Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“El Cuerpo No Miente”
📖 CAPÍTULO 7
“El Cuerpo No Miente”
La noche cayó sin que Nicolás se diera cuenta.
Seguía sentado en el mismo lugar.
El café ya estaba vacío.
La mesa también.
Pero él…
seguía ahí.
Mirando nada.
Pensando en todo.
Valeria.
Su voz.
Su mirada.
Esa frase:
“Porque sí le importa.”
—Mierda… —murmuró.
Se pasó la mano por la cara.
Cansado.
Pero no de cansancio normal.
Era otro peso.
Se levantó.
Pagó.
Salió.
La calle estaba viva.
Luces encendidas.
Carros pasando.
Gente riendo.
La vida seguía.
Pero él…
ya no iba al mismo ritmo.
Caminó sin rumbo.
Sin prisa.
Sin destino.
Por primera vez en años…
no tenía ganas de fiesta.
No tenía ganas de ruido.
No tenía ganas de nada.
Solo…
silencio.
El pecho le molestaba.
Otra vez.
Leve.
Pero constante.
Como un recordatorio.
—Tranquilo… —se dijo.
Pero ya no sonaba seguro.
Siguió caminando.
Una cuadra.
Dos.
El aire empezó a sentirse pesado.
Respiró profundo.
No fue suficiente.
Se detuvo.
Apoyó las manos en las rodillas.
—No joda… —murmuró.
El corazón empezó a acelerarse.
Pero no de emoción.
Desordenado.
Irregular.
El mundo…
se movió un poco.
Se enderezó.
Intentó seguir.
No pudo.
El aire no llegaba.
El pecho…
dolía más.
No era leve esta vez.
Era real.
—Ey… ¿todo bien? —dijo alguien al lado.
Nicolás levantó la mano.
—Sí… fresco…
Mentira.
Todo se volvió borroso.
Los sonidos…
lejanos.
Las luces…
demasiado fuertes.
Y entonces…
cedió.
Se desplomó.
El golpe contra el suelo no fue fuerte.
Pero el impacto…
sí.
—¡Eh, ey! —gritó alguien—. ¡Se cayó!
Pasos.
Voces.
Gente acercándose.
—¿Respira?
—Sí… pero está mal…
—Llame una ambulancia…
Nicolás escuchaba…
pero no podía responder.
Quería moverse.
No podía.
Quería hablar.
No podía.
Solo sentía…
su corazón…
fallando.
Y por primera vez…
pensó claro:
“Aquí se acabó…”
Oscuridad.
…
Un pitido constante.
Luz blanca.
Un olor que ya conocía.
Hospital.
Otra vez.
Abrió los ojos.
Despacio.
El techo.
Blanco.
Frío.
—¿Nicolás?
Giró la cabeza.
Lento.
Julián.
Ahí estaba.
Sentado al lado.
Serio.
Muy serio.
—¿Qué… pasó…? —murmuró Nicolás.
La voz le salió débil.
—Se desmayó, marica —respondió Julián—. En plena calle.
Nicolás cerró los ojos.
Recordando.
—¿Cómo supo…?
—Me llamaron —dijo Julián—. Usted tenía mi número como contacto de emergencia.
Silencio.
Nicolás respiró lento.
El pecho dolía.
Pero más controlado.
—¿Qué dijeron…?
Julián no respondió de inmediato.
Lo miró.
Fijo.
—Que no es la primera vez.
Nicolás no dijo nada.
—¿Qué tiene, Nico?
Directo.
Sin chiste.
Sin risa.
Amigo.
De verdad.
Nicolás giró la mirada.
Evitando.
—Nada…
Julián negó.
—No me venga con esa mierda.
Pausa.
—Lo conozco.
Silencio.
—Usted no se cae así porque sí.
Otra pausa.
—¿Qué tiene?
La pregunta…
se quedó flotando.
Pesada.
Inevitable.
Nicolás apretó los ojos.
Ya no podía seguir igual.
Ya no podía esconderlo.
No después de eso.
Respiró profundo.
Y habló.
—Me voy a morir.
Silencio.
Total.
Julián no se movió.
No habló.
No reaccionó.
Como si no hubiera entendido.
—¿Qué…?
—Eso —dijo Nicolás—. Eso tengo.
Su voz…
ya no era la misma.
No había sarcasmo.
No había defensa.
Solo verdad.
—El corazón… —continuó—. Está jodido.
Pausa.
—Y no tiene arreglo.
El aire se volvió pesado.
Julián se recostó en la silla.
Pasándose la mano por la cara.
—No… no joda… —murmuró.
Silencio.
—¿Desde cuándo sabe eso?
—Ayer…
—¿Y no dijo nada?
Nicolás lo miró.
—¿Qué iba a decir?
Julián lo sostuvo.
—La verdad.
Pausa.
Nicolás soltó una risa leve.
Amarga.
—No estoy acostumbrado a eso.
Silencio.
Pero esta vez…
no fue incómodo.
Fue real.
Julián se inclinó hacia adelante.
—¿Cuánto tiempo?
Nicolás dudó.
—Meses…
La palabra cayó como piedra.
Julián bajó la mirada.
—Hijueputa…
Se quedó en silencio.
Procesando.
—¿Y qué va a hacer?
Nicolás lo miró.
Y por primera vez…
tenía respuesta.
—Vivir.
Simple.
—Pero bien.
Pausa.
—No como antes.
Julián asintió lento.
—Ya era hora…
Nicolás sonrió levemente.
—Sí… ya era hora.
Silencio.
Pero esta vez…
no dolía tanto.
Porque ya no estaba solo.
🔥