Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 1
Todo comenzó un verano.
Yo estaba sentado en una plaza, mirando cómo los demás niños podían comprar un helado. Escuchaba el tintineo de las monedas, el chirrido del carrito, las risas. Ellos elegían sabores. Yo elegía no mirar fijo para no sentir envidia.
Pero miraba.
Porque no podía evitar ver lo que no podía tener.
Un helado era un lujo que mi familia no podía darse. Y yo ya había aprendido, a los ocho años, que hay cosas que simplemente no te pertenecen por más que las mires.
—¿Se te antoja?
Una voz. Cerca.
Giré la cabeza y la vi.
Era una niña. Un poco… gordita. Pero tenía algo que no supe describir en ese momento. Algo que brillaba sin necesidad de luz. Quizá eran los ojos. Quizá la forma en que me miraba como si ya me conociera de antes.
* Abril de niña*
Extendió su helado.
—Tengo dos —dijo, como si fuera lo más normal del mundo mentir para compartir—. Pero te puedo dar uno… si juegas conmigo.
No lo dudé.
* Milo de niño*
—Está bien.
Y entonces nos fuimos a jugar.
No recuerdo cuánto tiempo pasó. Solo sé que ella reía mucho. Demasiado. Bromista, ocurrente, un poco tonta —en el buen sentido—. No le molestaba hacer el ridículo. Corrió mal, cantó peor, inventó reglas sobre la marcha y las cambió cuando le convenía. No pensaba demasiado nada. Solo vivía.
Y yo, que siempre andaba con el freno de mano puesto, de repente me sentí libre.
Ella era fresca. Era cool.
No sé cuántas vueltas dimos a la plaza. Tampoco importaba.
Cuando por fin nos sentamos en el borde de la fuente, ella me miró y dijo:
—Me llamo Abril.
—¿Como la estación del año? —pregunté, fascinado.
Asintió, orgullosa.
—Sí. ¿Te gustaría ser mi amigo?
—Sí —dije, sin pensarlo. Por primera vez en mucho tiempo, sin pensarlo.
— Me llamo Milo— dije Mientras sujetaba mi mano,
Entonces me abrazó.
De la nada.
Sin permiso, sin aviso, como si los abrazos fueran gratis (y tal vez lo eran para ella).
Y se fue.
Corrió hacia su mamá que la esperaba al otro lado de la plaza, agitó la mano, y desapareció entre los árboles.
Yo me quedé sentado, con el sabor a fresa en los labios, y un vacío caliente en el pecho que no entendía.
Ese fue el primer día que Abril me eligió.
Y también el primer día que supe, sin saberlo, que jamás volvería a estar solo del todo.
Todas las tardes nos encontrábamos en la plaza.
Siempre en el mismo banco. Siempre con la misma promesa tonta de jugar "solo un rato" hasta que el sol se escondía. Pero Abril tenía esa magia de alargar el tiempo. Una tarde se convertía en dos. Dos en tres. Y cuando quería darme cuenta, ya era de noche y mi mamá me estaba llamando desde la ventana.
Un día, sin embargo, no pude sonreír.
—Necesito dinero —dije, mirando el suelo—. Mi mamá necesita ayuda para sus medicamentos.
Abril se quedó callada. Eso ya era raro en ella.
—Pero somos muy pequeños —dijo despacio—. No podemos trabajar. Es ilegal. El trabajo infantil… nos va a llevar la policía.
Sentí un miedo frío recorriéndome la espalda. No al trabajo. A la policía. A que se llevaran a mi mamá por no poder cuidarme. A que me separaran de lo poco que tenía.
Abril me miró con esos ojos que siempre parecían estar resolviendo un problema.
—Pero debemos pensar en algo —dijo.
Y entonces se le iluminó la cara. Como si hubiera encontrado un tesoro.
—Quizás… si le pregunto a mi mamá, nos pueda ayudar.
No me dio tiempo a decir nada.
Me tomó de la mano.
Y caminamos.
No soltó mi mano en ningún momento. Ni cuando cruzamos la calle. Ni cuando giramos por la avenida. Ni cuando las casas empezaron a ser más grandes, más bonitas, más imposibles.
Hasta que llegamos a una que más que casa parecía una mansión.
Yo nunca había visto una mansión.
Tenía rejas negras, un jardín con flores que parecían pintadas, y una puerta tan alta que parecía que iba a tragarme.
Abril tocó el timbre.
Abrió una señora con uniforme. El ama de llaves.
Nos vio de la mano y levantó una ceja. No dijo nada. Pero lo dijo todo.
—Señora Analía —dijo Abril, como si ese nombre lo pudiera todo.
Su madre vino rápido.
Era alta. Elegante. Y cuando nos vio, por un segundo, creo que quiso sonreír. Pero se contuvo.
—Mami —dijo Abril con esa voz que no aceptaba un no—. Necesitamos un trabajo.
Su madre parecía estar aguantando la risa. La boca se le torcía. Los ojos le brillaban.
—¿Por qué? —preguntó, intentando sonar seria. Pero se le notaba que ya había perdido la batalla.
Entonces yo hablé. Sin pensarlo. Con la urgencia de un niño que sabe que el tiempo se acaba.
—Porque la mamá de mi amigo necesita dinero para sus medicamentos.
Se hizo un silencio.
El ama de llaves nos miró. La madre de Abril nos miró. El jardín, las flores, las rejas negras, todo parecía estar mirándonos.
Y entonces la madre de Abril dijo:
—Bien. Si es así… si me hacen algunos trabajos aquí, les daré dinero.
No recuerdo si respiré después de eso.
Recuerdo, eso sí, que Abril apretó mi mano más fuerte.
Y que yo, por primera vez en días, sentí que tal vez mi mamá iba a estar bien.