Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 16: El millonario terco.
✨💜 MENSAJE DEL DÍA 💜✨
Hola, mis lectoras hermosas 😘
Paso a saludarlas y a recordarles que sus comentarios son muy importantes para mí. Me encanta leerlas y saber qué piensan de la historia, qué sienten con los personajes y qué creen que pasará después 💬📖
Así que las invito a comentar mucho y dejar su opinión. ¡Las quiero ver activas! ❤️
📲 Y no olviden seguirme en mis redes sociales para más novelas, novedades y contenido:
Facebook: Rosa Carrasco
Instagram, YouTube y TikTok: Autor CINVAN
Gracias por el apoyo de siempre 💕
Las adoro 💋
— CINVAN ✨
Sebastián se fue a las seis de la mañana.
Cassidy lo escuchó desde la cama. Los pasos rápidos en la planta baja, cajones abriéndose y cerrándose, el maletín, las llaves, la puerta principal. No el ritmo de un hombre que sale tranquilo a trabajar. El ritmo de alguien que tiene fuego en los zapatos.
Se asomó por la ventana y lo vio subirse al carro con el teléfono pegado a la oreja y la mano libre gesticulando. Hablaba rápido. Cassidy no alcanzó a oír pero no le hacía falta. Sabía exactamente lo que estaba pasando dentro de la cabeza de Sebastián Duarte a las seis de la mañana de un miércoles.
Pánico.
Porque anoche lo había visto en sus ojos cuando se encontró a Daniel en el pasillo. No solo celos. No solo rabia. Pánico puro de animal acorralado. Sebastián sabía que Cassidy tenía los correos. Sabía que tenía a un millonario en la cama. Sabía que cada día que pasaba el cerco se le cerraba más. Y un hombre con pánico hace una de dos cosas: o huye o mueve fichas desesperadas.
Sebastián no era de los que huyen.
Vas a mover el dinero, pensó Cassidy viéndolo arrancar el carro y salir por la reja. Vas a intentar sacar lo que puedas antes de que yo lo encuentre. Y cuando lo hagas, Valentina te va a estar mirando.
El carro desapareció calle abajo. Cassidy sonrió, se apartó de la ventana y bajó a la cocina a prepararse café.
A las diez de la mañana sonó el timbre.
Lucía fue a abrir. Volvió a la cocina con cara de circunstancia.
—Señora, es el vecino.
—¿Otra vez? ¿Qué trae ahora? ¿Más flores?
—Comida.
Cassidy frunció el ceño y caminó hasta la puerta. Daniel estaba en el porche con dos bolsas de tela en las manos, una en cada brazo, llenas hasta arriba. Olía a algo que Cassidy no reconoció pero que le hizo rugir el estómago.
—¿Qué es eso?
—Comida. La hice yo.
—¿Tú cocinas?
—Mi madre me enseñó que cuando alguien sale del hospital se le lleva comida. Ya sé que saliste del hospital hace semanas, pero llevo semanas intentando traértela y no me dejabas pasar.
Cassidy lo miró. Las bolsas de tela, la camiseta arrugada, los ojos de miel con ojeras de no dormir. Después de lo de anoche —el sexo, Sebastián en el pasillo, la escena en la puerta— cualquier hombre normal se habría alejado. Cualquier hombre con dos dedos de frente habría dicho «esta mujer es un problema» y habría desaparecido.
Daniel estaba en su puerta con comida casera.
—Pasa —dijo. Y se sorprendió a sí misma diciéndolo.
Daniel entró a la cocina y empezó a sacar recipientes de las bolsas. Cassidy se sentó en la isla y lo observó con la misma curiosidad que le dedicaba a las cosas de esta época que no entendía: los ascensores, las escaleras mecánicas, este hombre.
Había traído arroz con pollo, ensalada, pan recién hecho, una sopa espesa que dijo que era de lentejas y un postre de chocolate que según él era la receta de su madre y según Cassidy era lo mejor que había probado en dos vidas.
—¿Dónde aprendiste a cocinar así? —preguntó con la boca llena.
—Mi mamá. Ella cocinaba todos los días. Decía que la comida es la forma más honesta de decirle a alguien que te importa.
—¿Tu mamá sabe que le cocinas a una mujer casada que te echó de su cama tres veces?
—Mi mamá murió hace cuatro años. Pero si estuviera viva, probablemente me diría que soy un idiota.
—Tu mamá tenía razón.
Daniel se rió. Cassidy siguió comiendo.
Se sentaron en la sala después. Cassidy en el sofá grande, con las piernas recogidas y la taza de café en las manos. Daniel en el otro sofá, el de enfrente, a distancia. No intentó sentarse al lado. No intentó tocarla. No intentó convertir la visita en otra cosa.
Y eso fue lo que hizo que Cassidy bajara la guardia.
—¿Por qué medicina? —preguntó. No supo por qué lo preguntó. No le interesaba la vida de nadie. No tenía tiempo para conversaciones que no sirvieran para ganar una batalla. Pero lo preguntó.
—Porque mi hermano se murió y nadie pudo salvarlo.
Lo dijo sin drama. Sin bajar la voz. Sin esa pausa dramática que la gente pone cuando cuenta algo triste para que le des el pésame. Lo dijo como se dice un hecho: el cielo es azul, el agua moja, mi hermano se murió.
—Se llamaba Tomás. Dos años menor que yo. Leucemia. Lo diagnosticaron a los quince. Duró tres años. Los mejores oncólogos, los mejores hospitales, todo el dinero del mundo. No sirvió de nada. Se murió un martes a las cuatro de la tarde en una cama del hospital más caro de la ciudad con mi padre gritándole a los médicos que hicieran algo y mi madre rezando en una capilla.
Cassidy lo miraba sin parpadear.
—Yo tenía diecinueve. Estaba en primer año de la carrera de negocios porque mi padre quería que dirigiera la empresa. Esa noche fui al departamento de admisiones de la facultad de medicina y cambié la matrícula. Mi padre no me habló durante un año.
—¿Y ahora?
—Ahora me habla, pero solo para decirme que estoy desperdiciando mi vida, que debería estar en la junta directiva de Laboratorios Reyes, que Tomás se habría muerto igual y que la medicina no salvó a mi hermano ni va a salvar a nadie. Lo dice en cada cena familiar. En cada cumpleaños. En cada Navidad. Es su forma de recordarme que lo decepcioné.
—Suena encantador.
—Es un hijo de puta. Pero es mi padre.
Cassidy le dio un trago largo al café. En el Viejo Oeste no había conocido a nadie que hablara así de su familia. Los hombres con los que se juntaba o no tenían familia o no hablaban de ella. Padres ausentes, madres muertas, hermanos que se mataron entre sí por un pedazo de tierra. La tragedia era moneda corriente y nadie se detenía a examinarla.
Pero Daniel hablaba de su hermano muerto y de su padre imposible con una honestidad que a Cassidy la incomodaba. Como si le estuviera mostrando una herida abierta sin pedirle que la curara. Solo mostrándola. Solo diciendo: esto es lo que soy, esto es lo que cargo.
—¿Por qué no vives como rico? —preguntó Cassidy—. Tienes más dinero que Dios, según tengo entendido. Y vives en una casa normal, manejas un carro viejo y trabajas en un hospital público.
Daniel se encogió de hombros.
—Porque el dinero de mi familia me da asco. Se hizo vendiendo medicamentos a precio de oro a gente que los necesitaba para vivir. Mi padre le cobra a un enfermo de cáncer lo que gana un obrero en un año por un tratamiento que cuesta una fracción. Tomás se murió de leucemia y mi padre sigue vendiendo quimioterapia como si fuera caviar. No quiero vivir de eso. No quiero que mi casa, mi carro, mi ropa huelan a eso.
—¿Y por qué no lo cambias? Eres el heredero. Podrías tomar la empresa y bajar los precios.
—Porque mi padre todavía está vivo y controla todo. Y porque si tomo la empresa tendría que dejar la medicina. Y la medicina es lo único que me hace sentir que la muerte de Tomás sirvió para algo.
Silencio. Largo.
Cassidy lo miró por encima de la taza de café. Lo miró de verdad, no como había mirado al vecino guapo que le servía para desahogarse, no como había mirado al cuerpo que le quitaba la rabia en el asiento trasero de un carro. Lo miró como miraba a las personas cuando necesitaba decidir si confiar en ellas: buscando la grieta, la mentira, el ángulo oculto.
No lo encontró.
O este hombre es el mejor actor que he conocido en dos vidas, o de verdad es lo que parece. Y lo que parece es un tipo jodido, honesto y terco que cocina arroz con pollo y no sabe cuándo rendirse.
—A mí me encanta mi dinero —dijo Cassidy.
Daniel levantó las cejas.
—¿En serio?
—Cada centavo. Lo heredé de un padre que lo ganó trabajando. Me lo robaron durante dos años y ahora lo estoy recuperando. Y cuando lo recupere, me voy a comprar todo lo que se me antoje sin un gramo de culpa. Porque tuve dos vidas y en las dos fui pobre, y te puedo asegurar que ser pobre no tiene nada de noble.
—¿Dos vidas?
Mierda.
—Es una forma de hablar —corrigió Cassidy rápido—. Antes del coma y después del coma.
Daniel la miró con esos ojos de miel que veían más de lo que Cassidy quería mostrar. No insistió. Pero algo cambió en su cara. Una chispa de curiosidad que se guardó para después.
—Entonces somos opuestos —dijo—. Tú amas tu dinero y yo odio el mío.
—Somos opuestos en todo.
—No en todo.
—¿En qué nos parecemos?
—Los dos sabemos lo que es perder todo y tener que construir de cero. Los dos tenemos un padre que intentó protegernos a su manera y la cagó. Y los dos estamos sentados en esta sala un miércoles a mediodía cuando deberíamos estar trabajando.
Cassidy soltó una carcajada.
No una risa de compromiso. No una risa calculada. Una carcajada de verdad, desde el estómago, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Le salió antes de poder detenerla y cuando quiso cortarla ya era tarde. El sonido llenó la sala y rebotó en las paredes de mármol y en el candelabro del techo.
Era la primera vez que se reía así desde que despertó en este cuerpo.
La primera vez en esta vida.
Probablemente la primera vez en la otra también.
Daniel la miró reírse y algo le cambió en la cara. Algo suave, casi imperceptible, que Cassidy no vio porque tenía los ojos cerrados. Pero Lucía, que estaba espiando desde la cocina con el cuaderno en la mano, sí lo vio.
Y lo anotó. Porque Lucía anotaba todo.
—¿Qué escribes? —le preguntó Cassidy después, cuando Daniel se había ido y ella estaba recogiendo los recipientes vacíos.
—Nada, señora.
—Lucía.
—Anoté que se rió. Es la primera vez que la veo reírse de verdad desde que la conozco. Me pareció importante.
Cassidy miró los recipientes de comida casera sobre la encimera. El arroz con pollo, la sopa de lentejas, el postre de chocolate de la madre muerta. Y pensó en un hombre que odiaba su propia fortuna pero cocinaba como si la cocina fuera lo único limpio que le quedaba en la vida.
No te enamores, Boone.
Pero la frase ya sonaba como un eco viejo. Como un cartel de «Se busca» desteñido por el sol en la puerta de un saloon abandonado. Todavía se leía, pero ya nadie le hacía caso.
—Lucía.
—¿Sí, señora?
—¿Valentina Torres ha llamado?
—No, señora. Dijo que el primer informe estará listo la próxima semana.
—Bien. Necesito que me consigas algo.
—Lo que sea.
—Un libro de cocina. De los buenos. Si ese hombre me va a traer comida, no pienso quedarme atrás.
Lucía sonrió. Cassidy le lanzó una mirada asesina.
—Ni una palabra.
—Ni una, señora.
—Ni en el cuaderno.
—... Ya la anoté.
—Lucía, te voy a bajar el sueldo.
—No lo va a hacer.
—No. No lo voy a hacer. Pero ganas no me faltan.
Lucía se fue riendo a buscar el libro de cocina y Cassidy se quedó sola en la cocina con el último pedazo del postre de chocolate en la mano y una sonrisa que no podía quitarse por más que lo intentara.
Estoy jodida, pensó. Completamente jodida.
Y se comió el chocolate.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖