Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
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Capítulo 20 - Maratón 4/4
Esos días Adalia se había esforzado en actuar con total normalidad.
Sonreía cuando debía sonreír, caminaba por la mansión como siempre y pasaba largas horas en su habitación, tal como había dicho. No quería levantar más sospechas en Silas.
Mientras menos atención llamara… mejor.
Aquella tarde estaba sentada en uno de los sofás de su habitación cuando Nina tocó suavemente la puerta.
—Señorita, llegó una carta para usted.
Adalia levantó la vista.
—Déjala aquí.
Nina le entregó el sobre y se retiró después de una pequeña reverencia.
Adalia observó el sello un momento.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Lo abrió con calma.
Sus ojos recorrieron las líneas de la carta lentamente.
A simple vista parecía una carta completamente inocente.
Una invitación elegante.
El emperador mencionaba que pronto se celebraría una fiesta de té en el condado Avenel y que sería agradable verla allí, ya que muchas jóvenes nobles asistirían.
Nada extraño.
Nada sospechoso.
Pero Adalia sabía leer entre líneas.
Las frases estaban cuidadosamente escritas.
Cada palabra elegida con precisión.
"Las flores de Avenel están floreciendo con especial entusiasmo este año…"
"Sería interesante observar cuál de ellas atrae más a las mariposas…"
"Tal vez una conversación amable revele qué jardines están siendo cultivados en secreto."
Adalia apoyó la espalda en el sofá mientras releía la carta.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Así que Avenel… —murmuró.
Según la investigación de Azrael, ese condado era uno de los más cercanos a Godric.
Y su hija…
La hija del conde.
Ella sería una pieza para atraparlos.
Azrael claramente quería que Adalia se acercara a la joven y sacara información.
Sin levantar sospechas.
Sin parecer interesada.
Solo una conversación entre damas.
Adalia dobló la carta con cuidado.
Sus ojos brillaban con diversión.
—Esto podría ponerse interesante.
Además…
Pensó mientras guardaba la carta.
Siempre he querido ver cómo son esas famosas fiestas de té de la nobleza.
Y si en el proceso lograba descubrir más sobre la conspiración contra el emperador…
Mucho mejor.
A la mañana siguiente, la luz se filtraba suavemente por los ventanales de la habitación.
Adalia permanecía de pie frente al espejo mientras Nina ajustaba los últimos detalles de su vestido.
La tela oscura caía con elegancia sobre su figura, marcando cada línea con precisión. El encaje, delicado y fino, contrastaba con la firmeza de su postura, dándole un aire sofisticado… casi intimidante.
—Un momento… —murmuró Nina, acomodando un pliegue con cuidado—. Ya casi termino.
Adalia no respondió de inmediato.
Seguía observándose.
En silencio.
Por un instante… le costó reconocerse.
No veía a la joven que había despertado confundida en ese mundo, sin entender nada, sin saber en quién confiar.
Lo que veía ahora…
Era distinto.
Más firme.
Más consciente.
Más peligrosa.
Sus labios se curvaron apenas.
—Señorita… —dijo Nina con una pequeña sonrisa—. Se ve absolutamente hermosa.
Adalia desvió la mirada hacia ella.
—Gracias, Nina.
Su tono fue tranquilo, pero en su mirada había algo más que simple cortesía.
Determinación.
Hoy no es solo una fiesta…
Es un juego.
Nina dio un paso atrás, admirando el resultado.
—Todos quedarán impresionados cuando la vean.
Adalia soltó una leve exhalación.
—Eso espero.
Giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta.
Sus pasos eran tranquilos, pero firmes.
No había duda en ellos.
Al salir al pasillo, el ambiente de la mansión se sentía como siempre… pero ella ya no era la misma.
Bajó las escaleras sin prisa, sosteniendo ligeramente la falda del vestido.
Cada movimiento medido.
Natural.
Sin esfuerzo.
Al llegar al vestíbulo, se detuvo apenas.
Casper estaba ahí.
De pie.
Como si hubiera estado esperándola.
Su mirada se fijó en ella de inmediato.
Seria.
Analítica.
Adalia lo notó.
Claro que lo notó.
Pero no cambió su expresión.
Ni su ritmo.
Ni su dirección.
Pasó a su lado como si no existiera.
Como si su presencia no tuviera el más mínimo peso.
Adalia salió de la mansión sin mirar atrás.
El carruaje ya la esperaba.
—Al condado Avenel —indicó mientras subía.
—Sí, señorita.
El trayecto comenzó.
El sonido de las ruedas contra el camino marcaba el ritmo del silencio dentro del carruaje.
Adalia apoyó una mano sobre su falda.
Miraba por la ventana… pero no veía realmente el paisaje.
Condado Avenel…
La hija del conde…
Y todos los que rodean a Godric.
Sus dedos se movieron ligeramente, pensativos.
Cuando el carruaje finalmente se detuvo, la voz del cochero la sacó de sus pensamientos.
—Hemos llegado, señorita.
Adalia acomodó el vestido con calma antes de abrir la puerta.
El aire fresco la recibió de inmediato.
Descendió con cuidado.

Y entonces…
Las miradas llegaron.
Nobles que conversaban en la entrada, damas que apenas cruzaban el umbral, sirvientes que iban y venían.
Algunas conversaciones se detuvieron.
Otras bajaron de tono.
No era difícil entender por qué.
El vestido oscuro destacaba entre los tonos suaves del resto.
Pero no era solo eso.
Era la forma en la que caminaba.
La seguridad.
La forma en la que no parecía estar buscando aprobación de nadie.
Adalia ignoró todo.
Como si fuera lo más natural del mundo.
Avanzó hacia la entrada, donde un sirviente abrió la puerta con rapidez.
—Bienvenida, señorita.
—Gracias.
Al cruzar el umbral, el murmullo de la fiesta la envolvió.
Tazas, cucharillas, risas suaves, conversaciones medidas.
Un ambiente elegante.
Cuidado.
Pero no por eso menos peligroso.
Adalia dejó que su mirada recorriera el lugar con calma.
Evaluando.
Midiendo.
Buscando.
¿Dónde estás…?
No se detuvo en seco.
No hizo nada brusco.
Simplemente continuó avanzando, como una invitada más.
Pero su atención estaba en cada detalle.
En cada gesto.
En cada mirada que duraba un segundo más de lo normal.
Entonces, sin darse cuenta, sus labios se curvaron apenas.
—Veamos… —murmuró en voz baja—. ¿Quién empieza?
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