Scarlet siempre ha vivido al límite: cuchillos afilados, fuego constante y una cocina donde el control lo es todo. Lo último que necesita es Alaska, el frío eterno… y un hombre que parece decidido a desordenar su vida.
Luke solo quiere paz. Silencio. Distancia de todo aquello que alguna vez lo rompió. Pero cuando Scarlet llega a la montaña, su mundo se sacude de una forma que su lobo no sabe explicar. La reconoce por su aroma a cerezas, la desea con una intensidad peligrosa… y aun así, no la acepta como su mate.
Entre discusiones, roces inevitables y una tensión que arde incluso bajo la nieve, ambos luchan contra un vínculo que se resiste a ser nombrado. Porque a veces el destino no llega con claridad, y el amor verdadero aparece cuando menos estás dispuesto a reconocerlo.
En Alaska, donde el invierno observa en silencio, negar al mate puede ser el error más grande de todos.
NovelToon tiene autorización de Marceth S.S para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 5: Es eso una etiqueta?
Entre las construcciones que parecen fundirse con el entorno, hay una casa distinta. Grande. Moderna. Líneas limpias, madera oscura y cristal, como si alguien hubiera decidido desafiar al paisaje sin romper su equilibrio. No parece imponerse… parece pertenecer.
Me detengo sin darme cuenta.
Hay algo allí.
Algo que tira de mí, suave pero constante, como un hilo invisible atado a mi pecho. No sé explicarlo. No sé de dónde viene. Solo sé que me gusta. Que me calma y, al mismo tiempo, me inquieta.
Aria se da cuenta enseguida.
—¿Te gusta la casa? —pregunta, observándome con atención.
Trago saliva.
—Sí —susurro, casi sin voz.
Aria sonríe apenas, como si confirmara algo que ya sabía.
—Es la casa de mi tío.
Levanto la mirada hacia ella.
—Luke —añade.
El nombre me atraviesa.
Un estremecimiento me recorre el cuerpo, desde la nuca hasta la base de la espalda, inexplicable, intenso. Frunzo el ceño, obligándome a respirar con normalidad.
Luke.
No sé quién es. No sé por qué su nombre se queda vibrando dentro de mí como un eco.
Solo sé que, por alguna razón, mi cuerpo acaba de prestar atención.
—No está en la reserva ahora —añade Aria, siguiendo mi mirada—. Salió hace no mucho a hacer unos trámites. Volverá en unos días.
Asiento, despacio.
—Entiendo —respondo, aunque no estoy segura de entender nada.
Mis ojos no se apartan de la casa. Algo en mí se resiste a seguir avanzando, como si una parte se hubiera quedado anclada allí, esperando. No sé por qué. Veo el reflejo del cielo en los ventanales, la solidez de la estructura, la quietud que emana… y me cuesta dar el siguiente paso.
—Scarlett —me llama la hermana de Emma, tocándome suavemente el brazo—. ¿Estás bien?
Parpadeo, rompiendo la ensoñación.
—Sí —digo, forzando una pequeña sonrisa—. Solo… estaba distraída.
Seguimos caminando.
La casa a la que llegamos es grande, casi tan imponente como la de Luke. Comparte ese mismo equilibrio entre modernidad y naturaleza, como si ambas hubieran sido pensadas por la misma mente. Me pregunto, sin razón aparente, si él tuvo algo que ver con esto.
La puerta se abre antes de que podamos tocar.
—¡Mamá! ¡Papá!
Emma aparece frente a nosotros, radiante, viva, tan real que siento cómo el nudo que llevaba días apretándome el pecho finalmente se afloja. Sus padres son los primeros en llegar a ella, rodeándola en un abrazo desesperado, cargado de miedo acumulado y alivio.
Yo me quedo atrás, observándola, asegurándome de que está bien de verdad.
Y lo está.
Emma se separa por fin de sus padres y sus ojos me encuentran de inmediato.
No dice nada.
Solo avanza y me envuelve en un abrazo fuerte, de esos que no piden permiso y que dicen más que cualquier disculpa.
—Perdón —murmura contra mi oído—. Por el susto, por el caos… por todo.
Cierro los ojos un segundo y le devuelvo el abrazo con la misma fuerza.
—Eres una idiota —le respondo en voz baja—. Pero estás viva, así que te perdono… por ahora.
Se ríe, ese sonido que conozco desde niñas, y se aparta apenas para mirarme bien, como si necesitara comprobar que yo también estoy aquí.
—Pasen —dice entonces, girándose hacia todos—. Por favor.
El interior de la casa es cálido, amplio, acogedor de una manera que no esperaba. No se siente como un lugar prestado, sino como un hogar construido con intención. Emma espera a que todos estén dentro antes de respirar hondo.
—Hay alguien más que deben conocer —anuncia.
Y entonces él aparece.
No necesito que me lo diga para saber quién es. Hay algo en su presencia, en la forma en que se coloca al lado de Emma sin invadirla, pero sin alejarse, que lo deja claro. Sus padres lo observan con atención, evaluándolo en silencio.
—Mamá, papá —dice Emma—. Él es Andrew.
Andrew asiente con respeto, firme pero tranquilo.
—Es un gusto conocerlos.
Los padres de Emma intercambian una mirada. No dicen nada de inmediato, pero algo en su postura se suaviza. La hermana de Emma sonríe con cautela.
Emma se vuelve hacia mí.
—Scar… él es Andrew. Mi pareja.
Lo miro de arriba abajo sin disimulo.
—Así que tú eres el responsable de todo este desastre —digo.
Andrew arquea una ceja, divertido.
—Culpable —responde—. Pero prometo que cuido bien de ella.
Chasqueo la lengua, cruzándome de brazos.
—Más te vale.
Emma ríe, aliviada, y se coloca entre ambos, como si ese simple gesto equilibrara el mundo.
Mientras los observo, algo queda claro
Emma no está improvisando.
No está huyendo.
Está exactamente donde quiere estar.
Y aunque mi instinto protector sigue alerta, no puedo negar una verdad incómoda que empieza a asentarse en mi pecho:
Ella encontró su lugar.
Ahora falta saber qué demonios vine a encontrar yo.
Los padres de Emma no tardan en reaccionar. El abrazo, el alivio, todo eso dura apenas unos minutos antes de que la preocupación vuelva a tomar forma de interrogatorio.
—Emma —empieza su madre, sentándose con rigidez—, necesitamos entender algo. ¿Por qué casarse tan rápido?
Emma no se pone a la defensiva. No suspira. No esquiva la pregunta. Solo toma la mano de Andrew con naturalidad.
—Porque cuando lo sabes… lo sabes —responde con sencillez—. No hay dudas. No hay miedo. Solo certeza.
Su padre frunce el ceño.
—Eso suena muy bonito, hija, pero el amor también necesita tiempo.
—Lo sé —dice ella—. Pero hay cosas que no se miden en años.
No sé qué es exactamente lo que veo en sus ojos, pero no es impulsividad. Es convicción.
El silencio que sigue es breve.
—¿Y por qué aquí? —continúa su madre—. ¿Por qué vivir en una reserva?
Emma abre la boca, pero esta vez es Andrew quien responde.
—Porque es nuestro hogar —dice con calma—. Aquí pertenece Emma.
La palabra pertenece me hace alzar ligeramente la cabeza, atenta.
—Andrew —dice el padre de Emma, mirándolo de lleno—. Háblenos de usted. ¿Cuántos años tiene?
—Treinta y dos —responde sin titubear.
—¿Y a qué se dedica?
—Trabajo para la reserva —contesta—. Me encargo de asuntos administrativos y logísticos… y de otras responsabilidades internas.
—¿Qué hay de tus padres?
—Están de viaje
No especifica más. No parece nervioso. Al contrario, está demasiado tranquilo bajo el escrutinio.
—¿Tiene un empleo estable? —insiste el padre.
—Sí.
—¿Puede mantener a una familia?
Andrew sostiene su mirada sin parpadear.
—Puedo y lo haré.
Emma aprieta su mano, agradecida. La hermana de Emma observa la escena con atención, como si intentara leer entre líneas.
Yo me mantengo en silencio, apoyada contra una pared, analizándolo todo. Andrew no esquiva preguntas, no se altera, no intenta impresionar. Responde solo lo necesario.
Y eso, curiosamente, me inquieta más que cualquier exceso.
Los padres de Emma no parecen del todo convencidos, pero tampoco pueden negar lo evidente: su hija está firme, segura, enamorada.
La hermana de Emma suspira con fuerza, pasándose una mano por el rostro.
—No sé qué es —dice al fin—, pero hay algo raro en todo esto. Desde que llegamos… nada se siente normal.
El aire en la habitación cambia.
Emma cierra los ojos un segundo, como si tomara impulso. Cuando los abre, ya no hay evasivas en su mirada. Aprieta la mano de Andrew y da un paso al frente.
—Está bien —dice—. Basta de rodeos.
Todos la miramos.
—Hay algo que tienen que saber —continúa—. Algo importante.
El silencio se vuelve denso, casi físico.
—Andrew es… —inhala— un hombre lobo.
El mundo se rompe.
—Que? Es alguna clase de etiqueta? —Dice la hermana de Emma. —Mi animal espiritual es una mariposa —Sonríe.
—Eh no Clara, Andrew es un ser sobrenatural.
Es entonces cuando los ojos del hombre brillan convirtiéndose en dorados y deja entrever unos colmillos puntiagudos que me hielan la sangre enseguida.
La madre de Emma se lleva una mano al pecho y, sin previo aviso, se desploma. Andrew reacciona de inmediato, pero el padre de Emma ya está a su lado, sosteniéndola con manos temblorosas, el rostro blanco como una hoja de papel.
—Esto… esto no es posible —balbucea.
La hermana de Emma se cubre la boca con ambas manos, los ojos abiertos de par en par, incapaz de articular una sola palabra.
Y yo…
Yo me quedo de piedra.
No me muevo. No hablo. No respiro por un segundo que se siente eterno. Mi mente intenta procesar la información, ordenarla, encontrarle lógica.
Hombre lobo.
Andrew.
Emma.
La reserva.
El lobo dorado.
Todo encaja y, al mismo tiempo, nada lo hace.
Siento un escalofrío recorrerme la espalda, no de miedo, sino de algo más profundo. Algo primal. Algo que se despierta demasiado rápido.
Trago saliva.
Si esto es verdad…
Entonces Alaska no es solo el refugio de Emma.
Es el umbral de un mundo del que acabo de ser empujada sin aviso.
Y, sin saber por qué, mi primer pensamiento no es huir.
Es preguntarme qué más no me han dicho.
Que paso con los otros capítulos /Cry/