Él era solo un niño de 20 años; ella, una guerrera de 28 huyendo de una traición.
Cuando Elena despierta en una casa de seguridad, lo último que espera es encontrarse con un joven de mirada color miel y una confianza que la descoloca. Tras una noche de pasión que ella jura olvidar, Elena lo desprecia: "Niño, busca a tu padre, no tengo tiempo para juegos".
Él solo le responde con una promesa que le quema el alma: "Este niño acaba de darte el mejor recuerdo de tu vida... y voy a volver por ti".
Diez años después, el niño se ha convertido en un hombre implacable. Elena ha sobrevivido a todo, pero no está lista para el regreso de aquel extraño. Él no ha olvidado su aroma, su fuerza, ni a su "gordita". Esta vez, no aceptará un "no" por respuesta.
Una historia de reencuentro, poder y una obsesión que el tiempo no pudo borrar.
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Capitulo 4
Elena cerró la puerta de la mansión tras de sí, sintiendo que el aire de la calle era más puro que el que respiraba allí dentro. Al entrar al gran salón, el escenario estaba montado. Su padre, sentado en su sillón de cuero como si fuera un rey, su madrastra retocándose las uñas con desdén, y Sofía, su hermanastra, revisando una revista de moda.
—Vaya, miren quién decidió aparecer —soltó Sofía sin levantar la vista—. Huele a desesperación y a sudor desde aquí. ¿En qué tugurio te metiste, Elena? Estás hecha un desastre, aunque bueno, con ese cuerpo no es como si pudieras lucir mucho mejor.
Elena no respondió. Se sirvió un vaso de agua fría, ignorando el temblor de sus manos. El recuerdo de los ojos miel del joven de la noche anterior todavía le quemaba la piel, dándole una fuerza que nunca antes había sentido.
—Elena —tronó la voz de su padre—, esto es el colmo. Tu prometido me llamó destrozado. Dice que cancelaste la boda por un "malentendido" y que ahora andas por ahí como una cualquiera. No voy a permitir que arruines el nombre de esta familia con tus complejos de gorda resentida.
—¿Injusta? —Elena soltó una carcajada seca que heló la habitación—. Injusto es que me hayas vendido a un hombre que me engañaba en mi propia cara. Injusto es que hayas metido a estas dos parásitos en la casa que mi madre construyó con su esfuerzo.
Sofía se levantó, caminando hacia ella con sus tacones de aguja, tratando de usar su altura para intimidarla.
—Ay, por favor. Supéralo. Estás vieja, gorda y amargada. Solo servías para casarte y darnos alianzas. Pero no te preocupes —Sofía sonrió con una maldad pura—, yo me encargaré de consolar a los hombres que tú no sabes mantener. De hecho, escuché que el contacto de papá tiene un hijo... un tal Alexander. Dicen que es un Adonis. Me iré con él, Elena. Me quedaré con tu empresa, con tu casa y con cualquier hombre que te atreva a mirar. Porque a una mujer como yo nadie la rechaza, y a ti... a ti solo te usan de alfombra.
Elena sintió una punzada al escuchar el nombre, pero se mantuvo firme. Si Alexander era el joven de anoche, Sofía no tenía ni la más mínima oportunidad.
—No te vas a quedar con nada, Sofía —dijo Elena, sacando una carpeta de cuero de su bolso—. Papá, sé que crees que esta empresa es tuya porque mi madre te dejó administrarla. Pero olvidaste leer la letra pequeña del testamento. "Administración cedida hasta la mayoría de edad o hasta la traición del cónyuge".
Su padre se puso de pie, rojo de ira.
—¡No te atrevas! ¡Soy tu padre, me debes respeto! Estás siendo increíblemente injusta conmigo después de todo lo que te he dado.
—¿Respeto? El respeto se gana, y tú lo perdiste el día que permitiste que esta niña me humillara en mi propia mesa —Elena lanzó los papeles sobre la mesa—. A partir de mañana, la empresa pasa a mi control total. La casa también. Tienes una hora para empacar tus cosas y llevarte a tu "familia" de aquí.
—¡Es mi casa! —gritó la madrastra, rompiendo su silencio.
—No, es la mía —sentenció Elena—. Papá, si quieres seguir trabajando, te mantendré el puesto de gerente de planta. Pero se acabaron los lujos. Tendrás el sueldo de cualquier otro empleado, ni un centavo más. Tendrás que aprender lo que es trabajar de verdad para mantener los caprichos de estas dos.
—¡Eres una hija desnaturalizada! —gritó su padre, acercándose con la mano en alto.
Elena no retrocedió. Sus 1.60 metros de altura se sintieron como una montaña infranqueable. Se plantó frente a él, desafiante.
—Atrévete —susurró—. Atrévete a tocarme y te juro que terminarás el resto de tus días en una celda, viendo cómo deshago cada uno de tus logros. ¡Estoy harta! Harta de sus críticas, de sus burlas sobre mi peso, de que me traten como una pieza de mercancía. ¡Váyanse al carajo todos!
Sofía retrocedió, asustada por la intensidad en los ojos de Elena. Jamás la habían visto así. La "gordita sumisa" había muerto esa noche en los brazos de un desconocido, y en su lugar, había nacido una mujer que no conocía la piedad.
—Tienen sesenta minutos —dijo Elena, dándoles la espalda—. Si después de ese tiempo encuentro un solo tacón de Sofía o una corbata tuya en esta casa, llamaré a seguridad y los sacaré a rastras frente a todos los vecinos. Elijan: salen por su cuenta o salen como la basura que son.
Elena subió las escaleras sin mirar atrás, escuchando los gritos y los insultos que se desvanecían debajo de ella. Al llegar a su habitación, se dejó caer en la cama. El silencio de la casa nunca se había sentido tan victorioso.