Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.
Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.
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El Duelo Final
CAPÍTULO 24: El Duelo final
A la mañana siguiente, Laura llegó a BrightClean con una energía renovada. Había cerrado el capítulo de Michel —para siempre, esta vez de verdad—, Alfred había hablado con su madre (ella lo llamó al día siguiente y, para sorpresa de ambos, acordaron verse ese fin de semana), y la vida, por fin, parecía encarrilarse. El sol entraba por los ventanales del edificio, y hasta el café de la máquina expendedora le supo mejor de lo habitual.
Pero Thompson no iba a permitirle ni un minuto de respiro. El hombre era como una avispa: aparecía cuando menos lo esperabas, zumbaba en tu oído y trataba de picarte justo cuando estabas distraída.
Cuando Laura entró a su oficina, encontró a Beatriz esperándola junto a la puerta, con el rostro pálido y los brazos cruzados. No era una palidez cualquiera. Era la palidez de quien ha visto venir el desastre y no ha podido evitarlo.
—Thompson se fue a la reunión con el cliente del edificio central —dijo Beatriz, en voz baja, como si temiera que las paredes tuvieran oídos—. Dijo que tú no estabas capacitada para manejar la cuenta. Literalmente dijo eso delante de todos.
—¿Qué? —Laura sintió que la sangre le hervía en las venas. Dejó su bolso sobre la mesa con un golpe seco—. Esa cuenta es mía. Yo la gané, yo la trabajé, yo la mantuve durante seis meses. ¿Quién se cree que es para venir a robármela?
—Lo sé —dijo Beatriz, encogiendo los hombros—. Pero él convenció a los de arriba de que tú estás "demasiado ocupada con asuntos personales". Usó esas palabras, como si tener una vida fuera un delito.
Laura apretó los puños con tanta fuerza, que sintió las uñas clavándose en las palmas. Respiró hondo una vez, dos veces, tres veces. Pero no iba a explotar. No aquí. No delante de Beatriz. Pero algo dentro de ella se estaba encendiendo, un fuego frío que solo aparecía cuando la empujaban demasiado lejos.
—¿Dónde está ahora? —preguntó, con una calma que asustaba más que un grito.
—En la sala de juntas, llevan unos veinte minutos reunido con el cliente
Laura no dijo nada más. Salió de la oficina como una exhalación, que los tacones iban golpeando el suelo de como un tambor de guerra. Beatriz se quedó mirándola irse, con una mezcla de admiración y miedo.
—Que Dios los ampare —murmuró, y se persignó.
La puerta de la sala de juntas estaba cerrada. Laura no llamó, no pidió permiso. No esperó a que alguien la invitara a pasar. Entró directamente girando la manija con decisión, y abriendo la puerta de par en par.
Thompson estaba sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa de satisfacción mal disimulada. Tenía los brazos apoyados en los reposabrazos de la silla, como un rey en su trono. Frente a él, el cliente —un hombre de negocios de unos cincuenta años, traje azul marino, corbata a rayas, expresión seria— la miró con sorpresa. Había estado hablando, y Laura lo había interrumpido en medio de una frase.
—Señora McCormick —dijo Thompson, enderezándose en la silla, con esa falsa cortesía que Laura conocía demasiado bien—. No sabía que iba a venir hoy. Pensé que estaba ocupada con sus asuntos personales.
Laura lo miró solo un segundo. Pero en ese segundo, Thompson vio algo que le hizo tragar saliva. No era odio lo que había en sus ojos. Era algo peor: certeza.
—Me desocupé —respondió Laura, con una frialdad que pareció helar el aire de la sala—. Precisamente para atender a nuestro cliente. Porque los asuntos importantes señor Thompson, son los que generan dinero. Y los que generan dinero son los que merecen mi atención.
El cliente la miró con interés genuino. Inclinó ligeramente la cabeza, como un jugador de ajedrez que acaba de ver una jugada inesperada.
—Usted es Laura McCormick, ¿verdad? —preguntó, con una voz grave y pausada—. He oído hablar de usted.
—Espero que bien —respondió Laura, sonriendo con la calma de quien no necesita demostrar nada porque ya lo ha demostrado todo—. Si ha oído mal, por favor no me lo diga. Prefiero vivir en la ilusión.
El cliente soltó una carcajada corta, sincera. Thompson enrojeció.
—De usted todo el mundo habla muy bien, señora McCormick. Por eso me extrañó que no estuviera en la reunión. Cuando confirmé mi visita, pedí expresamente hablar con usted.
Laura le lanzó una mirada rápida a Thompson, como quien lanza un dardo sin mover la mano.
—Tuve un imprevisto familiar —dijo, sin dar más detalles—. Pero ya está completamente resuelto.
Thompson intentó intervenir, probablemente para desacreditarla. O para recordar algún error viejo, para inventar alguna excusa.
—Señor Thompson —lo interrumpió Laura, sin mirarlo siquiera— ¿Puede dejarnos a solas? Necesito hablar con el cliente de temas confidenciales. Temas que con todo respeto, no son de su incumbencia.
Thompson enrojeció aún más. Sus mejillas se tornaron de un color púrpura, que combinaba mal con su traje gris.
—Eso no es necesario —dijo, con los dientes apretados—. Yo puedo quedarme. Soy el gerente regional, tengo derecho a…
—No dije que pudiera —cortó Laura, y esta vez sí lo miró directo a los ojos sin pestañear—. Le dije que se fuera.
El silencio se hizo denso como la niebla. El cliente miró a uno y a otro, claramente divertido por el espectáculo. Thompson la miró con un odio tan puro, que parecía brillarle en las pupilas. Pero se levantó, cogió su carpeta, y salió de la sala dando un portazo que hizo temblar los cuadros de la pared.
Laura esperó tres segundos. Luego se sentó frente al cliente, cruzó una pierna sobre la otra y puso las manos sobre la mesa.
—Disculpe la interrupción —dijo, con una sonrisa profesional—. Hay personas que aún no han aprendido a trabajar en equipo. Hablemos de negocios.
El cliente sonrió.
—Usted me gusta, señora McCormick. Hablemos de negocios.
La reunión duró una hora. Durante esa hora, Laura desplegó todas sus armas: datos, proyecciones, experiencia, carisma. No habló mal de Thompson ni una sola vez. No hizo falta. El cliente era inteligente, y la inteligencia no necesita explicaciones.
Cuando terminaron, el cliente había firmado una extensión del contrato por dos años más. Dos años con opción a renovación automática. Laura salió de la sala con la carpeta bajo el brazo, y una sonrisa de triunfo que no pudo ni quiso ocultar. Thompson la estaba esperando en el pasillo, apoyado contra la pared con los brazos cruzados de la furia. Laura lo miró y le pareció una estatua.
—Esto no ha terminado —dijo, con los dientes apretados. Su mandíbula temblaba ligeramente—. Usted cree que me ha ganado, pero esto es solo una batalla. La guerra sigue. Laura no se detuvo. Pasó a su lado como si Thompson fuera un mueble más del pasillo.
—Tiene razón —respondió sin mirarlo, con la voz tranquila de quien ya está pensando en la siguiente jugada—. Esto apenas empieza. Pero le recomiendo que se prepare. Porque yo señor Thompson, no pierdo dos veces la misma guerra.
Entró a su oficina y cerró la puerta con un clic suave pero definitivo. Beatriz, que estaba fingiendo revisar unos papeles, levantó la vista con admiración.
— ¿Lo despediste? —preguntó, con los ojos muy abiertos.
—Todavía no —respondió Laura, dejando la carpeta sobre la mesa—. Pero va a desear que lo hubiera hecho. Créeme.
— ¿Qué vas a hacer entonces?
Laura se recostó en su silla, entrelazó los dedos detrás de la nuca y sonrió. Era una sonrisa fría, calculadora, casi felina.
—Voy a darle cuerda para que se mueva. Para que haga sus jugadas y se sienta inteligente. Y cuando se
haya enredado lo suficiente en sus propias mentiras, voy a tirar del hilo y se va a enterrar solo, Beatriz. ¡Para lograr eso, solo necesito paciencia!
Beatriz negó con la cabeza, pero sonrió.
—Eres más peligrosa de lo que parece, Laura. Cuando te conocí pensé que eras solo una mujer trabajadora. Ahora veo que eres una estratega.
—Lo sé —respondió Laura, y volvió a su trabajo como si nada hubiera pasado.
Esa noche cuando llegó a casa, Alfred la recibió en la puerta con una copa de vino tinto en cada mano. La casa olía a leña quemada y a canela. Había puesto música suave, algo de jazz, y la chimenea estaba encendida.
—¿Celebramos? —preguntó él, tendiéndole una copa.
Laura tomó el vino, pero no bebió. Lo miró a los ojos, buscando la respuesta antes de la pregunta.
— ¿Qué celebramos?
—Hablé con mi madre —dijo Alfred, con una sonrisa que le iluminaba toda la cara—. Viene a vernos el fin de semana. Dijo que quiere conocerte, pero esta vez conocerte de verdad.
Laura sintió escalofríos por todo el cuerpo. Dejó la copa sobre la mesa y lo abrazó con fuerza, apoyando la cabeza en su pecho.
—Eso es maravilloso, Alfred. Es todo lo que quería.
—Y a tí —dijo él, acariciándole el pelo—, ¿cómo te fue con Thompson?
Laura se separó lo suficiente para mirarlo a los ojos.
—Le gané por ahora…
— ¿Y qué va a pasar con él?
—No lo sé —admitió ella, encogiendo los hombros—. Pero no voy a dejar que me destruya. No después de todo lo que he construido. Él es solo un obstáculo, Alfred. Y los obstáculos se saltan o se rodean, pero no se les permite detenerte.
Alfred la besó. Fue un beso lento, profundo, de esos que no necesitan palabras.
—Esa es mi chica —susurró contra sus labios.
Se sentaron en el sofá frente a la chimenea, cada uno con su copa de vino, viendo cómo las llamas danzaban sobre los troncos. Laura se recostó en el hombro de Alfred y cerró los ojos. Por un momento, solo un momento, no hubo Thompson, ni Maritza, ni Valeria, ni pasado. Solo el calor del fuego, el latido del corazón de Alfred contra su mejilla, y el silencio cómplice de una casa que por fin se sentía como un hogar.
— ¿Crees que algún día tengamos paz? —preguntó Laura, en un hilo de voz.
Alfred tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz era suave pero firme.
—No lo sé —dijo—. Pero mientras estemos juntos, no me importa. La paz está sobrevalorada. Yo prefiero estar contigo en la tormenta que solo sin ti en la calma.
Laura sonrió con los ojos cerrados.
—Eso es lo único que importa —murmuró.
Afuera, la noche caía sobre Wisconsin. La luna estaba cubierta por nubes grises, y el viento soplaba frío entre los árboles. Pero dentro de esa casa, había calor. En algún lugar de Miami muy lejos de allí, Maritza y Valeria brindaban con ron barato, en la cocina de un apartamento pequeño y mal iluminado. La botella estaba casi vacía, y las dos mujeres tenían los ojos brillantes, pero no por el alcohol.
—Por la venganza —dijo Valeria, levantando su vaso de plástico.
—Por la venganza —repitió Maritza, chocando su vaso con el de su cómplice.
Valeria sonrió. Era una sonrisa torcida, peligrosa, la de una mujer que ha planeado algo durante mucho tiempo y está a punto de ejecutarlo.
—Laura no sabe lo que se le viene encima —dijo Valeria, bebiendo de un trago—. Cree que ganó. Cree que está a salvo. Pero nosotras sabemos que no es verdad.
Maritza asintió con los labios apretados.
—Lo único que le importa en este mundo es Alfred —dijo, con la voz cargada de veneno—. Así que si le quitamos a Alfred…
—No —la interrumpió Valeria, levantando un dedo—. No se lo quitamos. Le hacemos creer que ella lo perdió. Eso duele más y no tiene cura.
Y en la oscuridad de esa cocina mal iluminada, las dos mujeres sonrieron. Sus dientes brillaron bajo la luz amarillenta del bombillo, y sus sombras se alargaron en las paredes como dos fantasmas esperando su momento.
Laura no sabía lo que se le venía encima. No sabía que mientras ella dormía en brazos de Alfred, en Miami se tejía una red a su alrededor. No sabía que el verdadero peligro no era Thompson, ni Michel, ni el pasado. El verdadero peligro tenía nombre de mujer y sonrisa de cuchillo. Pero pronto lo descubriría. Muy pronto.