentitud torturante. Catrina apareció montada en su semental negro, emergiendo de entre los árboles como una aparición. No llevaba el arma en la mano, pero no la necesitaba; su sola presencia imponía una autoridad que los animales reconocían. Con un silvido corto y seco, los perros se sentaron, aunque sin dejar de mirar fijamente al intruso.

​Catrina bajó del caballo con una agilidad felina. Se quitó los guantes de cuero, golpeándolos contra su muslo mientras caminaba hacia Máximo. Su rostro no mostraba sorpresa, sino una decepción gélida que calaba más hondo que cualquier insulto.

​—¿Sabes qué hacemos en este pueblo con los ladrones de ganado, Máximo? —preguntó ella, deteniéndose a dos pasos. El aroma a cuero y aire libre que ella desprendía contrastaba con el olor a miedo que emanaba de él.

​—No soy un ladrón —replicó él, intentando recuperar un resto de dignidad, aunque sus piernas temblaban de forma incontrolable—. Solo buscaba señal. Mi abuelo... los negocios...

​Catrina soltó una carcajada corta, sin rastro de humor. Se acercó tanto que Máximo pudo ver el reflejo de su propia palidez en las pupilas de ella.

​—Tus negocios no valen ni el aire que respiras en mi tierra. Entraste sin permiso. Saltaste mi cerca. En mi mundo, eso tiene un precio.

​Ella hizo un gesto con la mano y los perros volvieron a gruñir, tensando sus músculos para el salto. Máximo cerró los ojos, esperando el impacto de los colmillos.

​—¡Espera! —gritó, con el pánico desbordándose—. ¡Lo siento! Me iré ahora mismo.

​—No te vas a ir así —dijo Catrina, su voz era ahora un susurro aterciopelado y letal—. He pasado años viendo cómo hombres como tú y mi tío se creen dueños de todo porque tienen un papel firmado o un apellido importante. Aquí, tú no eres un heredero. Eres un intruso que me ha faltado al respeto.

​Ella señaló el suelo polvoriento, justo delante de sus botas llenas de barro.

​—De rodillas, Máximo.

​El mundo pareció detenerse. Máximo sintió una oleada de calor subirle por el cuello. ¿Él? ¿El nieto de Don Vicente, el soltero más codiciado de la capital, arrodillado en el polvo frente a una mujer de campo? El orgullo, esa última línea de defensa que lo mantenía cuerdo, gritó en su interior.

​—Ni muerto —escupió él, apretando los dientes.

​Catrina no se inmutó. Simplemente miró al perro líder y pronunció una palabra en un dialecto que Máximo no entendió. El animal saltó, clavando sus patas delanteras en los hombros de Máximo con una fuerza brutal. El peso del perro lo lanzó hacia atrás, y solo pudo evitar que le mordiera la cara poniendo el brazo delante. El aliento caliente del rottweiler, cargado de olor a carne cruda, golpeaba su mejilla.

​—¡Basta! ¡Dile que pare! —suplicó Máximo, con el terror absoluto nublándole la vista.

​Catrina volvió a silbar y el perro se retiró, pero se quedó a milímetros de su rostro, gruñendo.

​—La próxima vez no lo detendré —dijo ella, con una calma aterradora—. De rodillas. Pide perdón por invadir mi propiedad y por creer que tus necesidades están por encima de mi ley.

​Máximo miró al suelo. Vio la tierra seca, las hormigas moviéndose entre el polvo y la sombra de Catrina proyectándose sobre él. El orgullo luchó una última batalla, pero el instinto de supervivencia ganó. Lentamente, con los movimientos de un hombre que se rompe por dentro, apoyó una rodilla en la tierra, y luego la otra.

​El contacto del suelo rústico con sus rodillas fue un golpe más duro que cualquier puñetazo. Inclinó la cabeza, evitando la mirada triunfante de la mujer.

​—Perdón —susurró, con la voz ahogada por la humillación—. Perdón por entrar sin permiso.

​Catrina permaneció en silencio unos segundos, saboreando el momento. No era un triunfo infantil; era la demolición necesaria de un ego que no tenía lugar en la realidad que ella habitaba. Se inclinó, tomó el teléfono de las manos temblorosas de Máximo y lo miró con desprecio.

​—¿Ves esto? —dijo, mostrándole la pantalla—. En esta tierra, si no puedes sostenerlo con tus manos y defenderlo con tu vida, no vale nada. No vuelvas a cruzar mi cerca. La próxima vez, no bajaré de mi caballo para escucharte pedir disculpas.

​Le arrojó el móvil al pecho y se montó en su semental con un movimiento fluido. Sin mirar atrás, dio una orden a sus perros y desapareció entre los árboles, dejando a Máximo arrodillado en medio de la nada.

​Él se quedó allí un largo rato. El polvo se le pegaba a la piel y las marcas de las patas del perro le ardían en los hombros. Pero lo que más le dolía era el pecho. Por primera vez en sus veinticinco años, Máximo había descubierto que su nombre no era un escudo. Se levantó lentamente, limpiándose las rodillas con manos que aún vibraban de adrenalina y rabia.

​No llamó a nadie. Guardó el teléfono en el bolsillo, sintiéndolo ahora como un objeto ajeno y ridículo. Mientras caminaba de regreso hacia la cerca, con el sol poniéndose y tiñendo el mundo de un naranja sangriento, Máximo no pensaba en huir. Pensaba en los ojos de Catrina. Pensaba en que ella acababa de arrebatarle su dignidad de cristal, pero a cambio, le había dado algo que nunca tuvo: un motivo real para odiar, y una voluntad oscura de sobrevivir para verla caer.

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valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
Silvia Chena
ES BUENÍSIMA LA NOVELA
Lobelia ❣️
👍👏
Silvia Chena
Algún problema va a traer, esa mina
Lobelia ❣️
muy bueno 👍👍
Lobelia ❣️
☺️👍👍🥰
Lobelia ❣️
me gusta sigues 👍👍
Celina Espinoza
gracias por compartir tu historia 🥰
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