En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
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Capítulo 14
Emara llora la pérdida de su amigo.
El cuerpo de Sergio Alfaro no dejó restos. La luz solar lo había consumido junto con su enemigo, dejando solo un círculo de tierra quemada y el hacha de plata, ahora rota y ennegrecida, sobre el suelo. Emara se acercó lentamente, ignorando los gritos de la batalla que aún rugía a pocos metros. Se arrodilló y tomó el mango del hacha. Estaba caliente, vibrando con el eco del último latido de su amigo.
—Lo siento tanto, Sergio —susurró, y las lágrimas corrieron por sus mejillas, trazando surcos en la ceniza que cubría su rostro—. No debiste ser tú. Debió ser el pecado de nuestros padres el que pagara este precio, no tu inocencia.
El dolor era una garra apretando su corazón. Se sintió pequeña, abrumada por la escala de la tragedia. Había perdido a Kellan en el Reino Olvidado —o al menos, la conexión que tenían— y ahora perdía a su pilar en Eloria. Estaba sola en la cima de la colina, con el peso de un mundo agonizante sobre sus hombros.
—¡Emara! —la voz de Tibor llegó desde abajo. Había logrado zafarse de las sombras gracias al sacrificio de Sergio, pero su pierna estaba herida y caminaba con dificultad—. ¡Emara, el Altar! ¡El Rey de las Sombras se está reagrupando!
Ella no respondió de inmediato. Se puso en pie, sosteniendo el hacha rota de Sergio. Miró hacia arriba, hacia la luna que debería haber estado allí, pero que estaba oculta tras el velo carmesí de la grieta.
—¿Escuchas eso, padre? —dijo ella, su voz extrañamente tranquila, cargada de un veneno que hizo que Tibor se detuviera—. Es el sonido de tu legado. Es el sonido de los hijos muriendo por los pecados de sus padres. Sergio está muerto. ¿Cuántos más tienen que caer para que tu orgullo se rompa?
—Yo... yo no quería esto —balbuceó Tibor, colapsando al pie de la colina. Sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Solo quería que fuéramos fuertes.
—Ser fuerte no significa sobrevivir a cualquier precio —le espetó Emara, girándose hacia él con una furia fría—. Ser fuerte es proteger la verdad. Y tú la enterraste bajo una montaña de cadáveres.
En ese momento, el Rey de las Sombras lanzó un rugido que hizo que las piedras del Altar de los Eones comenzaran a levitar. La entidad comenzó a ascender por la colina, cada paso que daba congelando la vida a su alrededor. Los guerreros restantes del clan Alarcón y del clan Alfaro se agruparon a los pies de la colina, formando una última línea de defensa, pero todos sabían que era inútil. Sin una intervención mágica, la oscuridad ganaría.
Emara cerró los ojos. Buscó en lo más profundo de su ser esa chispa plateada que Astor le había mostrado en el Aethelgard. "No eres solo una loba", le había dicho el arquitecto. "Eres el puente".
—Kellan, si puedes oírme... —pensó con todas sus fuerzas—. Ayúdame. No por mí, sino por lo que queda de este mundo. No dejes que el sacrificio de Sergio sea en vano.
El silencio en su mente fue absoluto por unos segundos, y luego... una pulsación. Un calor familiar recorrió su espina dorsal. No era una voz, era una sensación: el olor a ozono, el tacto de una mano fría y elegante, la certeza de que no estaba sola. Kellan estaba allí, en algún lugar entre los mundos, sosteniendo el otro extremo de la cuerda.
Un nuevo poder despierta en ella.
De repente, la marca en el pecho de Emara —el sello del pacto prohibido con Kellan— estalló en una luz que no era ni blanca ni negra, sino de un azul eléctrico tan intenso que dolió mirarla. El dolor de la pérdida de Sergio, la traición de su padre y el amor imposible por Kellan se fusionaron en una sola corriente de energía.
Emara abrió los ojos, y ya no eran los de un lobo. Eran ojos de una Vidente, capaces de ver los hilos de la realidad. Vio la grieta no como un agujero, sino como una serie de nudos mal atados. Vio al Rey de las Sombras no como un dios, sino como un parásito alimentado por el miedo.
Su cuerpo comenzó a elevarse del suelo. Su pelaje plateado se transformó en una armadura de luz líquida. El hacha rota de Sergio, que aún sostenía, comenzó a reconstruirse con energía pura, convirtiéndose en un arma que brillaba con la intensidad de mil soles.
—¡Basta de sombras! —gritó Emara, y su voz no solo se escuchó en la aldea, sino que resonó en el Abismo y en el Aethelgard al mismo tiempo.
Extendió sus manos y una onda expansiva de energía lunar barrió la colina. Los devoradores que rodeaban a su padre se desintegraron instantáneamente. El Rey de las Sombras retrocedió, siseando, mientras su forma etérea se evaporaba ante la luz que emanaba de la joven loba.
Los guerreros de abajo miraron hacia arriba con asombro. Ya no veían a la hija del jefe; veían a la encarnación de Eloria misma.
—Ella lo está haciendo —susurró Arturo, el anciano, cayendo de rodillas—. Está uniendo las sangres. La profecía no hablaba de un sacrificio de muerte... hablaba de un sacrificio de identidad.
Emara sentía que su conciencia se expandía. Podía sentir cada árbol del Bosque Susurrante, cada gota de agua en el lago de mercurio, y la respiración agitada de Kellan en el vacío. Este era el nuevo poder: el poder del Equilibrio. No era la luz venciendo a la sombra, sino la luz aceptando a la sombra y dándole un propósito.
Sin embargo, el esfuerzo era inmenso. Emara sentía que sus venas se quemaban. Mantener esa cantidad de energía requería que ella se despojara de todo lo que la hacía humana. Sus recuerdos de la infancia, el sabor de la comida, el calor del sol... todo se estaba evaporando para alimentar la luz.
—¡Emara, detente! —gritó Tibor desde abajo, dándose cuenta del precio que ella estaba pagando—. ¡Te va a consumir!
Ella lo miró una última vez. Su rostro era ahora una máscara de serenidad divina.
—Si el precio de la verdad es mi vida, padre, es un precio que pago con gusto. Sergio lo hizo. Arilsa lo hizo. Ahora es mi turno.
Con un movimiento final, Emara clavó el hacha de luz en el centro del Altar de los Eones. Una columna de fuego plateado se disparó hacia el cielo, impactando directamente en el corazón de la grieta. El cielo rugió de dolor y el Rey de las Sombras lanzó un último grito antes de ser succionado de vuelta al vacío del que había salido.
La grieta comenzó a cerrarse, no con violencia, sino como una herida que finalmente recibe medicina. Los bordes se unieron, las nubes carmesíes se disiparon y, por primera vez en semanas, un rayo de luna pura atravesó la oscuridad, iluminando la aldea destruida.
Emara cayó del aire, su luz apagándose lentamente mientras descendía hacia el suelo frío. La transformación se revirtió, dejándola de nuevo en su forma humana, exhausta, pálida y con los ojos fijos en la luna que finalmente volvía a reinar en el cielo.
Había salvado a Eloria, pero el silencio en su mente le decía que el vínculo con Kellan se había roto definitivamente para sellar el portal. Había ganado la batalla, pero el lamento de la luna seguía resonando en su alma por todo lo que se había quedado atrás.
—Sergio... Kellan... —susurró antes de que la oscuridad del agotamiento la reclamara—. Está hecho.
Pero mientras sus ojos se cerraban, una sombra familiar se proyectó sobre ella. Una sombra que no traía miedo, sino el aroma a escarcha y a secretos antiguos. El juego de los mundos aún no había terminado.