Alessio De Luca compró un esposo omega para que fuera un adorno en su vida de capo, pero esa noche Renato Vieri murió de miedo. En su cuerpo despertó Dante, un alfa estratega que perdió su vida en otro mundo.
Ahora, fingiendo sumisión, Renato usará a Alessio para escalar hasta la cima del hampa. Su plan: ser la mano en la sombra que guíe cada movimiento de su alfa. Pero su verdadera naturaleza empieza a filtrarse en su aroma, lo que debería oler solo a algodón y flor de cerezo comienza a liberar pimienta rosa, un picante que Alessio no puede ignorar.
Entre la atracción de sus feromonas y la admiración por esa mente criminal, el alfa se verá obligado a replantearse todo lo que creía sobre los omegas, el poder y la lealtad. Juntos formarán una alianza letal. Pero cuando la máscara caiga y Alessio descubra que su esposo no es quien dice ser, ¿serán dueños de la ciudad o enemigos mortales?
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Capítulo 18: Mercancía de lujo
La invitación llegó una mañana, en papel grueso y letra dorada; Don Carlo Rinaldi solicitaba el placer de la compañía del señor Alessio De Luca y su esposo para una cena privada en su villa.
Alessio la leyó en su despacho, con Rocco de pie junto a la puerta.
—Quiere enseñarnos algo —dijo—, o quiere que le veamos hacer algo.
—¿Vamos a ir, señor?
—Iremos. Y Renato también.
Rocco asintió, últimamente, el omega estaba presente en demasiadas cosas, pero había aprendido a no hacer preguntas cuyas respuestas no quería oír.
Renato recibió la orden de Luca: pantalón de seda azul noche, de talle alto, ceñido a la cintura y suelto desde la cadera; camisa a juego, con la espalda completamente descubierta y un escote en el pecho que dejaba ver el inicio del esternón; zapatos de charol. Y el collar de perlas que Alessio le había comprado para la primera cena, el mismo que Renato guardaba en un cajón sin usar desde entonces.
Debía estar listo a las ocho.
Se vistió en silencio. La seda se deslizó sobre su piel como agua fría, el espejo le devolvió la imagen de un omega perfecto: pómulos suaves, labios pálidos, la curva de su espalda expuesta, el pecho apenas insinuado bajo la tela ligera. Las perlas del collar reposaban justo en el hueco de su garganta.
Un puto escaparate, pensó, esto es lo que soy para ellos. Un maniquí de lujo.
Ajustó el pantalón con un gesto brusco, detestaba el roce de la seda, detestaba el aire frío en su espalda. Detestaba el collar, las perlas, el brillo en sus labios. En mi otra vida vestía de negro. Cuero, algodón grueso, ropa que aguantaba la sangre y el sudor. Esto… esto es una humillación.
Pero no había elección. Se miró una vez más, sus ojos avellana, en el espejo, estaban vacíos.
Un disfraz. Otro más.
A las ocho en punto bajó la escalera, Alessio lo esperaba en el vestíbulo, de espaldas, ajustándose los gemelos. Al oír sus pasos, se giró. Lo recorrió con la mirada, despacio, de arriba abajo, se detuvo en el escote, en la espalda desnuda, en la perla del collar.
—Así está bien —dijo. Su tono era plano, como si hablara de un mueble.
Renato bajó la cabeza.
—Sí, señor.
Pero por dentro, algo se tensó. No soy un mueble y tú lo sabes.
———
La villa Rinaldi resplandecía bajo la luna, antorchas flanqueaban el camino de grava. Sirvientes con librea se deslizaban entre los invitados, ofreciendo copas de prosecco y canapés.
Alessio caminaba delante, con la mano apoyada en la espalda baja de Renato, un gesto posesivo, un recordatorio silencioso para todos los presentes: Este omega es mío. Renato lo siguió con la cabeza alta y los hombros hacia atrás, sumiso, pero no encogido, su mirada, oculta bajo las pestañas, registraba cada rostro, cada gesto, cada alianza silenciosa.
Los mismos de siempre. Rizzuto, con su séquito de alfas jóvenes y ambiciosos, y Rinaldi, el anfitrión, más viejo y más cansado que la última vez.
Y omegas, muchos omegas. Enjoyados, peinados, maquillados, vestidos con sedas y linos en tonos pastel, espaldas descubiertas, escotes que bajaban hasta el esternón, sonrisas ensayadas, miradas vacías
Adornos, pensó Renato, todos adornos. Y yo soy uno más.
Se sentó en el lugar que le señalaron, entre un omega de cabello plateado y una joven de mirada asustada que no debía de tener más de diecisiete años. Alessio ocupó un lugar junto a Rinaldi, cerca de la cabecera.
La cena comenzó.
El primer golpe llegó con el segundo plato.
—Tu omega está muy callado, De Luca —dijo Rizzuto, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Siempre es así?
Alessio bebió un sorbo de vino, no miró a Renato.
—Siempre. Para eso lo compré.
Risas en la mesa. Renato sintió las miradas de los otros omegas clavadas en él, el de cabello plateado se inclinó hacia él.
—Los Vieri eran alguien, ¿verdad? —dijo, en voz baja, solo para él—. Antes de que tu padre lo perdiera todo.
Renato no respondió.
—No te preocupes —continuó el omega—. De Luca te compró barato, eso significa que no espera mucho de ti. Es más fácil así.
Barato. La palabra le quemó, pero no dijo nada. Sonrió. Asintió. La máscara perfecta.
Alessio, mientras tanto, observaba a Rinaldi.
El viejo capo estaba más delgado que la última vez, las ojeras le llegaban hasta los pómulos. Bebía más de la cuenta y apenas probaba la comida, algo le preocupaba. Alessio ya sabía qué: el hijo bastardo, el celo con el sirviente, el secreto que podía hundirlo.
—He oído que los Calabresi andan revueltos —dijo Rinaldi, con tono casual, pero los ojos alerta—. Algunos dicen que buscan refugio en territorios ajenos.
—Sí, lo he oído.
—Quiero que sepa que, si estuvieran en mi territorio, yo no lo permitiría, no quiero problemas con nadie.
Alessio sonrió. Una sonrisa fría, medida.
—Confío en su palabra, Don Carlo, usted nunca me ha mentido.
Rinaldi asintió, aliviado, no sabía que Alessio ya conocía su secreto, no sabía que cada palabra que decía lo hundía más.
El segundo golpe llegó con el postre.
Un omega joven, de no más de diecinueve años, entró en el comedor, iba vestido de blanco: pantalón de lino de talle alto y una camisa de gasa casi transparente que dejaba ver la línea de sus hombros, el arco de sus costillas, el inicio de su pecho. Un collar de diamantes centelleaba bajo las arañas, su aroma era dulce, empalagoso. Algodón y jazmín.
Rinaldi se levantó.
—Les presento a mi sobrino, Lorenzo, acaba de cumplir la edad para ser presentado en sociedad.
Los alfas aplaudieron, los omegas sonrieron, Lorenzo hizo una reverencia perfecta, con la cabeza inclinada y las pestañas bajas.
Un omega virgen, pensó Renato, el premio gordo, la moneda de cambio definitiva. Como yo lo fui.
Alessio observó a Lorenzo con interés, luego, lentamente, desvió la mirada hacia Renato.
—¿Ves? —dijo, en voz baja, solo para él—. Así eras tú cuando llegaste: callado, bonito útil. Ahora solo callas a medias.
Renato sintió las palabras como un latigazo, sus manos se cerraron en puños bajo la mesa.
—¿Crees que debería cambiarte por uno más nuevo? —continuó Alessio, con una sonrisa que no era una sonrisa—. Lorenzo parece obediente y su tío estaría encantado de hacer negocios conmigo.
Renato levantó la cabeza, sus ojos avellana se encontraron con los de Alessio. Por un instante, dejó que su frialdad asomara.
—Si eso desea, señor —dijo. Su voz era un hielo que cortaba.
Alessio parpadeó, no esperaba esa respuesta. Esperaba miedo, súplica, celos, no una aceptación gélida que sonaba más a desafío que a sumisión.
—No me provoques —murmuró—. No esta noche.
Renato bajó la cabeza.
—No me atrevería, señor.
El tercer golpe llegó de un alfa calvo que se acercó a Alessio durante los licores. Renato lo reconoció, era el mismo que en la primera cena lo había mirado como mercancía.
—De Luca —dijo, con la voz pastosa por el alcohol—. Tu omega tiene una boca preciosa. ¿La has probado ya?
Alessio dejó la copa, lo miró fijamente, con los ojos entrecerrados. Su aroma se intensificó, pero no con furia, con una frialdad calculada que helaba el ambiente.
—No comparto mis juguetes —dijo. Su voz era baja, cortante—. Y este aún no está roto.
El alfa parpadeó. Luego soltó una risa nerviosa.
—Claro, claro, no quería ofender.
—Pues no lo hagas —lo cortó Alessio—. Si quieres un omega, cómprate uno, a este lo he pagado yo.
El alfa asintió y se retiró sin decir palabra.
Renato había visto y oído todo. Juguete. Aún no está roto. Lo he pagado yo. Las palabras le ardieron en el pecho, no era defensa, era propiedad. Alessio no lo había protegido, solo había marcado su territorio.
El omega de cabello plateado le rozó el brazo.
—No te lo tomes a mal, querido, tu esposo podría haberlo dejado pasar, al menos ha dicho que eres suyo.
Renato lo miró.
—¿Eso es consuelo?
—En este mundo, sí —respondió el omega, con una sonrisa triste—. Luego te acostumbras.
Renato desvió la mirada.
—No pienso acostumbrarme.
La cena terminó poco después, los invitados se dispersaron hacia los coches, Alessio lo tomó del brazo, un gesto firme, posesivo, y lo guió hacia la salida sin decir palabra. Renato lo siguió con la cabeza baja y los puños apretados.
El collar de perlas, aún caliente por el roce de su piel, le pesaba en el cuello como una cadena.
Ale cada día me gusta más, está aprendiendo a coexistir con todo lo que es y significa Ren. Todavía falta pero va por buen camino🤓🤓🤓
pasión y estrategia, se lo dejo a ahí autora, para título de próxima obra 🤪🤪🤪🤪