Siempre hubo odio entre ellos. Desde el primer momento, las miradas estaban cargadas de desprecio, las palabras eran cuchillos y las peleas, inevitables. Eran enemigos por naturaleza… o eso creían.
Pero todo cambia cuando él descubre un secreto que nunca debió salir a la luz.
A partir de ese instante, la tensión deja de ser solo odio. Las emociones se vuelven confusas, peligrosas, irresistibles. Lo que antes era rechazo empieza a transformarse en algo mucho más intenso… algo que ninguno de los dos sabe cómo controlar.
¿Es posible que entre enemigos nazca el amor?
¿O todo es solo una ilusión provocada por lo que ahora los une?
En un mundo donde los instintos pueden más que la razón, cruzar esa línea podría cambiarlo todo… para siempre.
NovelToon tiene autorización de juliana scotella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 18: Te pones en peligro
Fui a ver a mi madre.
Después de todo lo que había pasado, era el único lugar al que quería ir.
El único lugar donde todavía me sentía seguro.
Donde podía dejar de fingir por un momento.
Apenas la vi, corrí hacia ella y la abracé con todas mis fuerzas.
Como cuando era un niño.
Como si el mundo se estuviera cayendo y ella fuera lo único capaz de sostenerlo.
Sus brazos me envolvieron al instante.
Cálidos.
Firmes.
Hogar.
—¿Qué sucede, mi pequeño? —preguntó con esa voz suave que siempre lograba calmarme.
Enterré el rostro en su hombro.
—Mucho... pasa mucho —susurré, y mi voz se quebró.
Sus dedos acariciaron mi cabello con infinita ternura.
Como si intentara ordenar el caos que llevaba dentro.
Luego se apartó lo suficiente para observarme.
Sus ojos me estudiaron con esa precisión casi aterradora que solo una madre posee.
Y entonces sonrió.
Una sonrisa pequeña, llena de comprensión.
—¿Y quién es el chico que puso tu mundo de cabeza?
La miré sorprendido.
Una risa débil escapó de mis labios.
—¿Cómo lo supiste?
Ella acarició mi mejilla.
—Porque conozco bien a mi pequeño.
...Dante (pensamiento)...
...Siempre lo sabe....
Siempre.
Bajé la mirada.
La sonrisa desapareció tan rápido como había llegado.
—Ese es el problema, madre.
Su expresión se suavizó.
—¿Qué cosa? ¿La persona?
Asentí lentamente.
—La persona... su familia... todo en sí. Pero el destino es cruel.
Sus manos tomaron mi rostro con delicadeza, obligándome a mirarla.
—Dime quién es, amor.
Tragué saliva.
Solo decirlo en voz alta hacía que todo se sintiera más real.
Más complicado.
Más doloroso.
—Es mi pareja destinada... mi alma gemela.
Mi voz apenas fue un susurro.
—Por eso el destino es cruel, madre.
Sus ojos se llenaron de comprensión.
No de sorpresa.
No de juicio.
Solo amor.
—Mi amor, no podemos elegir a quién amar. Si pudiéramos, muchas cosas serían más fáciles. Pero a veces sentimos lo más profundo por la persona que menos deberíamos.
Sus palabras dolieron porque eran ciertas.
Demasiado ciertas.
—¿Y cómo haces para no sentirlo? —pregunté, desesperado por encontrar una respuesta.
Ella sonrió con tristeza.
—Te alejas y finges que no te afecta.
Hizo una pausa.
—Es difícil. Y duele.
Solté una risa amarga.
—¿Y si quedarme también duele?
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.
—¿Y si irme tampoco estaría bien?
Esta vez no pude contenerlas.
Cayeron una tras otra.
Mi madre las secó con sus pulgares.
—Si quedarte es peligroso y duele, entonces debes alejarte.
Su voz fue firme.
Protectora.
—Puede parecer egoísta, pero a veces elegirte a ti mismo es lo correcto.
Sus ojos descendieron hacia mi vientre.
Y entonces lo entendí.
—Y más en tu estado, amor. No pongas en peligro lo más valioso que tienes.
Mi corazón se detuvo.
Mis labios se entreabrieron.
—¿Cómo...?
Ella sonrió.
Una sonrisa llena de orgullo y ternura.
—Eres mi hijo. Mi sangre.
Su mano se posó suavemente sobre mi abdomen.
—Pude notar el pequeño cambio en tus feromonas.
...Dante (pensamiento)...
Lo sabía.
Claro que lo sabía.
Una nueva oleada de lágrimas me invadió.
Pero esta vez no eran de miedo.
Eran de alivio.
De amor.
De saber que no estaba solo.
—Voy a ser padre —susurré, como si todavía necesitara escucharlo para creerlo.
Mi madre sonrió, y sus propios ojos brillaron.
—Sí, mi pequeño.
Me abrazó otra vez.
Más fuerte.
Más protectoramente.
—Y serás un padre maravilloso.
Cerré los ojos.
Por primera vez en todo el día...
Pude respirar.
Me quedé con mi madre durante horas.
Hablamos.
Reímos.
Incluso lloramos un poco.
Y, por un rato, conseguí olvidarme de todo.
De Dante, del heredero, del peligro, de Irán.
Del peso que parecía aplastarme desde todos los frentes.
Con ella, el mundo siempre era un poco más sencillo.
Un poco más llevadero.
Pero nada dura para siempre.
Al caer la tarde, regresé a mi territorio.
A mi realidad.
Al caos que me esperaba.
Lo primero que hice al llegar fue dirigirme al gimnasio.
Necesitaba cansar mi cuerpo para callar mi mente.
Necesitaba golpear algo.
Romper algo.
O romperme yo.
Cualquier opción parecía válida.
Los golpes contra el saco resonaban en toda la habitación.
Uno tras otro.
Rápidos.
Violentos.
Cada impacto arrastraba parte de mi rabia.
De mi miedo.
De mi confusión.
El sudor recorría mi espalda mientras seguía golpeando sin descanso.
Hasta que lo sentí.
Ese aroma.
Ese maldito aroma.
Mi cuerpo lo reconoció antes que mi mente.
Se tensó de inmediato.
Apreté la mandíbula.
No me giré.
No necesitaba hacerlo para saber quién era.
—Iré a asumir que ya aprendiste a tocar puertas —gruñí sin detenerme.
Escuché sus pasos acercarse.
Lentos.
Seguros.
Como si el lugar también le perteneciera.
—Debemos hablar.
Su voz.
Tan firme como siempre.
Tan irritantemente tranquila.
Golpeé el saco con más fuerza.
—Vete.
El silencio que siguió fue breve, pero cargado.
—No me iré.
Solté una risa amarga.
Por supuesto que no.
Irán jamás hacía lo que uno le pedía.
—Que te vayas. No tengo nada que hablar contigo.
No dejé de entrenar.
No iba a darle el gusto de verme afectado.
Aunque ya lo estaba.
Aunque su sola presencia convertía mis pensamientos en un desastre.
...Dante (pensamiento)...
No lo mires.
No le hables.
No le des ese poder.
Pero mi cuerpo no parecía dispuesto a obedecer.
Cada fibra de mí era consciente de él.
De su respiración.
De su aroma.
De la distancia exacta entre nosotros.
Era exasperante.
Y peligroso.
Porque una parte de mí quería que se acercara.
Y la otra quería atravesarlo con mis propias manos.
Probablemente en ese orden.
—¿Sabes lo que hiciste? —cuestionó Irán, su voz cargada de una tensión que no intentó ocultar.
Seguí golpeando el saco.
Uno.
Dos.
Tres.
Cada impacto era mejor que mirarlo a la cara.
—¿Acaso no logras entender mis palabras? Vete.
Mi tono salió frío, cortante.
Pero él, como siempre, ignoró cualquier intento de alejarlo.
—Empezaste una guerra con mi padre. Te pusiste en peligro.
Solté una carcajada sin humor y finalmente me giré para encararlo.
—Yo no empecé la guerra.
Di un paso hacia él.
—La empezó él hace demasiado tiempo.
Mucho antes de que yo pudiera defenderme.
Mucho antes de que siquiera entendiera quién era.
Irán suspiró, pasándose una mano por el cabello.
Parecía debatirse entre la furia y la desesperación.
—Carajo, pero tú te pones en peligro.
Su enojo no era fingido.
Y eso, por alguna razón, lo empeoraba todo.
Porque una parte de mí quería creer que le importaba.
...Dante (pensamiento)...
No seas idiota.
Le importas... pero a su manera.
Y su manera siempre termina destruyéndolo todo.
Enderecé los hombros.
—No.
Mi voz fue baja, pero firme.
—El que deberá tener cuidado es él.
Mis ojos se endurecieron al pensar en Dante.
En todo lo que me había quitado.
En todo lo que todavía quería arrebatarme.
—Además, es mi vida.
Di otro paso, quedando peligrosamente cerca.
—Si quiero ponerme en peligro, puedo hacerlo.
Irán apretó la mandíbula.
Sus ojos oscuros brillaron con algo entre rabia y miedo.
—No cuando...
Se interrumpió.
Como si hubiera estado a punto de decir demasiado.
Como si hubiera recordado que conmigo cada palabra era un campo minado.
...Dante (pensamiento)...
¿No cuando qué?
¿No cuando te importa?
¿No cuando llevas a tu hijo dentro?
Mi corazón dio un vuelco.
Pero mantuve el rostro inexpresivo.
No podía permitirme mostrar nada.
No ahora.
No frente a él.