Cuando las profundidades del mar ocultan secretos ancestrales y los ecos de la venganza susurran a través de las corrientes, solo las valientes sirenas de Mirthalia pueden desafiar el destino.
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Epílogo: El Canto Eterno
Treinta años habían pasado desde que la Muerte Gris fue derrotada y el equilibrio entre la tierra y el mar fue restaurado. El mundo ya no era el mismo que Selene conoció en su juventud. Las costas de lo que antes era un reino hostil ahora estaban salpicadas de ciudades de cristal y piedra, donde la arquitectura humana se fusionaba con el crecimiento orgánico del coral.
Selene, cuya belleza parecía haberse detenido en el tiempo gracias a su conexión con la magia primordial, se encontraba en una cala apartada, lejos del bullicio de la capital. El sol de la tarde calentaba su piel mientras observaba a una joven mujer de unos veinte años nadando con una gracia que recordaba a un delfín.
—¡Mira, madre! —gritó la joven, emergiendo con una risa cristalina. Sus ojos eran del mismo dorado que los de Selene, pero su cabello tenía los reflejos oscuros de Marinus—. He logrado que el coral de fuego crezca en agua fría. ¡Ondina tenía razón, la temperatura no es el límite, es la intención!
—Lo has hecho muy bien, Marina —respondió Selene, con una sonrisa llena de orgullo—. Tienes el don de tu abuela para la vida, pero la paciencia de tu padre para la ciencia.
Marinus salió de una pequeña cabaña construida en la orilla. Sus cabellos ahora estaban veteados de plata, y caminaba con un bastón tallado en madera de deriva, pero su mirada seguía siendo tan aguda y llena de amor como el primer día. Se acercó a Selene y le pasó un brazo por los hombros.
—Nuestra hija va a revolucionar el consejo de sabios, Selene —dijo Marinus, besando su sien—. Es tan terca como tú cuando se le mete una idea en la cabeza.
—Y tan noble como tú —replicó ella, apoyándose en él—. A veces me parece increíble que esto sea real, Marinus. Que hayamos podido criar a una hija en un mundo donde no tiene que esconderse.
Se sentaron juntos en la arena, viendo cómo Marina volvía a sumergirse, dejando una estela de burbujas doradas.
—¿Recuerdas cómo empezó todo? —preguntó Marinus, mirando el horizonte—. El miedo, las traiciones, la sensación de que el mundo se acababa.
—Lo recuerdo cada día —dijo Selene, su tono volviéndose reflexivo—. Pero ya no duele. El dolor se ha convertido en la base sobre la que construimos esta paz. Si no hubiéramos pasado por esa oscuridad, no sabríamos apreciar la luz que tenemos ahora.
En las últimas décadas, el legado de las sirenas se había extendido por todo el globo. Ya no había guerras por el control de los mares. Los humanos habían aprendido a proteger los océanos como si fueran sus propios pulmones, y las sirenas habían compartido secretos sobre la energía limpia y la curación que habían transformado la sociedad terrestre.
Ariel se había convertido en la Gran Exploradora, cartografiando no solo los mares, sino también los cielos, trabajando con ingenieros humanos para entender las estrellas. Coralia lideraba el Cuerpo de Paz Interespecies, asegurándose de que los pequeños conflictos se resolvieran con diálogo y no con armas. Ondina, por su parte, había fundado el Gran Hospital de Mirthalia, donde la magia y la ciencia caminaban de la mano para sanar a cualquiera que lo necesitara.
—A veces siento que mi madre todavía me observa —susurró Selene—. No desde el dolor, sino desde el agua misma. Siento que el linaje de los Blue Mist finalmente ha encontrado su propósito. No somos reinas por encima de los demás, sino guardianas de la vida.
—Lo eres, Selene —dijo Marinus—. Eres el corazón de este mundo.
De repente, Marina regresó a la orilla, trayendo consigo a un grupo de niños humanos del pueblo cercano. Se sentaron alrededor de Selene y Marinus, con los ojos abiertos de par en par, esperando lo que siempre pedían al final del día.
—¡Abuela Selene, cuéntanos una historia! —pidió un niño pequeño—. ¡La de la gran tormenta!
Selene miró a Marinus, quien le guiñó un ojo. Ella cerró los ojos y comenzó a cantar. Su voz ya no era un arma de guerra, sino un tejido de recuerdos y sueños. Mientras cantaba, el agua frente a ellos comenzó a formar figuras: un barco luchando contra las olas, un prisma brillando en la oscuridad, y dos figuras, un hombre y una sirena, dándose la mano en medio del caos.
Los niños observaban hipnotizados cómo la historia cobraba vida ante sus ojos. Aprendían sobre el sacrificio, sobre la importancia de la verdad y, sobre todo, sobre el poder del perdón.
Cuando la historia terminó, el sol ya se había ocultado, dejando paso a un cielo estrellado que se reflejaba perfectamente en el mar en calma. Los niños se despidieron y regresaron a sus casas, y Marina se quedó un momento más con sus padres antes de retirarse a su propio estudio en las profundidades.
Selene y Marinus se quedaron solos bajo la luna. El mundo era vasto, lleno de nuevos desafíos y misterios por descubrir, pero el miedo ya no era el motor del destino.
—¿Crees que la paz durará para siempre? —preguntó Marinus en un susurro.
Selene miró las estrellas y luego la inmensidad azul que tanto amaba.
—Nada dura para siempre, Marinus. Pero hemos dejado las semillas. Hemos enseñado a los que vienen detrás que siempre hay una elección. Y mientras haya amor y voluntad de entenderse, habrá esperanza.
Se tomaron de la mano, dos almas de diferentes mundos que habían creado un universo propio. El canto de Selene seguía resonando en el aire, una melodía eterna que prometía que, sin importar cuán fuerte soplara el viento o cuán alta fuera la marea, el legado de las sirenas y el amor de los hombres seguirían siendo el faro que guiaría a la humanidad hacia un futuro lleno de luz.
El mar susurró contra la orilla, un eco de gratitud de un reino que finalmente estaba en paz. Y así, bajo el manto de la noche, el capítulo de la guerra se cerró para siempre, dejando paso a la historia infinita de las nuevas mareas.