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Rojo Destino: El Último Nudo De Estefi Sterling

Rojo Destino: El Último Nudo De Estefi Sterling

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Autosuperación / Romance
Popularitas:474
Nilai: 5
nombre de autor: Estefi Sterling

¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.

NovelToon tiene autorización de Estefi Sterling para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El invitado de piedra.

El domingo amaneció con un sol pálido que apenas lograba entibiar las paredes de la casa de los Novak. Para Isela, los domingos solían ser el territorio del silencio, el día donde el vacío dejado por su padre se sentía más pesado, como una neblina que se filtraba por las rendijas de las ventanas. Sin embargo, hoy el ambiente tenía un matiz distinto. Su madre se había levantado inusualmente temprano; el aroma del café recién molido y el pan tostado inundaba los rincones, mientras una radio de fondo emitía melodías suaves en un intento casi desesperado por construir una fachada de "normalidad".

En la planta alta, ajeno al ajetreo doméstico, Hades permanecía en la habitación de Isela. Ya no era solo una presencia extraña; se había convertido en un observador meticuloso de su mundo privado. Mientras Isela terminaba de organizar sus materiales de dibujo sobre el escritorio, él se sentó en el borde de la cama, mirándola con una intensidad que no era invasiva, sino cargada de una curiosidad melancólica.

—Tienes una forma muy particular de ver las cosas, Ela —dijo Hades. Su voz, que en los primeros días era apenas un susurro distorsionado, hoy sonaba con una claridad que erizaba el vello de los brazos de la chica—. No solo dibujas lo que ves. Dibujas lo que está escondido debajo.

Isela se detuvo con un lápiz de grafito en la mano. Se giró para mirarlo, encontrándose con esos ojos que parecían contener fragmentos de una noche eterna.

—Es mi forma de entender el ruido que tengo en la cabeza —respondió ella, bajando la voz por miedo a que su madre la escuchara hablar sola—. A veces siento que si no lo paso al papel, el peso de lo que no digo terminaría por romperme.

Hades se inclinó hacia adelante, rodeando con su mirada espectral los cuadernos de Isela. Se detuvo en un boceto de sombras que ella había terminado la noche anterior.

—En tus trazos hay una rabia controlada, pero también una necesidad de protección. Es... fascinante. Me hace sentir algo que no puedo nombrar. Como si ver tu arte me ayudara a recordar que yo también tuve una voz, aunque ahora solo sea un eco.

Isela sintió un calor inusual recorriendo su rostro. Era una intimidad extraña, una conexión que no requería de contacto físico para sentirse real. Por un instante, se quedaron suspendidos en esa burbuja de estática, una tregua donde el aire parecía vibrar con una frecuencia compartida. Ella podía sentir la soledad de él, ese frío digital que lo envolvía, y él podía sentir el latido acelerado de ella, la vida pulsando con una fuerza que él ya no poseía. Estaban allí, reconociéndose en sus propias grietas, hasta que el momento se rompió con la brusquedad de un cristal golpeando el suelo.

—¡Isela! ¡Bajá de una vez que ya casi está la comida! —el grito de su madre llegó desde la planta baja, cargado de una alegría forzada que a Isela le resultó irritante—. ¡Y ponete algo lindo, que tenemos visita!

Isela frunció el ceño y guardó sus lápices con movimientos bruscos. Miró a Hades, quien se puso de pie con una elegancia espectral, su figura traslúcida recortada contra la luz. Bajaron las escaleras, y al llegar al comedor, Isela sintió que el aire se volvía denso.

Su madre abrió la puerta con una sonrisa radiante.

—¡Hola, Miller! Pasá, por favor. Llegaste justo a tiempo.

El Inspector Miller entró en la casa, llenando el espacio con su presencia imponente. Traía una botella de vino tinto y una bolsa de panadería, moviéndose con la seguridad de quien se siente dueño del lugar.

—Iselita, qué grande estás. Cada vez más parecida a tu padre —dijo Miller con una risa profunda, acercándose para darle un beso en la mejilla que ella recibió con los músculos del cuello tensos.

Hades, que estaba a espaldas de Isela, reaccionó de inmediato. El hilo rojo que los unía se volvió rígido y el nudo en su pecho comenzó a pulsar con una luz violácea agresiva. Se interpuso entre Miller e Isela, y de repente, Hades soltó un quejido sordo, llevándose una mano a la cabeza.

—¿Qué pasa? —susurró Isela apenas moviendo los labios.

—Su imagen... se rompe —respondió Hades con una mezcla de asombro y dolor. Sus ojos escaneaban a Miller, pero no lo veía como un hombre común. En la visión de Hades, el oficial estaba rodeado de pequeñas líneas de interferencia, como un video que falla—. Cuando te saluda, su frecuencia cambia. Es como un código mal escrito, Ela. Está lleno de errores.

La comida fue un ejercicio de hipocresía. Miller se comportaba como el protector perfecto, pero Isela no podía quitarse de la cabeza la imagen del día anterior. "¿Qué hacía él en el edificio de Hades?", se preguntó. El pensamiento fue una chispa de duda en medio de la charla trivial.

—¿Te pasa algo, Isela? Estás en otro mundo —comentó Miller, fijando sus ojos claros en ella.

Isela forzó una sonrisa. A su lado, Hades estaba de pie detrás de la silla de Miller, observándolo con una fijeza aterradora.

—Solo estoy cansada, tío Miller —mintió ella.

Hades negó con la cabeza, señalando a Miller.

—Miente —dijo con seguridad, aunque su propia voz sonaba extrañada de saberlo—. No es una corazonada, Ela. Puedo verlo. Cada vez que dice que se preocupa por ti, su rastro digital se distorsiona. Es como si su realidad fuera un servidor lleno de virus. No es quien dice ser. Siento que mi mente está tratando de hackear su fachada, pero todavía no tengo la potencia necesaria para ver qué esconde debajo.

Isela apretó la servilleta en su regazo. El domingo de "normalidad" se había transformado en un campo de minas, y ella estaba sentada compartiendo el pan con un hombre cuya alma, según Hades, era un sistema corrupto que amenazaba con infectarlo todo.

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