NovelToon NovelToon
Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:477
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.

NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 01

El aire en los muelles de Vesperia no solo olía a mar; olía a la desesperación de los hombres que no tienen nada y a la codicia de aquellos que lo quieren todo. La niebla, espesa y cargada de salitre, se arrastraba por los adoquines irregulares como un depredador silencioso, ocultando las grietas de una ciudad que, bajo la luz del día, intentaba fingir una opulencia que ya no poseía.

Atraeus Kade permanecía inmóvil en la sombra de un almacén abandonado, cuya madera podrida crujía bajo el peso de los años. No vestía armadura ni portaba el estandarte de ninguna casa noble, pero en ese rincón del mundo, su palabra era la única ley que importaba. Su casaca de cuero negro, ceñida al cuerpo, y sus botas altas de montar estaban diseñadas para la eficiencia, no para el espectáculo. Sus ojos, del color del acero templado, escudriñaban el movimiento de las grúas y el ir y venir de los estibadores que, sin saberlo, trabajaban para él.

Él no necesitaba un trono para gobernar. El poder de Atraeus residía en los hilos invisibles que conectaban los burdeles de la costa con las alcobas de la capital.

—Llegas tarde, Silas —dijo Atraeus, su voz era un susurro gélido que cortó el sonido de las olas rompiendo contra los pilares de piedra.

De entre la bruma surgió un hombre menudo, con el rostro marcado por la viruela y los ojos inyectados en sangre por el cansancio. Llevaba un paquete envuelto en tela de vela aceitada, apretándolo contra su pecho como si fuera su propia vida.

—La guardia de la ciudad ha triplicado las patrullas, mi señor —jadeó el hombre, deteniéndose a unos pasos de Atraeus—. El Rey Helios está paranoico. Dicen que busca traidores hasta en las alcantarillas.

Atraeus esbozó una sonrisa que no contenía rastro de calidez.

—Helios es un soldado. Los soldados ven enemigos en todas partes porque solo saben destruir. No entiende que el verdadero peligro no es el hombre que empuña una espada frente a ti, sino el que te sonríe mientras te sirve el vino.

Extendió una mano enguantada. Silas depositó el paquete con manos temblorosas. Atraeus lo abrió con movimientos lentos y deliberados. Dentro, encontró un cilindro de latón sellado con cera negra, sin marca alguna. Al romper el sello y desplegar el pergamino, sus ojos se entornaron. No eran simples mensajes de contrabando; era una lista.

Nombres. Cargos. Deudas.

Eran los nombres de una docena de nobles de la alta corte de Astrael, hombres y mujeres que públicamente juraban lealtad al nuevo orden de Helios, pero que, según este documento, estaban financiando en secreto una resistencia en las provincias del norte.

—¿De dónde ha salido esto? —preguntó Atraeus, su mente ya trazando las ramificaciones de cada nombre.

—Un mensajero de la Casa Valerius fue interceptado en el Camino de los Suspiros —respondió Silas—. El hombre no sobrevivió al interrogatorio, pero este paquete debía llegar a manos de la Reina Lyra.

Atraeus guardó el pergamino en el bolsillo interior de su casaca. El tablero acababa de cambiar. Si Helios descubría esto, habría una ejecución masiva que desestabilizaría el reino. Si Atraeus lo guardaba, tenía en sus manos las correas de los perros más poderosos de la nobleza.

—Vete, Silas. Desaparece de la ciudad por unos días. Toma esto.

Le lanzó una bolsa de monedas que el hombre atrapó en el aire antes de fundirse de nuevo con la niebla.

Atraeus no regresó de inmediato a su refugio. Caminó por las "Calles de Sal", observando cómo la ciudad se hundía en el vicio nocturno. Se detuvo frente a una puerta de madera reforzada con hierro: "El Ancla de Obsidiana", una taberna que servía como su centro de operaciones personal.

Al entrar, el ruido de las risas borrachas y el humo del tabaco barato lo envolvieron. Nadie lo saludó, pero el silencio se extendía a su paso mientras cruzaba la sala hacia las escaleras del fondo. En el piso superior, tras una puerta que solo él podía abrir, el ambiente cambiaba drásticamente. El lujo se manifestaba en alfombras orientales, muebles de madera de ébano y el aroma a jazmín y sándalo.

Isolda estaba allí, de pie junto a la ventana, observando la luna reflejada en el agua estancada del puerto. Llevaba un vestido de seda roja tan oscuro que parecía sangre a la luz de las velas, con un escote que dejaba poco a la imaginación y la espalda descubierta hasta la base de la columna.

—Te has tomado tu tiempo —dijo ella sin girarse. Su voz era una caricia peligrosa—. Empezaba a pensar que el mar te había reclamado, o que alguna ramera de los muelles te había entretenido más de lo debido.

Atraeus se acercó a ella, sus pasos amortiguados por la alfombra. Se colocó detrás de ella, sintiendo el calor que emanaba de su piel.

—El mar no se atrevería a reclamar lo que le pertenece a las sombras, Isolda. Y sabes bien que ninguna mujer en esta ciudad tiene lo que yo necesito, salvo tú.

Ella se giró en sus brazos, rodeando su cuello con sus manos finas pero fuertes. Isolda era su reflejo; una mujer que había aprendido a usar su belleza como un arma y su intelecto como un escudo. No había amor romántico entre ellos, al menos no del tipo que los poetas cantaban; era una mezcla de dependencia mutua, ambición compartida y una atracción física que rayaba en la violencia.

—¿Qué traes ahí? —preguntó ella, rozando con sus dedos el pecho de la casaca de Atraeus, justo donde guardaba el pergamino.

—El fin de la paz de Helios —respondió él.

Atraeus sacó el documento y lo extendió sobre una mesa de lectura. Isolda lo leyó en silencio, sus ojos brillando con una luz depredadora.

—Esto es... exquisito —susurró ella—. El Barón de Vesperia, la Condesa de Alora... incluso el Gran Maestre de la Logia. Si Helios ve esto, las cabezas rodarán por las escaleras del palacio.

—Helios no verá esto —dijo Atraeus, atrapando la barbilla de Isolda para obligarla a mirarlo—. No busco justicia, Isolda. Busco control. Estos nobles no van a morir; van a servirnos. Cada uno de ellos me debe su vida a partir de este momento.

Isolda sonrió, una expresión llena de malicia y deseo. Se pegó más a él, sintiendo la dureza de su cuerpo contra la suavidad del suyo.

—Eres un monstruo, Atraeus Kade. Un bastardo sin alma que quiere jugar a ser dios con la vida de los demás.

—Y tú eres la mujer que disfruta viéndome hacerlo —replicó él, bajando la cabeza para besar su cuello, justo en el punto donde el pulso de ella latía con fuerza—. ¿Acaso no es eso lo que te excita? ¿Saber que el destino de una nación se decide en esta habitación, entre mis manos y tu piel?

Ella soltó un gemido bajo cuando las manos de Atraeus bajaron por su espalda, apretando sus nalgas y pegándola violentamente contra su pelvis. El deseo entre ellos siempre era así: una chispa en un barril de pólvora. Atraeus la levantó sin esfuerzo, sentándola sobre la mesa de ébano, apartando los mapas y los informes que volaron por el suelo.

—Dime qué quieres, Atraeus —jadeó ella mientras él desataba los cordones de su corpiño con una urgencia controlada—. Dime que quieres verme de rodillas ante ti, igual que pondrás a esos nobles.

—Te quiero a mi lado mientras quemo este mundo —gruñó él, hundiendo su rostro entre sus pechos—. Y te quiero ahora mismo, para recordarme que estoy vivo mientras envío a otros a su ruina.

El encuentro fue feroz, desprovisto de la delicadeza de la nobleza que tanto despreciaban. Atraeus la poseyó con una intensidad que buscaba reclamar no solo su cuerpo, sino su voluntad. Isolda respondía con la misma moneda, clavando sus uñas en la espalda de él, marcándolo como suyo en la penumbra de la habitación. En ese acto, no eran aliados ni amantes; eran dos fuerzas de la naturaleza colisionando, alimentándose del peligro que los rodeaba.

Cuando finalmente el silencio regresó a la estancia, solo roto por el sonido de sus respiraciones agitadas, Atraeus permaneció un momento sobre ella, con la frente apoyada en la de Isolda.

—Mañana empezaremos el cobro —dijo él, su voz recuperando la frialdad profesional—. Empezaremos con el Barón de Vesperia. Él controla el flujo de grano hacia la capital. Si lo controlamos a él, controlamos el estómago de Helios.

Isolda se incorporó, arreglándose el cabello revuelto con una elegancia innata. Sus ojos aún brillaban por el encuentro, pero su mente ya estaba trabajando.

—¿Y qué pasa con la Reina Lyra? Si ella era la destinataria original de esta lista, sabrá que se ha perdido. Enviará a sus propios perros a buscarla.

Atraeus se levantó y comenzó a vestirse, recuperando su aura de invulnerabilidad.

—Que los envíe. Para cuando Lyra se dé cuenta de que el mensaje ha sido interceptado, yo ya habré tejido una red de la que ni ella ni su Rey podrán escapar.

Se acercó a la ventana y miró hacia la Ciudad Dorada en la distancia. Los fuegos de las patrullas brillaban como pequeñas brasas en la noche. Helios creía que había ganado la guerra al sentarse en el trono, pero la verdadera guerra, la que no dejaba cicatrices visibles pero que destruía imperios, estaba ocurriendo allí mismo, en las calles de sal, bajo el mando de un hombre que el mundo había preferido olvidar.

Atraeus Kade tocó el anillo con el sello de su casa caída. El frío del metal era un recordatorio constante de su promesa.

—El destino no se hereda, Isolda —susurró para sí mismo—. Se arrebata.

La noche en Vesperia continuaba, pero el equilibrio del poder acababa de inclinarse hacia las sombras. El primer movimiento en el tablero de Atraeus se había realizado, y antes de que saliera el sol, la primera familia noble empezaría a sentir el frío del veneno que él había preparado con tanto cuidado.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play