Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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El Legado de los Primeros Reyes y el Codex Caelestis
Buscando respuestas sobre la verdadera naturaleza de la maldición de su linaje antes de asumir el matrimonio definitivo, Manuel solicitó la guía del Archmaestre Elion. Juntos descendieron a las catacumbas más profundas del palacio, un laberinto de piedra volcánica donde reposaban los restos de los primeros monarcas de la dinastía Vaelor.
Allí, en una cámara custodiada por puertas de bronce grabado con runas antiguas, el sabio anciano mostró al rey un tomo encuadernado en piel de dragón marítimo: el Codex Caelestis, la bitácora redactada por Vaelor I, el fundador del reino.
—Durante siglos, Sire, vuestros antepasados creyeron que el Firmamento Vivo era un castigo que debía extinguirse mediante la apatía —explicó Elion, pasando sus dedos arrugados sobre las páginas manuscritas en tinta de plata—. Pero el primer rey no veía la maldición como un freno, sino como un vínculo sagrado de comunión con la tierra.
Manuel se inclinó sobre el libro, leyendo las líneas doradas trazadas por su ancestro:
«El cielo no es el amo del rey, ni el rey es el tirano del cielo. La sangre Vaelor no está hecha para reprimir el dolor ni para dejarse arrastrar por el caos. Aquel que busque la calma perpetua mediante la ilusión del gozo absoluto caerá en la trampa del fuego seco; pues la tierra exige lluvias para germinar, vientos para limpiar la pestilencia y sol para madurar el fruto. La maestría no reside en la paz inmóvil, sino en la armonía de aceptar todas las estaciones del alma sin perder el timón.»
Manuel alzó la vista hacia el maestre, con el ceño fruncido por la inquietud.
—¿Qué significa 'la trampa del fuego seco', Archmaestre?
—Significa, Majestad, que contener la ira o la tristeza forzando una alegría ficticia o un bienestar ingenuo puede desatar un desequilibrio peor que la tormenta: la sequía abrasadora —respondió Elion con severidad paternal—. No podéis exigirle a vuestro corazón que viva en una primavera eterna. Si algún día enfrentáis una verdadera tragedia o una amenaza real, intentar sonreír para no arruinar el clima destruirá vuestra mente desde adentro. Debéis aprender a canalizar vuestras emociones negativas, no a negarlas.
La advertencia del Archmaestre resonó profundamente en el rey. Manuel comprendió que su camino de aprendizaje no había terminado con enamorarse de Valeria; debía aprender a sentir rabia, miedo o dolor sin que su magia destruyera a los inocentes, convirtiendo su poder en un escudo para su pueblo en lugar de una amenaza.
La prueba para la recién hallada serenidad de Eldamar no tardó en llegar.
A tres semanas de la celebración de la boda real, Valeria sugirió realizar una visita oficial a la provincia de Lórien, en los valles del sur, donde los artesanos y agricultores habían preparado una feria de bienvenida en honor a la futura reina. Deseando acercarse al pueblo y demostrar que la alianza entre Eldamar y Valoria traería prosperidad a las regiones periféricas, Manuel accedió a la travesía.
La comitiva real avanzaba por los desfiladeros de las Montañas de la Niebla cuando la emboscada se ejecutó.
Mercenarios financiados por la baronía de Sombragrís y guiados por los hombres del exiliado Lord Malakor habían bloqueado el paso norte del desfiladero con un derrumbe provocado. Desde las alturas de las rocas, docenas de ballesteros ocultos abrieron fuego contra la escolta real, concentrando sus ataques en el carruaje de Lady Valeria.
—¡Proteged a la futura reina! —gritó el capitán Elessar, desenfundando su mandoble y bloqueando los proyectiles con su escudo.
En el interior del carruaje, los caballos relinchaban aterrorizados mientras las flechas impactaban contra las chapas de madera reforzada. Valeria permanecía serena, ayudando a su dama de compañía a resguardarse en el suelo del carruaje.
Manuel, que cabalgaba al frente de la escolta sobre su corcel negro, presenció cómo una lanza arrojadiza alcanzaba el costado de la montura de Valeria, haciendo volcar el carruaje al borde del precipicio.
En ese instante, el mundo pareció detenerse para el joven rey.
El recuerdo del rostro ensangrentado de su madre, la sensación de impotencia ante la muerte de su padre y el pavor absoluto de perder a la mujer que amaba golpearon su mente como una ola gigantesca. El terror y la furia pura rugieron en su pecho, amenazando con desatar un cataclismo sobre todo el valle.