En un mundo de poder y violencia, Luca vive sin sentir… hasta que Elena irrumpe en su vida. Entre traiciones y enemigos, el amor se vuelve su mayor debilidad… y su única salvación.
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capitulo 22
Pasaron semanas.
Casi un mes entero.
Y Luca no volvió.
Ni una sola vez.
Al principio, Elena se obligó a creer que era parte de algo más grande.
Un castigo.
Una prueba.
Otra de esas formas retorcidas que él tenía de controlarla sin estar presente.
Porque eso era lo que Luca hacía mejor: desaparecer sin realmente irse.
Pero esta vez… algo no encajaba.
No había visitas inesperadas en la noche.
No había miradas desde las sombras.
No había órdenes susurradas ni silencios que pesaran más que los gritos.
Solo vacío.
Y el vacío, a diferencia del miedo, no se puede negociar.
La rutina cambió.
No de golpe.
No con explicaciones.
Simplemente… cambió.
Elena ya no tenía tiempo para pensar demasiado.
Desde antes de que saliera el sol, las puertas se abrían con golpes secos en los pasillos. El sonido de pasos firmes anunciaba el inicio de otro día igual al anterior.
—Más rápido.
—No te detengas.
—Eso está sucio.
Las voces de las empleadas no eran gritos constantes, pero tampoco eran humanas. Eran frías, mecánicas, como si hablaran con algo que no importaba.
Elena aprendió a no responder.
No porque aceptara.
Sino porque entendió que discutir no cambiaba nada.
Pisos interminables.
Escaleras que parecían no terminar nunca.
Habitaciones demasiado grandes para alguien que debía sentirse invisible.
El cansancio dejó de ser algo temporal.
Se volvió parte de ella.
Sus manos empezaron a agrietarse.
Su espalda dolía incluso cuando no se movía.
Sus piernas temblaban al final del día, como si ya no recordaran cómo sostenerla.
Y aun así… seguía.
Porque parar significaba caer.
Y caer, en ese lugar, no parecía una opción con regreso.
Con el paso de los días, su reflejo empezó a cambiar.
No de manera dramática al principio.
Sutil.
La piel más pálida.
Los ojos más hundidos.
El cuerpo más liviano, como si algo dentro de ella se estuviera apagando lentamente.
Había bajado de peso.
Mucho.
Demasiado.
Pero nadie lo comentaba.
Nadie preguntaba.
Y eso era peor que cualquier insulto.
Porque significaba que la estaban dejando desaparecer sin siquiera tener que tocarla.
Por las noches, el mundo era más pequeño.
La llevaban de regreso al tercer piso.
Siempre el mismo camino.
Siempre el mismo silencio.
La habitación no cambiaba.
La cama seguía siendo demasiado grande para una sola persona.
Las paredes seguían igual de frías.
Y el aire… igual de pesado.
Elena se sentaba en el borde de la cama sin encender luces.
A veces se quedaba así durante minutos.
A veces durante horas.
Mirando la nada.
Escuchando el sonido de su propia respiración como si fuera de otra persona.
Una noche, sin saber exactamente por qué, habló.
—¿Por qué…?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
No había nadie para responderla.
Y eso fue lo peor.
Porque incluso cuando había miedo, al menos había una dirección.
Pero ahora… ni eso.
Solo silencio.
Lejos de ahí, en otro mundo dentro del mismo infierno, Luca hacía exactamente lo contrario de lo que todos esperaban de él.
Desaparecía.
Pero no como castigo.
No como estrategia consciente.
Sino como una forma de no sentir.
Las noches eran siempre iguales.
Luces bajas.
Música que no escuchaba.
Voces que no registraba.
Alcohol servido sin preguntar.
Mujeres diferentes cada vez.
Algunas intentaban hablarle.
Otras reían.
Algunas solo lo miraban esperando algo.
Pero Luca no se quedaba en ninguna.
No porque no pudiera.
Sino porque no quería.
O quizás… porque no podía querer.
No las miraba realmente.
Sus ojos pasaban por ellas como si fueran parte del fondo.
No había interés.
No había conexión.
Solo presencia física.
Una distracción.
Un intento fallido de apagar algo que no dejaba de encenderse en su cabeza.
Porque en algún momento, sin importar lo que hiciera, siempre volvía la misma imagen.
Elena.
Mirándolo.
Sin miedo.
Sin bajar la vista.
Desafiándolo sin decir una palabra.
Y después… ese beso.
No había sido planeado.
No había sido limpio.
No había sido nada que encajara con su mundo.
Y sin embargo, no podía borrarlo.
Luca apretó la mandíbula una noche, mirando el fondo de su vaso.
—No significa nada… —murmuró para sí mismo.
Pero la frase ya no tenía el mismo peso que antes.
No sonaba como verdad.
Sonaba como defensa.
Y eso lo irritaba.
Lo irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Otra —ordenó sin mirar.
Y otra mujer se acercó.
Se sentó a su lado como si fuera rutina.
Como si él fuera un lugar y no una persona.
Pero Luca ni siquiera giró la cabeza.
Porque no era ella.
Y eso era lo único que importaba ahora, aunque lo negara.
Dante lo observaba desde la puerta.
No entraba.
No interrumpía.
Solo miraba.
Como alguien que ya había visto este tipo de caída demasiadas veces.
—Seguís igual —dijo finalmente.
Luca no respondió.
El vaso subió a sus labios otra vez.
—O peor.
Silencio.
Dante entró un paso más.
—Ya pasó casi un mes.
Pausa.
—Y no fuiste a verla.
Luca bajó el vaso lentamente.
—No hace falta.
Dante soltó una risa breve, sin humor.
—Claro.
Se acercó un poco más.
—Por eso pensás en ella.
El silencio que siguió fue distinto.
Más pesado.
Más real.
Luca levantó la mirada.
Oscura. Cerrada.
—Cerrá la boca.
Pero Dante no retrocedió.
—Te estás alejando.
—No.
—Sí.
Otra pausa.
Más larga esta vez.
—Pero no de ella —terminó Dante.
Eso sí lo tocó.
El vaso se detuvo en el aire.
Luca no habló.
Porque sabía que si hablaba… iba a perder algo.
Y no sabía qué era peor: admitirlo o seguir negándolo.
Esa misma noche, en el tercer piso, Elena estaba sentada en la cama.
Las manos apoyadas sobre las rodillas.
El cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, como si el peso del cansancio finalmente hubiera decidido quedarse.
La habitación estaba en silencio absoluto.
Pero ya no le parecía extraño.
El silencio se había vuelto compañía.
—No vas a volver… —murmuró.
Esta vez no había pregunta.
No había dolor visible en la voz.
Solo comprensión.
Como si algo dentro de ella hubiera dejado de esperar.
Y ese cambio… era peligroso.
Porque la esperanza, incluso en lugares como ese, era lo único que mantenía a las personas atadas a la vida.
Y ella… acababa de soltar un poco de esa cuerda.
En algún punto de la ciudad, Luca salió del lugar sin decir nada.
El aire frío lo golpeó de lleno.
Pero no lo despertó.
Porque el problema no era el frío.
Era lo que seguía dentro de su cabeza incluso cuando todo estaba en silencio.
Elena.
Siempre Elena.
Y por primera vez en mucho tiempo, la idea de no ir a verla dejó de sentirse como control.
Y empezó a sentirse como pérdida.
Lejos.
Pero no libres.
Ninguno de los dos.
Porque aunque el mundo los separara…
ya habían empezado a destruirse en el mismo punto.