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El Cazador De Princesas

El Cazador De Princesas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Fantasía épica / Héroes
Popularitas:551
Nilai: 5
nombre de autor: victor91

En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.

Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.

A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.

¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?

NovelToon tiene autorización de victor91 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Eso que no controlamos

Preus, con la mano temblorosa, sacó de su bolsa un objeto de otro reino.

Una flecha viajó a toda velocidad y se incrustó en su hombro, pero él no le dio importancia. Sacó un trozo de piedra roja brillante, miró a su alrededor por última vez y la apretó con fuerza hasta hacerla estallar.

El estallido abrió un portal hacia otro reino, y lo cruzó.

Cayó de rodillas sobre tierra seca. Su mirada se posó en el suelo; algunas lágrimas se deslizaron y se fundieron con la tierra. Sus manos se dejaron vencer, cayeron derrotadas, cansadas. Su cuerpo adoptó una postura de desconcierto.

La imagen de la princesa mirándolo a los ojos lo atormentaba: esa línea roja en su cuello dibujada con el filo de su hacha, la sangre caliente saltando descontrolada.

—¿Podrás vivir con esto? —le había dicho ella.

Lo había logrado. Cumplió una de sus misiones: había matado a la primera princesa y destruido el primer reino.

Pero no podía sacar de su mente los ojos verdosos de la muchacha, ni sus palabras al morir, ni el olor de su sangre caliente salpicando su rostro.

Se levantó y empezó a caminar.

Su mente se retorcía entre pensamientos. Aún tenía lesiones provocadas por los poderes de la princesa, pero esto era distinto. Ella había querido hacerlo colapsar, que sucumbiera a su debilidad por la vida. Había visto humanidad en sus ojos.

Comprendió que el cazador, ante todo, era un ser pensante, alguien que intentaba hallar el equilibrio en cada situación. Por eso atacó su espíritu: el hecho de que no podría soportar arrebatarle la vida a una chica por el simple hecho de existir, por el simple hecho de ser princesa.

Preus caminó más deprisa.

La princesa sabía que le costaría reponerse después de matarla, que le sería difícil volver a cometer un acto tan atroz. Eso pensaba él. Eso revoloteaba en su mente.

Pisa con fuerza; sus dientes se liman entre sí con rabia, y sigue el sendero.

Ella no había intentado salvar su vida ni su reino: buscaba salvar otros. Sabía que podía volver vulnerable al cazador, y esa ecuación lógica retumbaba dentro de su cabeza.

Preus se aferra con fuerza a sus hachas. Respira agitado; la furia se escapa por sus ojos.

—Esa princesa no sabe nada de mí... no se imagina de lo que soy capaz —exclama mientras acelera su andar.

Encuentra una enorme ciudad y camina por el centro de sus calles.

El lugar está lleno de naturaleza; plantas y flores trepan por las casas. Es un territorio floral.

Los ciudadanos lo observan pasar, petrificados. Su aura apesta a muerte, y además lleva una flecha clavada en el hombro.

Trompetas suenan a lo lejos; la gente se moviliza. Era seguro que los guardias acudirían a detenerlo.

En segundos, una legión se planta frente a él: treinta o cuarenta hombres impiden su paso.

Detrás de ellos se eleva el castillo.

Preus se detiene. La respiración de los soldados se vuelve pesada en el aire. Cierra los ojos por un instante.

En la oscuridad que lo envuelve, encuentra a la princesa Leila. Ella está de pie, observándolo.

Él se acerca. Siente frío. Rápidamente distingue un corte en su cuello, una delicada línea roja que despide sangre como una cascada.

Preus se detiene. Ella le sonríe: sus ojos son blancos, no reflejan nada.

—Camina sin miedo, cazador —dice ella, mostrando los dientes rojos en una sonrisa impropia—. ¿Estás preparado para esto?

Preus comienza a respirar agitado. Su corazón se acelera, galopa como un caballo salvaje.

La ira se mezcla con la sangre; el cuerpo entero hierve.

Salta hacia la princesa y descarga un golpe con su hacha, pero la atraviesa como si fuera humo. Ella ríe a carcajadas y cambia de postura.

Él reacciona rápido, lanza otro ataque, pero solo es una imagen, una proyección de su mente.

El cazador grita enfurecido, escupe saliva y rabia mientras lanza tantos golpes como puede contra la figura que se disuelve cada vez que acierta.

Ella ríe aún más. La sangre brota de su cuello, su figura fantasmal se desarma cuando el hacha la atraviesa y se rehace en otra posición.

Preus intenta destruirla, pero no logra hacerla desaparecer. Todo ataque es en vano.

Un rayo de luz cae entre ambos, brillante e impenetrable. El destello los separa.

Preus abre los ojos: la ciudad del nuevo reino lo observa con miedo. A sus pies, más de treinta guardias yacen muertos por sus hachas.

De su boca escapa un aliento caliente, desenfrenado; sus ojos se tiñen de rojo. Camina entre los cuerpos, pisa manos y piernas. Algunos guardias arrojan sus armas y ruegan por sus vidas, pero él sigue su camino, directo al castillo.

Su cerebro se retuerce. El enfado con la princesa, el acto de matar, el dolor de sus heridas lo empujan a un estado de locura desmedido.

Los guardias del castillo se atrincheran en la entrada. Cientos de lanzas se perfilan en la puerta, listas para detener el avance de la amenaza que se acerca.

Los hombres transpiran dentro de sus armaduras de cuero, se miran entre sí y esperan la irrupción.

De repente, algunas gotas se estrellan contra el suelo, la muralla y los cascos: el inicio de la lluvia que despide al Reino Floral.

La tarde se va, la oscuridad de la noche comienza a cubrirlo todo.

La lluvia arrecia, pero los guardias no abandonan su posición.

La luz se filtra aterradora por la ventana de la princesa. Un relámpago resuena en todo el reino.

Ella duerme en su cama, completamente cubierta por las sábanas.

Una sombra enemiga se dibuja en la desolación del cuarto, allí donde solo se mira cuando se tiene miedo.

La sombra camina hacia la cama.

Ella la observa a través de la fina seda.

La ventana se golpea contra el marco; el viento y la lluvia invaden la habitación.

El recuerdo de Leila sonriendo se esparce por toda su mente. La imagen de ella entendiendo que no podría cargar con ello, que no soportaría el peso de haberla asesinado.

La sombra se acerca hasta quedar junto a la cama. El hedor a princesa es abundante.

En la oscuridad de su mente, Leila lo señala y ríe a carcajadas mientras la sangre brota de su cuello.

Preus toma con fuerza ambas hachas. Sus manos están mojadas, de sudor y lluvia.

La princesa se contrae como un feto, cierra los ojos y se cubre el rostro con las manos ante la enorme sombra que se erige junto a ella.

El cazador sigue en trance. Las imágenes de muerte, los actos violentos, destrozan su razón.

Está atrapado en un juego que no sabe cómo jugar, uno en el que solo puede perder.

Con la luz de otro relámpago colándose por la ventana, alza un brazo sobre su cabeza y, con la mano temblorosa, descarga un golpe mortal sobre la princesa.

A un costado de la cama, una visión fugaz de Leila se presenta, riendo a carcajadas y mofándose de él.

El enojo lo consume. Se deja llevar por su inestabilidad y comienza a golpear con ambas hachas a la princesa que se escondía tras las sábanas.

Su mente ya no procesa el sonido. Por eso no escucha los gritos desgarradores que escapan de la chica.

La sangre salta en todas direcciones. El cazador grita, intenta vaciar su alma, liberar la furia encerrada.

De pronto, la sábana —ya no blanca— se desliza y cae al suelo.

La luz de un nuevo relámpago ilumina el cuarto, y sobre la cama aparece el rostro de una niña, de corta edad, ya sin vida.

Preus se detiene. Los ojos de la pequeña lo observan inertes; aún se notan los surcos de lágrimas en su rostro.

Traga y exhala aire con desesperación, se aleja de la cama mientras la luz revela lo encarnizado de su acto.

Todo su cuerpo tiembla tanto que deja caer una de sus hachas.

La puerta del cuarto se abre. El rey y la reina entran y se detienen de golpe, paralizados por la visión.

El hombre da un salto y corre hasta la cama, toma entre sus brazos a la niña y llora desconsolado.

La mujer cae al suelo, vencida por la imagen grotesca de su hija sin vida.

Preus intenta controlar el temblor de su mano mientras busca algo en su bolsa.

Encuentra un objeto, lo toma, observa a lo lejos cómo la luz de los relámpagos iluminan las casas y los árboles antes de desvanecerse.

Tarea cumplida.

Aprieta el objeto con fuerza hasta hacerlo estallar en su mano.

Un portal se abre.

El cazador lo cruza mientras observa a un padre desaparecer entre lágrimas, con su pequeña en brazos.

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