El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.
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capitulo 7
El capítulo 6 marca el inicio de una tregua frágil. Tras la tormenta emocional del despacho, Valeria y Min-ho entran en un terreno desconocido: el de la convivencia profesional teñida de una intimidad que ninguno sabe cómo manejar.
Capítulo 6: El Idioma de los Silencios
La nieve en Seúl tiene una forma particular de silenciar la ciudad. Esa mañana, mientras caminaba hacia el edificio de Han-Guk, el mundo parecía envuelto en algodón. Mis botas crujían sobre la capa blanca y fresca, y por primera vez desde que llegué, no sentía que el frío fuera mi enemigo. Tenía la foto —su foto— guardada de nuevo en mi bolsillo, como un amuleto que me quemaba el costado.
Ayer habíamos cruzado una línea roja. Él no me había echado, pero tampoco me había prometido amor eterno. Me había dado tres meses. Noventa días para demostrar que mi presencia no era una amenaza, sino una respuesta a una pregunta que él llevaba años evitando hacerse.
Al llegar a la planta 42, el ambiente era distinto. Las secretarias, que ayer me miraban con lástima, hoy lo hacían con una curiosidad mal disimulada. El rumor de que la "consultora española" seguía en su puesto a pesar del ultimátum se había extendido más rápido que el wifi de la oficina.
Entré en mi pequeño despacho y encontré un café caliente sobre la mesa. No era el café aguado de la máquina común. Era un espresso doble, con un aroma intenso a grano recién molido, de la cafetería de lujo que había en la planta baja. No había nota, pero sabía quién lo había enviado.
—Paso número uno —susurré, dándole un sorbo. Sabe a victoria.
A media mañana, mi teléfono sonó. Era él.
—Venga a mi despacho, Valeria. Tenemos que revisar los presupuestos del lanzamiento en Europa.
Su voz volvía a ser profesional, pero ya no era gélida. Había un matiz, una nota baja de suavidad que solo alguien que ha compartido un sueño con él podría detectar.
Cuando entré, Min-ho estaba de pie frente a una pizarra blanca llena de números y diagramas de flujo. No me miró inmediatamente. Se limitó a señalar una silla.
—He estado pensando en lo que dijo sobre la "conexión emocional" —empezó, sin rodeos—. Si vamos a hacer esto, quiero que sea real. No quiero marketing barato. Quiero que me explique cómo planea vender un software de inteligencia artificial sin que parezca que estamos reemplazando el alma humana.
Me senté y abrí mi cuaderno. Durante las siguientes tres horas, trabajamos de una forma que nunca imaginé. Él aportaba la lógica, la estructura, la viabilidad técnica. Yo aportaba el "porqué", el sentimiento, la narrativa. Fue una danza intelectual extraña y fascinante. A veces, nuestras manos rozaban la misma página y sentía una descarga que me obligaba a retirar los dedos como si me hubiera quemado.
—¿Por qué me mira así? —preguntó él de repente, soltando el rotulador.
—¿Así cómo?
—Como si estuviera esperando que desaparezca. Como si yo fuera un espejismo.
Me quedé en silencio un momento. No podía decirle que en mis sueños él solía desvanecerse justo cuando la luz del alba tocaba las cortinas.
—Es difícil separar al hombre que me gritó ayer del hombre que acaba de enviarme un café esta mañana —respondí con sinceridad.
Min-ho se sentó en el borde de su escritorio, muy cerca de mí. Se quitó las gafas de ver y se frotó el puente de la nariz. Parecía humano. Parecía real.
—Valeria, no sé qué está pasando —confesó, bajando la voz—. No soy una persona que crea en el destino. Creo en el trabajo duro y en los resultados trimestrales. Pero desde que usted llegó, no puedo dormir. Y cuando lo hago...
Se detuvo. Sus ojos buscaron los míos con una urgencia que me cortó la respiración.
—¿Y cuando lo hace? —le insté a seguir.
—Sueño con una playa. Una playa que no he visitado en veinte años. Y usted está allí. No es una consultora, no lleva traje. Lleva un vestido blanco y me llama por mi nombre de una forma que... que me hace sentir que el resto de mi vida es la verdadera mentira.
Me quedé helada. Lo sabía. Él también estaba atrapado en esa red invisible que unía nuestras almohadas.
—No estamos locos, Min-ho —dije, estirando la mano para tocar su brazo, esta vez sin miedo—. Hay algo que nos conecta. No sé si es el pasado, o si es algo que aún no ha sucedido, pero no luche contra ello. Déjelo entrar.
Él se apartó bruscamente, como si mi tacto fuera un cable de alta tensión. El muro volvió a subir, aunque esta vez las piedras estaban sueltas.
—Tengo una cena de negocios esta noche con los inversores de Shin-Hwa —dijo, recuperando su tono de jefe—. Es en una casa de té tradicional en Insadong. Quiero que venga. No como consultora, sino como mi asesora de estrategia. Necesito que vean que tenemos una visión global.
—¿Insadong? —pregunté. El nombre me resultaba familiar.
—Es el barrio antiguo. El barrio de los templos y los artesanos. Esté lista a las siete. Un coche pasará a buscarla por el hotel.
Salí de su despacho con el corazón latiendo a un ritmo frenético. Insadong. Ese era el lugar del portal de madera antigua de mi primer sueño. La realidad estaba empezando a calcar mis fantasías con una precisión aterradora.
Pasé la tarde intentando concentrarme, pero era imposible. Le escribí a Marcos un mensaje corto: "Sigo viva. El trabajo es intenso. Hablamos el fin de semana". Me sentí como una traidora. Marcos era el hombre que estaba en mi contrato de vida, pero Min-ho era el hombre que estaba en mi alma. ¿Cómo se explica eso sin parecer una loca de manual?
A las siete en punto, un sedán negro de cristales tintados me esperaba en la puerta del hotel. El chófer me abrió la puerta con una reverencia. Dentro, el olor a cuero y a ese perfume de Min-ho me envolvió.
Llegamos a Insadong cuando ya era noche cerrada. El barrio era un laberinto de callejuelas estrechas, iluminadas por farolillos de papel que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes de piedra. El coche se detuvo frente a una puerta de madera maciza, con un tejado curvado hacia arriba.
Allí estaba él.
Llevaba un traje gris oscuro, pero esta vez se había quitado la corbata. Al verme bajar del coche, su expresión se suavizó por un segundo antes de volver a la máscara de negocios.