A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El dolor del alma vendida
Giselle cruzó el umbral del lujoso apartamento de Diego sintiéndose como una extraña atrapada en una película de terror. El lugar era frío, minimalista y perfecto, justo como el hombre que la esperaba de pie junto al ventanal, con una copa de cristal en la mano y la mirada perdida en las luces de la ciudad.
—Llegas tarde —sentenció él sin girarse. Su voz era una advertencia gélida que cortaba el aire.
—Había tráfico —mintió ella con la voz quebrada por el cansancio. Estaba físicamente agotada, con el aroma del antiséptico del hospital aún pegado a su piel como un recordatorio de su angustia.
Diego se giró y la escaneó de arriba abajo con una intensidad que la hizo estremecer. Esperaba ver en ella el brillo de quien regresa de un encuentro amoroso, pero lo que encontró fue a una mujer al borde del colapso. Notó sus ojos rojos, la hinchazón de sus párpados y el ligero temblor de sus manos.
—Hueles a hospital —observó él, acercándose peligrosamente. Su instinto de protección libraba una batalla perdida contra sus celos—. ¿Fuiste a ver a tu "amigo" Enrique al trabajo? ¿Tan pronto te hace falta su compañía?
Giselle no respondió. No podía. Si abría la boca, se echaría a llorar y le gritaría la verdad: que su hija estaba luchando por su vida a pocos kilómetros de allí.
—Escucha bien, Giselle —continuó él, ignorando su silencio y señalando un documento sobre la mesa—. A partir de hoy, estas son las reglas. No saldrás de este apartamento sin avisar a mi chofer. No habrá llamadas privadas después de las diez de la noche. Y sobre todo, no verás a ese hombre mientras dure nuestro trato. Quiero exclusividad total.
Giselle asintió mecánicamente. "Diez de la noche", pensó con pánico. ¿Cómo llamaría a Enrique para saber si la pequeña Ana había despertado?
—¿Dónde está? —preguntó Diego de repente, cambiando el tono a uno más agresivo—. El anillo. Sé que fuiste a una casa de empeño hoy. Dámelo ahora mismo.
Giselle retrocedió, llevándose la mano al pecho donde, oculto bajo su blusa y colgado de una fina cadena, descansaba la joya.
—¿Cómo sabe lo del anillo? —preguntó ella, aterrada por el nivel de control que él ejercía—. No... no puedo dárselo. No tiene ningún derecho, es mío.
—En este apartamento, todo lo que te pertenece me pertenece a mí —sentenció Diego, acortando la distancia hasta dejarla acorralada contra la pared—. Es una pieza demasiado valiosa para que una mujer como tú la malvenda por ahí. ¿O es que acaso tu amante ya se gastó el cheque que te di y necesitas más?
—¡No es por eso! —gritó ella, con las lágrimas desbordándose—. Este anillo es lo único que me queda de una noche en la que creí que alguien podía quererme de verdad. ¡No es un objeto, es mi único recuerdo de esperanza!
Giselle no entendía por qué Diego estaba tan obsesionado con una joya que, según ella, pertenecía a un desconocido. Diego, por su parte, sentía que la sangre le hervía al escuchar que ella atesoraba el anillo por el "recuerdo" de otro, mientras lo trataba a él como a un monstruo. Sin previo aviso, Diego estiró la mano y, con un movimiento rápido y firme, rompió la cadena del cuello de ella. El anillo cayó en su palma. Aunque está reacción de estaba fuera de lo normal, pues sentía celos de él mismo.
—Desde hoy, esto queda bajo mi custodia. Al igual que tú —dijo él, guardando la joya en su bolsillo—. Ve a la habitación. Mañana tenemos una cena con mi abuelo y necesito que parezcas una novia feliz, no una mártir.
Giselle corrió hacia el pasillo, encerrándose en la habitación que él le indicó. Se desplomó en la cama y, mirando el reloj, vio que eran las once de la noche. Desesperada, tomó su teléfono y marcó el número de Enrique en un susurro.
—¿Enrique? Por favor... dime que ella está bien. Dime que Ana despertó.
Desde el otro lado de la puerta, Diego escuchaba el murmullo de su voz tras la madera. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el pomo. Convencido de que hablaba con su amante, entró en la habitación furioso, le arrebató el móvil de las manos y lo arrojó violentamente contra el suelo.
—¿Qué está haciendo? ¡Necesito mi teléfono! Necesito estar en contacto con... —Giselle hizo una pausa abrupta; casi descubre su secreto ante el hombre que más la odiaba.
—Las reglas fueron claras: nada de llamadas después de las diez de la noche.
—Sabe bien que soy médico y que recibo urgencias a cualquier hora —respondió ella, tratando de justificar la llamada con voz temblorosa.
—No te creo. Además, tú ya no tienes trabajo —la confrontó Diego, mirándola fijamente a los ojos.
—Tiene razón, no tengo un trabajo fijo, pero doy consultas particulares. De algo debía vivir durante este tiempo —mintió ella, buscando una salida.
Diego calmó su ira al ver a Giselle tan hermosa bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Los recuerdos de aquella noche compartida inundaron su memoria, trasladándolo al instante en que la besó por primera vez hace años.
—Eres realmente hermosa —susurró, llevando un mechón de su cabello tras su oreja.
—¿Qué está haciendo? —preguntó ella con temor, sintiendo su cercanía.
—Sabes bien que esto es normal entre una pareja —respondió él, con la voz grave.
—Sí, cuando las parejas se aman —dijo ella paralizada, odiándose por notar que su cuerpo, a traición, quería estar cerca de él.
—El amor es solo una fantasía que inventan las personas para justificar el fuego que los consume —sentenció Diego antes de besarla con una intensidad arrolladora.
Giselle se dejó llevar, convencida de que él solo estaba allí para cobrar el precio del dinero que le había entregado. Cerró los ojos y se transportó mentalmente a la noche del desconocido, creyendo que así sería menos doloroso entregarse. Sin embargo, Diego, al ver su falta de resistencia, pensó con amargura que ella era una descarada a la que no le importaba nada con tal de mantener su nueva vida de lujos.
Al terminar, Diego se levantó en silencio, recogió su ropa esparcida por la habitación y se marchó sin decir una palabra. Dejó a Giselle sola en la inmensidad de la cama, donde ella comenzó a llorar sin consuelo, sintiendo que las lágrimas salían en cascada por el peso de su propia alma vendida.
tenías que aclarar de una vez la situación.😖😤
ganas de ahogarse en un vaso con agua🤔
algo se deschabetó aquí 🤷🏼♀️