Ella reencarna en otra época.. y ahora tiene magia.. tiene su destino ya trazado y decidido por su familia.. ¿podrá cambiar su destino? ¿o seguirá siendo la hija obediente que siempre fue?
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Distancia
La tercera mañana amaneció en silencio.
Un silencio distinto al de los días anteriores.
Más pesado.
Más triste.
Grace abrió los ojos antes del amanecer.
Durante varios segundos permaneció inmóvil, observando el techo de madera de la pequeña cabaña.
El fuego de la chimenea se había reducido a unas pocas brasas.
El mundo aún dormía.
Y a su lado, Aaron respiraba con tranquilidad.
Grace giró lentamente la cabeza para mirarlo.
El cabello oscuro caía desordenadamente sobre su frente.
Su expresión estaba relajada.
Sin sonrisas arrogantes.
Sin respuestas ingeniosas.
Sin el encanto cuidadosamente perfeccionado que utilizaba frente a otros.
Simplemente era él.
Y aquello hizo que el dolor en su pecho se volviera insoportable.
[Quiero quedarme.]
El pensamiento apareció con una claridad brutal.
[Quiero despertar junto a él.]
[Quiero seguir escuchando sus tonterías.]
[Quiero verlo sonreír.]
Cerró los ojos con fuerza.
Porque por primera vez desde que había despertado como Grace Gartner, no quería aceptar el camino que la esperaba.
Había sido fácil resignarse cuando el templo era solo una idea lejana.
Una obligación abstracta.
Pero ahora...
Ahora tenía algo que perder.
Y eso lo cambiaba todo.
Grace se incorporó lentamente.
Sin hacer ruido.
La pequeña mesa donde había trabajado con ingredientes mágicos durante los últimos días seguía allí.
Tomó aire profundamente.
Y utilizó su magia.
La luz se reunió suavemente entre sus dedos.
Era una magia cálida.
Pura.
Sin resentimiento.
Preparó una pequeña poción con manos temblorosas.
No era dañina.
Solo prolongaría unas horas más el sueño natural.
Lo suficiente.
Lo suficiente para marcharse.
Regresó junto a Aaron.
Observó el pequeño frasco durante varios segundos.
Y finalmente lo utilizó.
La magia luminosa brilló apenas un instante antes de desaparecer.
Aaron no despertó.
Grace permaneció sentada junto a él.
Mirándolo.
Y entonces las lágrimas comenzaron a caer silenciosamente.
—Lo siento.
Susurró.
La voz le tembló.
—Lo siento tanto.
Bajó la mirada hacia sus propias manos.
Recordando.
La terraza.
La nieve.
Los jardines.
Las risas.
Los besos.
Las caricias.
La cabaña.
Aquellos días robados al destino.
Todo aquello que él le había regalado.
Todo aquello que ella jamás había esperado vivir.
Sonrió entre lágrimas.
—Gracias.
Gracias por haber aparecido en mitad del camino.
Gracias por haberla perseguido.
Gracias por haberla hecho dudar.
Gracias por haberle mostrado que todavía podía desear algo para sí misma.
Porque Aaron había logrado algo que nadie más había conseguido.
Había hecho que Grace quisiera vivir plenamente aquella segunda vida.
Y precisamente por eso debía irse.
Porque también amaba a otras personas.
A sus padres.
A Grant.
A Grayson.
A la familia que había llorado cuando ella sobrevivió.
A la madre que todavía se sentía culpable.
Al padre que había preparado todo para que nunca le faltara nada.
A los hermanos que habían crecido creyendo que su hermana mayor siempre estaría allí para protegerlos.
Las lágrimas continuaron cayendo.
Porque sabía que probablemente la maldición nunca había sido comprobada.
Quizás todo era una coincidencia.
Quizás no.
Pero...
[Y si no lo es...]
Grace se llevó una mano al pecho.
[¿Y si algo les pasa porque yo elegí ser feliz?]
[¿Y si Grant enferma?]
[¿Y si Grayson empeora?]
[¿Y si mamá se culpa para siempre?]
No.
No podría soportarlo.
Nunca podría perdonarse.
Ni siquiera por amor.
Porque el amor también era sacrificio.
Y ella los amaba demasiado.
Grace volvió a mirar a Aaron.
Y lentamente apartó un mechón de cabello de su rostro.
—Si me quedara contigo...
Una sonrisa triste apareció en sus labios.
—Creo que sería feliz.
La confesión salió apenas como un susurro.
Pequeña.
Honesta.
Dolorosa.
—Pero yo también ya tuve una vida antes.
Y esta segunda vida me dio una familia que me ama.
Cerró los ojos.
—No puedo abandonarlos.
Se inclinó y besó suavemente su frente.
Después sus mejillas.
Y finalmente sus labios en una despedida breve y temblorosa.
—Gracias por estos días.
—Gracias por hacerme sentir egoísta por primera vez.
—Gracias por querer convencerme.
Las lágrimas caían sin detenerse.
—Y lo siento.
Se levantó.
Preparó silenciosamente sus pocas pertenencias.
Y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, volvió a mirar atrás.
Aaron seguía dormido.
Ajeno a la despedida.
Ajeno a la decisión que ella había tomado.
Grace sintió que el corazón se le rompía.
Porque parte de ella quería correr de regreso.
Despertarlo.
Abrazarlo.
Decirle que se iría con él.
Que eligiera la felicidad.
Que eligiera el amor.
Pero no lo hizo.
Porque también sabía que si abandonaba el templo y algo les sucedía a Grant o Grayson, nunca volvería a sonreír con tranquilidad.
Nunca se perdonaría.
Y viviría preguntándose si había sido su culpa.
Así que salió.
El frío de la mañana golpeó inmediatamente su rostro.
Y entre lágrimas, sin volver la vista atrás, subió al carruaje que la conduciría a la capital.
Mientras avanzaban por el camino, Grace lloró en silencio.
Lloró por la mujer que había muerto en otro mundo.
Por la niña llamada Grace Gartner.
Por la hija obediente.
Por la hermana mayor.
Y por la joven que, por primera vez en dos vidas, había amado algo lo suficiente como para desear quedarse.
Pero aun así...
Continuó avanzando hacia el templo.
Porque algunas personas elegían el amor.
Y otras elegían el deber.
Y Grace, con el corazón roto y las manos temblando, eligió aquello con lo que podría seguir viviendo cuando se mirara al espejo.
Aunque le doliera.
Aunque la hiciera llorar.
Aunque una parte de ella se quedara para siempre en aquella pequeña cabaña junto a un hombre que había aparecido en mitad del camino y había logrado hacerla soñar con un futuro diferente.
Mala actitud la de los padres