⚠️🔞🚫La Trampa de la Dulzura.
Christopher es impecable. Cocina para Tayler, lo cuida durante sus celos y lo defiende. Tayler se enamora perdidamente. Sin embargo, detrás de cámaras, el alfa está destruyendo las rutas de suministro del padre de Tayler y manipulándolo para que confiese secretos de la organización "sin querer". El maltrato aquí es la mentira: Christopher desprecia la inocencia de Tayler, viéndola como una debilidad de la sangre de un asesino. CONTIENE MALTRATO EMOCIONAL.🚫🔞⚠️
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Violetas muertas
Ocho años es mucho tiempo para que una flor se olvide de cómo buscar el sol. Para Tayler, el tiempo ya no se medía en días o meses, sino en el aroma a nieve y pino que impregnaba cada fibra de su existencia. A sus veintiséis años, el joven que alguna vez soñó con amaneceres y libertad era ahora una sombra elegante que deambulaba por los pasillos de una mansión que era, a todos los efectos, su mausoleo personal.
Christopher lo había reconstruido. Tras asesinar al Patriarca, no sin antes restregarle en la cara que Tayler no compartía ni una gota de su sangre, que era el fruto de una infidelidad que el viejo mafioso nunca detectó, Christopher se apoderó de todo. La revelación de que Tayler no era un Michelle legítimo no fue un alivio para el alfa... fue la excusa perfecta para despojarlo de su identidad y convertirlo en un objeto sin nombre, un trofeo sin pasado.
Tayler estaba sentado frente al gran ventanal de su habitación, observando el jardín que nunca pisaba. Su cuerpo, aunque maduro, se veía frágil. Sus facciones eran perfectas, pero sus ojos… sus ojos eran cuencas de cristal donde la chispa del amanecer se había extinguido hacía casi una década.
La puerta se abrió sin previo aviso. Tayler no se sobresaltó, ya no tenía reflejos para el miedo, solo una resignación entumecida.
Christopher entró, ahora un hombre de treinta y tantos años, con una presencia que dominaba el oxígeno de la habitación. Su poder ya no era el de un capitán de guardia, sino el de un emperador absoluto del inframundo. Se quitó el saco y caminó hacia Tayler, dejando que su aroma a nieve llenara el espacio como una advertencia.
-Ocho años, Tayler.- Dijo, pasando sus dedos por el cuello del omega -Y sigues siendo tan hermoso como el día que te encerré aquí.-
Tayler se mantuvo rígido. El alfa se inclinó y presionó sus labios contra la sien del omega. Fue un beso frío, técnico. Durante ocho años, Christopher lo había torturado con una castidad perversa. Jamás lo había tomado, jamás lo había marcado. Se limitaba a caricias que erizaban la piel de Tayler de puro pánico y besos que sabían a hierro.
El alfa sabía que, para un omega, el deseo insatisfecho y la falta de una marca eran una forma de maltrato emocional mucho más destructiva que la violencia física. Era un "cascarón", un ser que vivía en un estado de necesidad biológica constante, anhelando un alfa que lo tocaba solo para recordarle que no era digno de ser reclamado.
-¿Has comido?- Preguntó, rodeando la cintura de Tayler.
-No tenía hambre.- Susurró. Su voz sonaba oxidada, como si cada palabra le costara un esfuerzo sobrehumano.
El alfa apretó el agarre, hundiendo sus dedos en la carne delgada del omega.
-Te he dado todo. Joyas, seda, esta casa. Lo único que te pido es que te mantengas con vida para que pueda seguir mirándote. No me obligues a alimentarte a la fuerza otra vez.-
Tayler bajó la mirada a sus manos. En su dedo anular brillaba el mismo anillo del contrato de hace ocho años.
-¿Por qué me dejas vivir?- Preguntó, con una voz que era apenas un soplo -Tu enemigo está muerto. Ya sabes que ni siquiera llevo su sangre. No tienes nada que vengar en mí.-
Christopher soltó una carcajada seca, un sonido carente de cualquier rastro de alegría. Tomó el mentón de Tayler y lo obligó a mirarlo.
-Precisamente por eso. Si fueras un Michelle, te habría matado junto al viejo. Pero saber que eres un bastardo, una mentira de la mujer que él creía poseer… eso te hace especial. Eres el error del hombre que odio. Y mientras te tenga aquí, rompiéndote un poco más cada día, su derrota es eterna.-
Christopher se acercó más, su nariz rozando la glándula de Tayler. Las violetas eran ahora un aroma muerto, como flores secas en un libro olvidado.
-A veces me pregunto...- Susurró, su aliento caliente contra la piel -si algún día dejarás de temblar cuando te toco. Han pasado ocho años y sigues reaccionando como si fuera a matarte.-
-Es porque ya lo hiciste.- Respondió, encontrando por un segundo una pizca de la antigua fuerza en sus ojos -Mataste a Tayler hace ocho años. Lo que tienes aquí es solo lo que dejaste de él.-
El rostro de Christopher se ensombreció. La resistencia de Tayler, por mínima que fuera, siempre despertaba su lado más oscuro. Lo empujó contra el cristal del ventanal, inmovilizándolo con su cuerpo. El joven cerró los ojos, esperando el impacto, esperando el dolor, pero lo que recibió fue una caricia lenta en la mejilla, una caricia que era mil veces peor porque fingía un afecto que no existía.
-Sigues siendo mi juguete favorito. Y los juguetes no hablan de la muerte.- El alfa lo besó en los labios, un beso largo, invasivo, que buscaba someterlo.
El joven no luchó. Se quedó inerte, dejando que el alfa hiciera lo que quisiera. Sabía que después del beso, Christopher se retiraría a su propio despacho o a la cama de algún omega de paso, dejándolo a él solo en esa habitación perfecta, con el deseo ardiendo en sus venas y el terror helándole los huesos.
Christopher se separó, mirándolo con desprecio y una pizca de algo que se parecía peligrosamente a la obsesión.
-Cámbiate. Cenaremos juntos esta noche. Quiero que uses las violetas que te envié.-
El alfa salió de la habitación, cerrando la puerta con el sonido metálico de la llave que el joven conocía tan bien.
Tayler se quedó solo, apoyado contra el cristal frío. Sus manos temblaban. Miró hacia el jardín, donde la nieve empezaba a caer. Ocho años después, seguía siendo el esposo de contrato, el prisionero de un alfa que lo odiaba tanto que no podía dejarlo ir, pero que lo despreciaba tanto que no se atrevía a amarlo.
"Ocho años", pensó, abrazándose a sí mismo mientras el aroma a pino del alfa seguía flotando en la habitación, recordándole que no tenía escape. "Soy una jaula dentro de otra jaula".
Tayler caminó hacia el espejo. A los veintiséis años, era un omega en su plenitud física, pero al mirarse, solo veía un fantasma. Se preguntó si algún día el frío de Christopher terminaría por congelarlo del todo, o si, en algún rincón de esa mansión, todavía quedaba una chispa de fuego suficiente para quemar la jaula de oro antes de que fuera demasiado tarde.
Pero por ahora, solo podía obedecer. Solo podía ser el cascarón que Christopher quería. Se quitó la bata y se preparó para la cena, colocándose las joyas que eran sus grilletes, oliendo a las violetas muertas que eran su única compañía.