Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
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Capítulo: 20
Los días siguientes transcurrieron en una tortura lenta y agonizante para ambos lados.
Francis no vivía. Desde que Alejandra salió corriendo de su vida, su existencia se había convertido en un infierno. No comía, no dormía, el trabajo le importaba un bledo. Se pasaba las horas mirando su fotografía en el celular, leyendo una y otra vez sus conversaciones viejas, maldiciendo su cobardía y su estupidez.
—La perdí... la perdí para siempre... —se repetía golpeándose la frente contra la palma de la mano, sentado en el borde de su cama vacía—. ¿Cómo pude dejarla ir? ¿Cómo pude permitir que ella se fuera sintiéndose así?
Intentó llamarla miles de veces, pero el teléfono siempre sonaba apagado o directamente le colgaban. Le envió cientos de mensajes de texto, cartas manuscritas con letra temblorosa y llena de dolor, ramos inmensos de flores que llegaban a la puerta de su casa y que ella, con una frialdad dolorosa, mandaba devolver o tiraba a la basura sin leer ni una sola palabra.
—No quiero nada que venga de él, Lucía —decía Alejandra con la voz seca y los ojos hinchados de tanto llorar, mientras veía caer otra caja de chocolates en la basura—. Las palabras se las llevó el viento. Lo que él rompió no tiene arreglo.
Pero Francis era terco, y su amor y su culpa eran más grandes que cualquier orgullo. Una tarde, no aguantó más. Se montó en su auto y se fue directo al edificio donde vivía ella. Se estacionó a unas cuadras y esperó. Esperó horas bajo el sol caliente de la tarde, hasta que finalmente la vio salir.
Alejandra iba caminando con Lucía, Se veía más delgada, más pálida, con una tristeza en la mirada que partía el alma. En cuanto lo vio, se quedó clavada en el suelo.
Francis bajó del auto rápidamente. Se veía fatal: tenía barba de varios días, ojeras profundas que le oscurecían los ojos, la ropa arrugada. Parecía un fantasma de sí mismo, un hombre al que le habían arrancado el alma.
—Alejandra... —su voz salió ronca, quebrada, apenas un susurro—. Por favor... te suplico que me escuches solo cinco minutos. Solo cinco, te lo prometo. No te pido que me perdones, solo que me escuches.
Ella lo miró. Y en esa mirada ya no había amor. Había dolor, había decepción, y sobre todo, había un hielo que quemaba.
—No tengo nada que hablar contigo, señor Méndez —dijo ella usando su apellido, poniendo una distancia inmensa e insalvable entre los dos—. Usted y yo ya no tenemos nada que decirnos. Todo lo que tenía que decir ya lo dijo con sus mentiras.
—¡Sí tenemos! ¡Claro que tenemos! —él dio un paso adelante, pero Lucía se interpuso protectoramente como un león—. ¡Déjame explicarte! Sé que fui un miserable, sé que me equivoqué, que fui un cobarde y un mentiroso. No tengo excusas, ninguna. Ninguna excusa es suficiente para lo que te hice. Pero te amo, Alejandra. Te amo más que a mi propia vida. Todo lo que pasó entre nosotros fue real. Cada beso, cada noche, cada "te amo" que te dije salió de aquí, de mi corazón. Eso no puede ser mentira, por favor... entiéndeme...
—Para mí sí lo fue —lo cortó ella con calma, una calma que daba miedo y que dolía más que los gritos—. Porque si me hubieras amado de verdad, me hubieras respetado lo suficientemente para decirme la verdad. No me hubieras convertido en la otra, en la escondida, en la que tiene que vivir en las sombras. Me usaste, Francis. Me usaste para sentirte completo, para sentirte vivo mientras tenías una vida armada en otro lado. Eso no es amor... es egoísmo puro y cobardía.
—¡No es así! ¡Ella y yo no somos nada desde hace años! —gritaba él desesperado, llevándose las manos al pelo.
—Eso ya no me importa —susurró ella sintiendo que se le quebraba la voz y las lágrimas volvían a asomar—. Tu vida es tuya. Y yo quiero reconstruir la mía lejos de ti y de tus mentiras. Te pido por favor que te vayas. Que no me busques más. Me hiciste demasiado daño. Y mientras tú estés cerca, yo no puedo sanar. Adiós, Francis.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar con la cabeza bien alta, tratando de salvar lo poco que le quedaba de dignidad, aunque por dentro se estaba muriendo. Francis se quedó parado allí, viéndola irse, sintiendo que cada paso que ella daba lo alejaba más de su vida para siempre. Quiso correr, quiso detenerla, quiso arrodillarse en medio de la calle y pedirle perdón mil veces, pero sus piernas no respondieron. El peso de su culpa era demasiado grande.
Lucía se quedó un momento mirándolo con lástima y con dureza al mismo tiempo.
—Hiciste demasiado daño, Francis —le dijo bajito, con voz firme—. Ahora es tarde. Las palabras no arreglan lo que se rompió. Aléjate, si de verdad la amas, déjala en paz. Ella necesita olvidar para poder vivir.
Francis regresó a su auto y se dejó caer en el asiento, y por primera vez en muchos años, un hombre fuerte y poderoso como él, rompió a llorar como un niño pequeño, golpeando el volante con rabia, maldiciendo su suerte y su cobardía. Había tenido al ángel en sus manos y lo había dejado escapar por su propia estupidez.
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Mientras el caos y el dolor reinaban en el corazón de Alejandra y Francis, la vida de sus seres queridos seguía su curso, mostrando que sí existía el amor verdadero, el que no duele, el que no se esconde. Eran el ejemplo vivo de lo que Alejandra soñaba y lo que Francis le había negado.
Javier y Elena eran la pareja sólida, la roca donde todos se apoyaban. Su amor era tranquilo, seguro, transparente.
Una tarde estaban en su casa, preparando algo para cenar. Elena estaba cortando verduras y Javier la abrazaba por la cintura por detrás, descansando la barbilla en su hombro, mirando cómo atardecía y la luz entraba por la ventana.
—Me duele ver a mi hermana así, mi vida —decía Javier con voz triste y preocupada—. La veo tan apagada, tan sin ganas de vivir... Y yo no sé cómo ayudarla, siento que soy impotente.
—Es un proceso de amor, y ella es muy fuerte —respondía Elena, girándose un poco para mirarlo a los ojos, acariciándole la mejilla—. Lo que le hicieron es imperdonable. Pero tú y yo sabemos que no todos somos iguales. Que existan hombres como Francis y mujeres como Isabel, no significa que todo el mundo sea malo.
—Tú eres lo mejor que me ha pasado, Elena —Javier la besó tiernamente en los labios, un beso suave y lleno de gratitud—. Gracias por ser tan transparente, por no tener secretos conmigo, por dejarme entrar en tu vida sin miedos. Eso es lo que yo quiero: una vida de puertas abiertas, sin mentiras, sin escondites.
—Y así será, mi vida —ella sonrió con dulzura, brillándole los ojos de amor—. Vamos a formar una familia bonita, tranquila, donde reine el respeto y la confianza. Alejandra va a salir de esto, ya verás. Es una guerrera. Y cuando encuentre a alguien que realmente la valore como se merece, vamos a ser los más felices.
Su amor era como un río calmado, seguro y profundo. Se respetaban, se hablaban con sinceridad, se apoyaban en todo. Eran el refugio seguro.
Por otro lado, Lucía y Tomás eran la alegría personificada. Se querían con locura, pero también sabían reírse de la vida y disfrutar el momento.
Una noche estaban en su apartamento, viendo una película abrazados en el sofá, con unas palomitas y bebidas frías.
—La verdad es que lo de Francis me abrió los ojos, ¿sabes? —decía Lucía, acomodándose mejor en el pecho de Tomás, jugando con los botones de su camisa—. Hay hombres que parecen perfectos, que tienen dinero y buenos modales, pero por dentro están podridos de mentiras y egoísmo.
—Así es, mi vida —Tomás le acariciaba el cabello con una mano, mientras con la otra la sostenía fuerte de la cintura—. Por eso valoro tanto lo que tenemos nosotros. No tenemos lujos excesivos, no tenemos mansiones ni carros caros, pero tenemos la verdad. Yo te digo todo, tú me dices todo. No hay escondites, no hay miedos. Eso vale más que todo el oro del mundo.
—¡Ay, sí! —Lucía levantó la vista para mirarlo, con una sonrisa tierna—. Yo contigo me siento segura, Tomás. Eres mi hombre bueno. Prométeme que siempre vas a ser así, que nunca me vas a ocultar nada, que nunca vas a tener una doble vida.
—Te lo prometo por todo lo que más quiero —él la besó con pasión suave, profunda—. Tú eres mi mujer, mi compañera, mi vida. Nunca te voy a dar motivos para llorar ni para desconfiar. Lo que ves es lo que hay.
Y lo cumplían con creces. Su relación era abierta, divertida, llena de planes a futuro. Se contaban sus días, sus sueños, sus miedos. Eran la prueba irrefutable de que el amor verdadero no tiene que doler, ni asustar, sino que debe dar paz y alas para volar.
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Y no podíamos olvidar a Marcos, ese hombre noble y trabajador que alguna vez tuvo la esperanza de conquistar el corazón de Alejandra, pero que ahora había encontrado su propia felicidad plena con Rosa, una chica sencilla, humilde y con un corazón de oro.
Marcos nunca dejó de ser amigo y apoyo para Alejandra, siempre estaba ahí pendiente de cómo estaba, ofreciendo su hombro para llorar o su fuerza para protegerla, pero ahora su corazón pertenecía por completo a otra mujer.
Una tarde, estaban caminando tomados de la mano por un parque tranquilo, viendo a los niños jugar y sintiendo la brisa fresca de la tarde.
—Rosa, te juro que ver lo que le pasó a Alejandra me da una rabia inmensa —decía Marcos con la voz seria y preocupada—. Porque ella es una gran mujer, valiosa y buena, y no merecía que la trataran así, como si fuera un juguete. Pero a la vez, ver eso me hace valorar mil veces más lo que tenemos tú y yo.
—¿Cómo es eso, mi vida? —preguntó Rosa mirándolo con dulzura, apretando su mano.
—Pues eso —suspiró Marcos deteniéndose un momento para mirarla a los ojos—. Ellos tienen todo el dinero del mundo, lujos, poder... pero no tienen paz, no tienen verdad. Viven en mentiras y envenenados de rencor. En cambio nosotros... nosotros tenemos poco, pero lo que tenemos es real. Es limpio. Nos queremos de verdad, sin escondites.
—Así es, mi amor —Rosa sonrió, brillándole los ojos de emoción—. El dinero compra muchas cosas, compra casas, compra ropa, compra viajes... pero no compra el amor, ni la lealtad, ni la tranquilidad de dormir tranquilo por las noches. Eso solo se tiene cuando el corazón está limpio.
Marcos la atrajo hacia sí y le dio un beso largo y tierno, un beso que sabía a gratitud y a futuro. Había aprendido que cada cosa llega en su momento y a su debido tiempo, y que lo que es para uno nadie se lo quita.
Todas estas parejas, con sus diferentes formas de amar, rodeaban a Alejandra como un escudo protector. Verlos a ellos tan felices, tan unidos, tan transparentes, le demostraba a ella que sí era posible amar y ser amada con respeto. Que existían hombres que cumplían sus promesas y mujeres que eran valoradas como se merecían.
Aunque ahora ella estaba en el fondo del pozo, sumida en la oscuridad del dolor y la traición, ver la luz brillar en los ojos de sus seres queridos le daba una pequeña esperanza. Una chispa diminuta que le decía que ella también podría salir de ahí, que ella también merecía su propio final feliz
Continuará ✨
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.