Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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Jugando con las emociones.
La cuidad de Heidelberg anochecía con una elegancia casi arrogante, como si supiera que lo tenía todo: poder, estatus, respeto. Las luces comenzaban a encenderse una a una, dibujando un paisaje impecable donde nada parecía fuera de lugar.
En ese mundo donde el descanso es un privilegio inexistente para quienes gobiernan, los Herzog seguían en movimiento constante. Rodeados de atenciones, de brindis interminables, de eventos que no admitían ausencia.
No era una elección.
Era una obligación heredada.
Porque cuando el poder corre por la sangre… incluso el cansancio debe aprender a comportarse.
Así fue como llegó el fin de semana estallando en la mansión Herzog como una granada de lujo y excesos.
El sol se hundía en el horizonte, tiñendo la piscina de un naranja sangriento, mientras los jardines se llenaban de una música que pulsaba al ritmo de los corazones acelerados por el alcohol. Darién se había escapado un día antes pero era difícil volver a hacerlo sin levantar sospechas.
Idril caminaba por el borde del agua, v a su copa como si fuera un escudo. A su alrededor, la Élite devoraba la tarde; Dona y Samantha reían con una estridencia peligrosa, mientras Omar y Saúl las rodeaban con una familiaridad depredadora. Idril intentaba seguir el ritmo, bailando con movimientos torpes que provocaban oleadas de risas contenidas. Era el bufón de la corte, y por fin, el rey decidió bajar al ruedo.
Darién observaba desde la sombra del bar, con un whisky puro en la mano. Su mirada era un rayo fijo en la figura impura de Idril. Fastidio, sí, pero también una curiosidad morbosa que le quemaba por dentro.
—Cariño, es hora de que la deslumbres —susurró Holga, deslizando sus uñas por el antebrazo de Darién—. Una frase aburrida no es suficiente para este nivel de espectáculo.
Darién exhaló un suspiro cargado de cinismo. —Si quieren que juegue con el juguete barato, jugaré. Solo para que se callen de una maldita vez.
Se separó de Holga y caminó hacia Idril. El aire pareció enfriarse a su paso. Cuando se detuvo frente a ella, la música se convirtió en un zumbido lejano para la joven.
—Jaeger —su voz fue un susurro de autoridad.
—Ho... hola —tartamudeó ella, sintiendo que sus rodillas cedían.
—Tu casa es... es hermosa —logró decir para romper el silencio.
—Yo no te invité —soltó él, directo y sin anestesia, pero con una sonrisa que suavizaba el golpe—. Pero ya que eres parte del inventario... ven cuando quieras.
La humillación de Idril fue interrumpida por los gritos de Saúl desde el agua: —¡Jaeger! ¡Al agua! ¡Muéstranos ese bikini de becada!
—Cámbiate en mi habitación —le susurró Darién al oído, su aliento rozando su cuello como una llama—. Nadie te molestará... y quizá más tarde pasemos tiempo juntos.
Idril salió disparada hacia la casa, roja como una brasa, mientras la piscina estallaba en vítores. Darién se lanzó al agua con una risa amarga. El juego estaba alcanzando el punto de ebullición.
Cuando Idril regresó, enfundada en un short y una camiseta vieja que le quedaba grande, el asombro fingido fue unánime. —Vaya, Idril, luces... rústica —se mofó Omar.
—¡Suficiente! —gritó Dona—. ¡Es hora de la ruleta!
El grupo se amontonó alrededor de una mesa de cristal. El juego comenzó como una chispa: verdades incómodas, retos que terminaban en manos que exploraban más de lo permitido. Idril respondía con la ingenuidad de una niña en una jaula de lobos. Pero entonces, la bola de la ruleta se detuvo en Saúl.
El aire se detuvo. Saúl no dudó; agarró a Dona por la nuca y la besó con una violencia carnal que hizo que Idril se cubriera la boca con horror. El juego se volvió una cadena de saliva y deseo: Dona besó a Omar, quién a su vez beso a Holga sutilmente. Segundos después Holga devoró a Darién... y entonces, el círculo se cerró sobre Idril.
Era el turno de Darién.
Herzog sintió un nudo de hierro en el estómago. Se había burlado de ella, la había usado como carnada, pero besarla... eso era cruzar una frontera de la que no se vuelve. Miró a sus amigos; Saúl y Omar tenían los ojos inyectados en una diversión sádica.
Tomó a Idril por la cintura. Ella temblaba como una hoja en la tormenta. Darién se inclinó y sus labios rozaron los de ella. Fue un contacto efímero, suave, casi virginal. Idril sintió que el alma se le escapaba; era su primer beso, un instante de pureza en medio del fango.
Pero la Élite no permitía la pureza.
Antes de que Darién pudiera separarse, Saúl se abalanzó. Con un movimiento brusco, arrancó a Idril de los brazos de Darién y le estampó un beso brutal, reclamando su boca con la fuerza de un asalto. Idril sintió el sabor metálico de la sangre cuando el labio se le partió. Retrocedió tambaleándose, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón destrozado.
Darién subió a su recámara como un animal herido, cerrando la puerta con un golpe que sacudió los cuadros. Se paró frente al espejo del baño, con la mandíbula apretada hasta que le dolieron los oídos.
—Malditos —gruñó, viendo su propio reflejo con asco—. Lo tenían planeado.
Abrió el grifo y se restregó la cara con agua helada, pero no fue suficiente. Arrebató el cepillo de dientes y empezó a restregarse la boca con una saña suicida. Quería arrancarse el sabor de todo, el sabor de la humillación, el sabor de haber sido cómplice de aquel desastre. Sus encías sangraban, pero no se detuvo hasta que su boca supo a menta y a hierro.
La fiesta terminó sin Darién quién, ofendido, salió de la mansión. Visitar a Aranza era demasiado por lo que solo se acercó para verla desde el cristal; tomando una foto como evidencia de que había cumplido su palabra.
El lunes, Idril caminaba por la universidad con una nueva aura. Ya no era la misma. Aquel beso —el de Darién, el suave— la había hecho sentir mujer; el otro, el de Saúl, la había hecho sentir parte de un mundo donde el dolor era el precio de la entrada.
En la mansión Herzog, la Élite se reunía en consejo de guerra. Sin Idril. Sin distracciones.
—Idril resultó ser un experimento fascinante —comentó Saúl, recostado con arrogancia—. No pareciste sufrir mucho al besarla, Herzog.
—Dinos, Darién —canturreó Dona—, ¿se sintió bien ser el "primer caballero" de la virgen?
Darién soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier rastro de alegría. —Por favor. Eso no fue un beso. Fue un error de cálculo. No pude hacer más con semejante material.
Saúl sonrió, detectando la mentira en la voz de su amigo. —Lo hiciste perfecto, hermano. El recuerdo del primer beso... eso no se olvida nunca.
Darién apretó la mandíbula. En su mente, contra su voluntad, se repetía la sensación del temblor de Idril bajo sus manos. Era una pureza que lo perturbaba, una nota blanca en su partitura negra.
La entrada de su madre, Claudine, rompió el clima. —Mañana es la gala, Darién. Tu padre estará en Berlín, así que tú eres el anfitrión principal. No me falles.
Darién asintió, con el ánimo por los suelos. Sus planes de volver a la pastelería, de ver a Aranza en la universidad y sentir algo que no fuera el veneno de su propio círculo, se desvanecían. La gala era una obligación, una máscara más que ponerse, mientras el incendio que él mismo había provocado en la vida de Idril —y en su propio orgullo— seguía consumiéndolo todo.