⚠️✅️Sam y Norman comienzan a saciar su sed de aventura, lejos de su amada familia. El camino comienza a dificultarse, pero cuatro almas sellan sus destinos.✅️⚠️
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Flores y poder
Las puertas de cristal oscuro del salón principal se abrieron con un sonido que recordó al cristal chocando con la seda. Lucien dio el primer paso, sintiendo que el suelo de mármol negro vibraba bajo sus botas. A su lado caminaba Norman, que sostenía su saquito de hierbas como si fuera un amuleto de guerra. Detrás de ellos, Alaric avanzaba con una elegancia que ponía los pelos de punta, seguido de cerca por Marcos y Peter, los dos cazadores que habían decidido seguir a Lin en su traición a la Orden.
Marcos, un hombre de hombros anchos y pocas palabras, no dejaba de mirar las paredes. Peter, más joven y con los ojos muy abiertos, mantenía la mano en el pomo de su espada, impresionado por la grandeza del lugar.
El salón era inmenso. Al fondo, sobre una plataforma de piedra blanca, no había uno, sino dos asientos principales. El primero era el Gran Trono de los Blackshield, hecho de un cristal que atrapaba la luz del sol y la transformaba en destellos violetas. Pero a su lado, un poco más pequeño pero igual de imponente, había un asiento de obsidiana negra.
Al ver esos dos tronos, una ráfaga de viento frío recorrió el salón y los ojos de Lucien se nublaron. El rubí en su pecho ardió con una fuerza descomunal.
-Está ocurriendo otra vez.- Susurró Norman, sosteniendo a Lucien del brazo -Estás recordando.-
Lucien no respondió. Su mente ya no estaba en las ruinas. Estaba trescientos años atrás.
Hace tres siglos atrás: El Día de la Renuncia
El salón estaba lleno de nobles, generales y embajadores de todos los reinos conocidos. El aire olía a incienso caro y a miedo. En el centro, frente al trono donde su padre, el Rey, lo esperaba con la corona de oro en las manos, estaba Malric Vexillarius.
Malric era la definición de un Príncipe Guerrero. Su armadura estaba marcada por mil batallas y su sola presencia hacía que los soldados se cuadraran. Era el heredero perfecto, el hombre que todos esperaban que gobernara con puño de hierro.
Pero Malric no miraba la corona. Miraba hacia la entrada, donde Alaric estaba de pie, envuelto en sombras, siendo observado con asco y temor por toda la corte.
-Hijo mío...- Dijo el Rey, alzando la corona -el tiempo de tu reinado ha llegado. Arrodíllate y recibe el poder de los Blackshield. Conviértete en el Rey que este mundo necesita para aplastar a las sombras.-
Malric dio un paso adelante, pero no se arrodilló. Se quitó el casco y lo dejó caer al suelo, el sonido metálico resonó en todo el salón como una sentencia.
-No - Dijo Malric, y su voz era más firme que el acero.
Un murmullo de horror recorrió a los nobles. El Rey bajó los brazos, confundido.
-¿Qué dices? Eres el heredero de la sangre. El trono es tuyo por derecho.-
-Renuncio- Declaró Malric, girándose para señalar a Alaric -No seré el Rey de un mundo que me pide odiar lo que amo. No seré el soberano de quienes llaman "monstruo" a aquel que ha protegido mi espalda en cada batalla.-
Malric caminó hacia Alaric frente a todos. Alaric, que en aquel entonces ocultaba su vulnerabilidad bajo una máscara de frialdad, bajó la mirada, abrumado por el sacrificio que el príncipe estaba a punto de hacer. Malric le tomó la cara con ambas manos, obligándolo a mirarlo.
-Si el precio de esta corona es vivir sin ti, entonces que la corona se convierta en polvo.- Dijo Malric, para que todos lo escucharan - Renuncio a mi puesto de Rey para ser algo mucho más grande: seré el Consorte de Alaric. Seré su escudo, su compañero y su amante hasta que el tiempo se detenga.-
Malric se giró hacia su padre, con una mirada tan dominante que incluso el Rey retrocedió.
-No necesito un reino para ser un guerrero. Mi reino es él. Mi hogar es la sombra que él proyecta. Si quieren un Rey, busquen a otro. Yo elijo mi propia libertad.-
En ese momento, Malric se arrodilló, pero no ante su padre ni ante la corona. Se arrodilló ante Alaric, el ser que todos despreciaban. Alaric, con los ojos húmedos de emoción, le puso una mano en el hombro, aceptando el pacto. Malric, el guerrero más fuerte del reino, se entregaba voluntariamente al mando de su amado vampiro, no por debilidad, sino por un amor que era más poderoso que cualquier trono.
Lucien parpadeó, regresando al presente. Sus piernas temblaban, pero su mirada era distinta. Miró a Alaric, que lo observaba con una tristeza infinita, recordando aquel mismo día.
-Renuncié por ti - Susurró Lucien, con la voz de Sam pero el peso de Malric -No quise ser Rey si eso significaba perderte.-
Alaric se acercó y le tomó la mano con suavidad.
-Y por eso, Malric, el destino te ha traído de vuelta. Esta vez no hay un Rey anciano que te obligue a elegir. Esta vez, el trono es tuyo para proteger a los que quedan, y yo sigo siendo el mismo que espera en las sombras.-
Norman, que había estado escuchando todo en silencio, se secó una lágrima.
-Vaya historia, Sam... digo, Lucien. Renunciar a todo por amor. Ahora entiendo por qué Alaric te mira así.-
Marcos y Peter, los cazadores, se miraron entre sí. Marcos asintió con respeto.
-Un hombre que renuncia a una corona por lealtad es un hombre al que vale la pena seguir.- Dijo Marcos con su voz ronca. Peter simplemente asintió, impresionado por la lealtad del antiguo príncipe.
De repente, el rubí en el pecho de Lucien empezó a brillar con una luz blanca que se mezclaba con el violeta del palacio.
-La piedra- Dijo Lucien -Me está mostrando algo más. Me está mostrando que el palacio tiene una defensa... un arma que solo el Consorte y el Heredero pueden activar juntos.-
Alaric puso su mano sobre la de Lucien, cubriendo el rubí.
-Es la Barrera de Sangre y Sombra. Pero para activarla, Lucien, debes sentarte en el trono y reclamar tu linaje. Ya no como el príncipe que huye, sino como el hombre que ha vuelto por su gente.-
Lucien caminó hacia el trono de cristal. Cada paso era como si estuviera recuperando un trozo de su alma. Se sentó en el trono violeta, y al instante, el palacio entero rugió de poder. Las paredes de cristal se volvieron sólidas, las grietas se cerraron con magia y un escudo de energía invisible cubrió todo el valle.
-¡Funciona!- Gritó Norman, sintiendo que su propia magia de hechicero vibraba en armonía con el palacio.
Pero mientras Lucien reclamaba su trono, la oscuridad de Quirno seguía avanzando.
A un día de distancia, los rastreadores de la Orden de la Luz llegaron a la entrada de la aldea de Sam. Se ocultaron entre los árboles, observando el humo de las chimeneas y el trigo dorado que Sam tanto amaba.
-Esa es la casa.- Dijo uno de los rastreadores, señalando la cabaña de los padres de Sam -El objetivo es el anciano y la mujer. El Sumo Sacerdote los quiere vivos para el sacrificio.-
-¿Y el resto de la aldea?- Preguntó otro, afilando su daga.
-Quirno dijo que diéramos una lección. Si alguien se interpone, que su sangre riegue el trigo.-
Los rastreadores esperaron a que la luz del sol empezara a bajar. No sabían que Lin y sus otros dos cazadores cabalgaban desesperadamente hacia ellos, con los caballos echando espuma por la boca. Era una carrera contra el tiempo: la luz de Lin contra la sombra de los rastreadores.
En el salón del trono, Lucien cerró los ojos, sintiendo la conexión con cada piedra del valle.
-Vienen- Dijo Lucien, y su voz ahora resonaba en todo el palacio -Quirno viene con su odio, y sus hombres ya están en mi hogar.-
Alaric se colocó a su lado, en el trono de obsidiana.
-Entonces dales una bienvenida que nunca olviden, Lucien Blackshield. Muéstrales que el Príncipe Guerrero ha vuelto, y que esta vez, tiene a la oscuridad de su lado.-
Marcos y Peter se colocaron en la base de los tronos, con sus ballestas listas. Norman levantó sus manos, y el aire de la sala empezó a oler a flores y a poder antiguo. El despertar estaba completo. La guerra ya no era una posibilidad, era un hecho.